Lo que sigue no es de mi autoría personal, sino el resultado de la lectura semanal, durante años, primero del boletín de Keston College, luego de su prolongación Forum 18. org, organización que vigila y defiende la libertad religiosa, de todas las religiones, en el mundo.

Así, Henrik E. Rasmussen, al participar en diálogo entre musulmanes y cristianos pudo reportar lo dicho por un líder musulmán: “En nuestro país, los cristianos tienen mayor libertad religiosa que los musulmanes, porque tienen derecho a convertirse (al islam), mientras que los musulmanes no lo tienen”. En el mismo sentido, en un grupo de trabajo entre creyentes de las dos religiones, todos aceptaron el principio de la libertad religiosa, pero “cuando los cristianos preguntaron si eso significaba que los musulmanes tienen el mismo derecho que los cristianos a pasarse a otra fe, la contestación fue tajante: ¡Claro que no!”

Eso (habla ahora el historiador, el de la pluma) nos remite al concepto de dhimmitude (la palabra es la misma en francés y en inglés; no sé si se vale decir dimitud en español). Dhimmi es el judío y el cristiano en las tierras conquistadas por el islam después de la muerte del Profeta; calificados de “pueblos del Libro”, judíos y cristianos tuvieron un estatuto especial que les confería una relativa “libertad” religiosa bajo la protección oficial. Dhimma se llama al pacto de protección condicionada y limitada. Sus beneficiarios conservan la mayoría de sus templos y sinagogas, pero no las grandes catedrales del imperio bizantino, como Santa Sofía, en Constantinopla, transformada en mezquita. Pued en celebrar sus cultos y cumplir con sus ritos y obligaciones; hasta gozan de cierta autonomía en los asuntos que relevan de sus leyes canónicas, como el matrimonio y la familia. A cambio, el dhimmi paga un tributo. Si entra en conflicto legal con un musulmán, prevalece la ley islámica, sharía. Judíos y cristianos tienen que llevar una ropa que permita identificarles de lejos, adoptar siempre un porte humilde y no tienen derecho de montar a caballo o de andar armados. Desde luego, pueden convertirse al islam, lo que les confiere la igualdad absoluta con los “creyentes”: los únicos “creyentes” son los del islam. Cualquier intento de proselitismo, de ganarse un creyente a la fe de Moisés o de Jesús, se castiga con la muerte.

El concepto imperó durante trece siglos en el Oriente Medio y África del Norte, cerca de cinco en el territorio del antiguo Imperio Romano de Oriente y el imperio bizantino. Por lo mismo ha marcado las sociedades y mentalidades hasta la fecha. La conversión va en un solo sentido: desde cualquier religión, hacia el islam. La ley islámica prohíbe el movimiento inverso, castigado como apostasía: ridda. Uno de los “dichos” del profeta (hadiz) reza: “Si un hombre cambia su religión, mátalo”.

En 1981, el Consejo Mundial Islámico adoptó una Declaración Universal Islámica de los Derechos del Hombre que dedica varios párrafos a la libertad religiosa. Un colega que sabe árabe señala que el texto en árabe menciona la prohibición tradicional de abandonar la umma, la comunidad de los creyentes. En la versión inglesa, eso no aparece. Los moderados, acusados de ser “modernistas”, prefieren citar el Corán mismo: “No hay coerción en la religión” (2:256) y comentar que no solamente nadie debe ser forzado a abrazar el islam, sino tampoco se puede obligar volver a quien abandonó la verdadera fe. En la práctica, todo depende de los países, de las regiones y de sus gobiernos. Desde la pena de muerte, hasta la tolerancia crítica que le hace la vida difícil al apóstata.

Ciertamente, donde la sharía ha sido implementada, no solamente en las zonas controladas por el Califato, la noción misma de libertad religiosa no existe; apostasía equivale a traición, con el castigo lógicamente aplicado a tal crimen. En otras tierras islámicas, uno puede escuchar intelectuales y pensadores religiosos que se atreven a pensar y decir que el islam no debe temerle a la libertad religiosa. ¡Honor a los valientes!

Historiador en el CIDE

 

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