Marcel Gauchet, en Le Figaro del 25 de marzo, dice que la pandemia ofrece la oportunidad de un despertar colectivo. Eso vale tanto para nuestro país, como para la comunidad internacional. ¿Utopía? Probablemente, pero depende del sentido que usted da a la palabra; para mí, la utopía no es algo irrealizable, sino algo que aún no se ha realizado, una propuesta realizable, un programa de acción. Utopía hoy, realidad mañana.

¿Utopía, la erradicación de la viruela? La virulenta viruela, una de las peores plagas de la historia de la humanidad, diezmó la población autóctona de América a la hora del contacto con los hombres del Viejo Mundo; todavía mató a miles de mexicanos, en los Altos de Jalisco, a la hora de las “reconcentraciones” de toda la población, medida militar para debilitar a la insurgencia cristera, entre 1927 y 1929. Mataba a la tercera parte de los infectados y dejaba cicatrices de por vida a los sobrevivientes. Gracias a la vacuna (mi último certificado internacional de vacunación es de 1978; uno no podía cruzar frontera sin presentarlo), Rahima Banu, una niña bengalí de dos años, fue el último caso conocido, en 1975. La viruela murió, gracias a una actuación colectiva sostenida a nivel mundial.

La obsesiva actualidad nos focaliza sucesivamente sobre SARS, gripe aviar o porcina, Zika, Ébola, ahora Covid-19; en la urgencia, el miedo, la fascinación y el negocio (inventar y vender santos remedios) les dedican inversiones y esfuerzos científicos; pero son mucho más letales los viejos enemigos como cólera, malaria, tuberculosis: esta última, que se decía casi vencida, repunta con fuerza en todas partes, sin olvidar a nuestro México. Ébola del cual se habla como si fuese la nueva peste bubónica, mató unas personas, unos cientos de personas; la tuberculosis mata 1,500,000 al año, la malaria pega a 200 millones y mata a 500,000, en su gran mayoría infantes, en África.

Necesitamos un “despertar colectivo”. Inútil soñar con un Gobierno Mundial racional y justo. Eso sí, es una utopía en el sentido negativo de la palabra. Darle poderes a la Organización Mundial de la Salud (OMS), exigir a nuestros gobiernos concertación y solidaridad internacional, en lugar de huir en un “sálvese quien pueda”, eso debe dejar de ser un sueño. Y nuestro México debe invertir en ciencia y tecnología, en formación de personal y hospitales, en cobertura de salud para toda la población, en resurrección de una poderosa industria farmacéutica (que la tuvimos con autonomía en cuanto a producción de vacunas). En lugar de destruir lo poco que teníamos, de imponer la austeridad a la investigación científica y a la Secretaría de Salubridad.

¿Es mucho pedir? Claro que sí, porque los políticos viven en el cortísimo plazo electoral. El horizonte de nuestros dirigentes se limita a 2021, año electoral. Miopía catastrófica. El problema de fondo, en México y en todo el mundo, es que frente a las amenazas que vienen, pandemias, cambio climático, grandes migraciones, crimen organizado, violencia, etc., el hombre tendría que “hominizarse”, en el sentido de merecer el adjetivo de Sapiens. Somos Homo, pero muy poco Sapiens. Si seguimos acumulando tonterías y estupideces, vamos a preparar un porvenir muy negro a nuestros descendientes. Me dirán que, algún día, este mundo terminará. Cierto, y si el hombre desaparece, la naturaleza dará un gran suspiro de alivio y los animales no se quejarán. Puede que repunte la población en vía de desaparición de los pobres rinocerontes, exterminados para que unos ricos puedan consumir su cuerno pulverizado, supuestamente superior a todos los viagras. Por fin, liberados de sus verdugos, elefantes, gorilas y todos los simios, ballenas y todas las especias marinas, terrestres y aladas cantarán aleluya.

El cristianismo no ha fracasado, por la sencilla razón que no ha sido ensayado. Durante dos mil años, no se reflexionó lo suficiente sobre lo que es el corazón del Evangelio, el Sermón sobre la montaña, el de las bienaventuranzas.

Historiador

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