Con o sin “Guerra de las Estrellas”, la guerra sigue muy presente y amenaza a muchas regiones en el mundo. En Afganistán empezó en 1979 y nadie puede asegurar que haya terminado de verdad. Casi todos los países africanos al sur del Sahara sufren los embates de los guerrilleros islamistas y el ejército francés que los ha protegido del derrumbe que acaba de sufrir Afganistán se está cansando de una guerra sin fin y sin perspectivas de éxito. Etiopía se está hundiendo en la guerra civil; Argelia acaba de romper relaciones diplomáticas con Marruecos; Libia vive una frágil tregua; en Ucrania, cada semana caen jóvenes soldados y la Organización europea neutral y pacifista, OSCE, contabiliza cada día más de cien violaciones al cese al fuego en los distritos de Donetzk y Luhansk. La lista puede alargarse con todos los conflictos potenciales en Asia que implicarían a potencias mayores como la India, Pakistán, China, Japón, las dos Coreas.

Empezar una guerra es algo bastante sencillo; terminar una guerra es mucho más difícil; cerrarla exitosamente se antoja imposible en los conflictos actuales. El fiasco absoluto vivido por los Estados Unidos –y son los afganos que pagan el costo– lo demuestra sin discusión. Recuerdo un viejo artículo de Garry Wills que, con sus reportajes, contribuyó a desenmascarar en nuestro país al siniestro Marcial Maciel. En octubre 2009, en la New York Review of Books, invitaba al presidente Obama a sacar las tropas estadounidenses de Irak y Afganistán. Intitulaba su texto: “¿Presidente una sola vez? La decisión”.

Muchos partidarios de Barack Obama pensaban que no podía hacerlo sin perder la posibilidad de lograr un segundo mandato presidencial. Que eso le valdría acusaciones tóxicas de antipatriótico, débil, sacrificando los sacrificios realizados, traicionando a los soldados muertos, etc. Garry contestaba que eso mismo había asustado, en tiempos de la guerra de Vietnam, a los presidentes sucesivos Kennedy, Johnson, Nixon que se habían limitado a pasar la papa caliente al siguiente. Es lo que dijo el presidente George W. Bush a su sucesor. Garry Wills, partidario de Obama y deseoso de verlo ocho años en el poder, escribió que prefería verlo perder la reelección por haber tenido el valor de poner fin a las dos guerras.

En 2009, nuestro amigo sabía que, en el pico de la coalición internacional, 130,000 soldados peleaban en Afganistán contra los talibanes., en vano. En 2012, el presidente francés decidió retirar sus tropas, pero los EEUU seguían atrapados en la trampa fatal que fue y es Afganistán para los imperios, para los ingleses en el siglo XIX, para los soviéticos en el siglo XX y para los estadounidenses en el siglo XXI. Los franceses que se fueron en 2012 y que están, ahora, todavía peleando en Mali y en los países vecinos, sabían que esa guerra no podía ganarse, porque no les tocaba, porque no podían ellos, como soldados, construir un ejército, un Estado afgano (o africano).

En 2009, Garry Wills escribía que, cada día, “nos hundimos más profundamente en sangre sin final a la vista. Reporteros calificados y oficiales responsables prevén otros diez años en Afganistán, y sus predicciones bien pueden pecar por cortas". De hecho, fueron doce años más que llegaron a un final en forma de apocalipsis. Lo más triste es que la mayoría de los estadounidenses, en 2009, estaban en contra de la guerra. Proseguía Garry: “algún líder tiene que romper la mala racha antes de que el costo suba como ocurre cuando los presidentes se pasan la pelota”, como en el caso de Vietnam, “y debe sacarnos de un loco compromiso que no se puede sostener sin vergüenza y derrota".

Barack Obama no le hizo caso y optó por su reelección. No escucharon a Casandra y llegó la hora de la vergüenza y de la derrota.

Historiador

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