El sábado pasado en Rusia

Jean Meyer

Se puede esperar un endurecimiento de la represión en Rusia, algo que no ocurría desde la perestroika. ¿Manifestación de fuerza o de debilidad?

El sábado 23 de enero, Rusia fue el teatro, desde la frontera con Europa occidental hasta el Pacífico, de las más importantes manifestaciones, desde 2011-2012, contra el presidente casi vitalicio, Vladimir Putin. Molesto, él acusó a los Estados Unidos de haber fomentado esta ola. Se puede solamente señalar dos actuaciones, la primera: la embajada norteamericana en Moscú pidió a sus conciudadanos no participar en las marchas, ni observarlas de cerca, algo que el gobierno ruso denunció como inadmisible injerencia; la segunda: Washington, como muchos gobiernos, pidió la liberación de Alexei Navalny, arrestado el domingo 17 de enero al bajar del avión, cuando regresaba de su larga convalecencia en Alemania.

Alexei Navalny, el hombre que tiene años de entrar y salir de la cárcel, por sus tenaces ataques contra el régimen, el hombre que ciertos oscuros servicios rusos intentaron asesinar, tiene la “culpa” de las manifestaciones. Debo al amigo M. Elchaninof, hijo de sacerdote ortodoxo, las informaciones de primera mano sobre lo que pasó el 23 de enero. Desde la cárcel, Navalny pasó al ataque, publicando una investigación sobre el palacio que Vladimir Putin mandó construir en la ribera paradisiaca del Mar negro. Su video alcanzó ya más de cien millones de vistas en YouTube. El equipo de Navalny encontró y publicó todo el sistema (“la gran estafa”) de desvíos de fondos públicos.
La última secuencia del video presenta las mujeres que rodean al presidente y participan en la estafa. Un tema tabú.

Luego, Alexei Navalny llamó a manifestar a favor de su liberación. Lo habían arrestado con un pretexto formal: a consecuencia de una condena anterior, tenía que presentarse dos veces por semana al comisariado, algo que no hizo durante sus meses de hospitalización en Alemania. La prohibición de marchar no intimidó a las decenas de miles de personas que se manifestaron en muchas ciudades de Rusia. Desde la gran ola de protesta contra el fraude electoral de 2011 no se había visto nada semejante.

Lo novedoso es la multiplicación de los lugares de protestas, cuando en 2011-2012, se concentraban en las grandes ciudades de Moscú y San Petersburgo; la intensidad de la movilización en Siberia, una Siberia marítima en efervescencia desde hace tres meses, ha de preocupar al poder. Casi la mitad de los que marcharon en Moscú, salían a la calle por la primera vez en su vida, según el sondeo publicado por Ekho Moskvi. Los manifestantes no se amedrentaron frente a la violencia de los granaderos: en Vladivostok los enfrentaron fuertemente. Novedosa también, “la ofensiva sin precedente de los muy jóvenes partidarios de Navalny en las redes sociales. Los videos tiktok de muchachas proponiendo a los muchachos de acompañarlas a las manifestaciones, jóvenes descolgando los retratos de Putin en los salones de clase, o la joven que explica como fingir ser americana para evitar el arresto, tuvieron un éxito fabuloso”.

Por lo mismo, se puede esperar un endurecimiento de la represión. Más de tres mil personas (cifras oficiales) fueron arrestadas en unas horas, algo que no ocurría en Rusia desde la perestroika. ¿Manifestación de fuerza o de debilidad? De preocupación, ciertamente. Preocupación frente a esa nueva generación de jóvenes que nacieron en la era Putin. El grito que se escuchó desde Vladivostok hasta San Petersburgo, es el del puñado de disidentes, menos de diez, en la Plaza Roja en Moscú, en agosto de 1968, contra la invasión de Checoslovaquia: “Por vuestra libertad y por la nuestra”. Eso es lo que ha de preocupar al antiguo coronel del KGB, ahora presidente. Hace unos días, nuestro presidente habló amistosamente con él. ¿De política? 

Historiador

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