¿A dónde va China?

Jean Meyer

Ahora quien dice China piensa en coronavirus, epidemia, pandemia. Hace tiempo que la OMS anuncia que, tarde o temprano, una gran epidemia vendrá a añadirse a una larga serie de epidemias sufridas por la humanidad a lo largo de los siglos. ¿Habrá llegado “una pestilencia no vista jamás / En metro, ni en prosa, ni en ciencia, ni historia / Muy mala y perversa sin compás / Muy contagiosa y muy sucia en demás / Muy brava y con quien no se alcanza victoria”. (Francisco de Villalobos, médico de Carlos V)? No parece, si bien la OMS, razonablemente, ha activado todas las alarmas.

Por lo pronto, en China, no es un desastre demográfico, pero sí un factor económico seriamente negativo y un reto político para un régimen que no debemos dudar en calificar de totalitario, como bien lo saben tibetanos, uigures y chinos también: el poder del Hermano Mayor es omnipresente y no se aplica solamente a las minorías étnicas. Lo hace con todos los avances tecnológicos que mejoran la represión y el control de la población. Los usa ahora para censurar las críticas a su manera de enfrentar la epidemia. Espionaje de los celulares, reconocimiento facial, el ADN, los algoritmos policiales, todo va en el mismo sentido. Sin embargo, los avances tecnológicos son también armas de protesta y denuncia, como ahora, con motivo del coronavirus.

Acabo de decir que la epidemia, con todo lo que tiene de negativo y doloroso, no es un desastre demográfico; espero no equivocarme, pero no creo que tenga los efectos de la gripe, mal llamada, española, de hace un siglo. Sin embargo, se vale hablar de un desastre demográfico potencial, en el caso de China, sin relación con una crisis de salud. En enero el Wall Street Journal y el New York Times han llamado la atención sobre algo que se sabía, pero que se olvidaba frente al prodigioso crecimiento económico de China: el rival, el único rival de los Estados Unidos, está amenazado por una crisis demográfica que podría ser un factor geopolítico decisivo en el siglo XXI. Los gobernantes, desde siempre, han contado a sus sujetos/ciudadanos, porque saben que son la primera riqueza del reino; pero la cantidad no es todo, la calidad no es menos decisiva. En este caso, la calidad es la edad.

Como todos los países desarrollados (a pesar de que China no sea totalmente “desarrollada”), el Imperio de En Medio ha reducido la tasa de natalidad; como la mayoría de aquellos países, la tasa de fertilidad es insuficiente para asegurar la reproducción de una generación: la cifra de 2.1 niños por mujer dista mucho de ser alcanzada. El resultado, en toda la Unión Europea, es un envejecimiento de la población, el cual, sin una importante inmigración de hombres y mujeres jóvenes, representa una seria amenaza para el futuro. En China, el fenómeno es mucho más grave, como resultado de cincuenta años de una drástica y represiva política del hijo único, lanzada por Mao.

Una joven china, que pertenece a esa generación de hijos únicos, llamados “los pequeños mandarines” –ya adivinará por qué, estimada lectora– comenta: “Todos somos hija única, hijo único y, para ser honestos, algo egoístas. ¿Cómo podría criar un niño si yo soy una niña todavía?” (New York Times, 24 de enero, citada por Ross Douthat). Sin duda, esa joven ha de pertenecer a la pujante clase media china que cuenta 200 millones de miembros y, como en los países desarrollados, piensa en términos de realización personal, algo demasiado legítimo, pero no favorable para fundar una familia y tener hijos.

Todo esto, Pierre Chaunu lo había diagnosticado y anunciado hace más de cincuenta años. De manera contradictoria, pero lógica, el mundo está enfrentando, por un lado, un crecimiento de la población global (México, en diez años, ha ganado 17 millones de personas), por el otro, el envejecimiento de las regiones más prósperas, como Alemania y Japón. Mao lanzó su cruel programa del hijo único, por miedo a la “explosión demográfica”. El presente miedo se llama “la explosión demográfica de la tercera edad”. Nos tocará pronto a nosotros.
 

Historiador

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