Sabemos, desde que lo pusieron por escrito los griegos, esos genios que lo inventaron todo, que no hay fórmula universal para el gobierno de los humanos. Aristóteles nos dice haber estudiado las formas de gobierno en más de 150 ciudades para ponerlas en relación con su estado social y moral. Demuestra que el régimen político corresponde siempre a la sociología y al tipo de relaciones que funcionan entre los habitantes de cada ciudad-Estado.

Los dirigentes estadounidenses no habían leído a Aristóteles, o habían olvidado su enseñanza cuando pensaron que podían implantar la democracia, su democracia, la democracia “occidental”, en Afganistán y en Irak. La democracia ateniense no podía funcionar en Esparta, y, de la misma manera, el régimen militar de esa antigua ciudad del Peloponesio no podía trasplantarse en Corinto o Tebas.

La lección sigue siendo de actualidad para el mundo entero, para América Latina y para México: todo sistema político es parte de la organización social porque existe una estrecha relación entre el desarrollo socioeconómico de la sociedad y sus instituciones, su forma de gobernarse. Por lo tanto, no puede existir una forma mejor, una forma perfecta de régimen político, la “democracia” en nuestro caso, universalmente aplicable. Hace unos diez años, el antropólogo francés Henri Favre, gran conocedor de México (Chiapas) y de los Andes, preguntaba: “¿Es gobernable Perú y cómo?”. Empezaba diciendo que “no puede uno imaginar una sociedad capitalista gobernada por un consejo tribal, y a pesar de todos los esfuerzos realizados en tal sentido por Occidente desde 2001, parece muy improbable que las instituciones de una democracia liberal puedan funcionar normalmente en una confederación de tribus, por más que tenga bandera, himno y sede en las Naciones Unidas”. Obviamente, pensaba en Afganistán, después del 11 de septiembre de 2001, después de la derrota de los talibanes. Veinte años después, el ejército estadounidense se retiró y los talibanes están en Kabul. El implante, el injerto no funcionó.

Henri Favre, a propósito de un Perú que había pasado por un régimen militar progresista, para volver luego a la democracia parlamentaria, sufrir la violencia desatada por Sendero Luminoso, experimentar el método Fujimori y otra vez la democracia aquella. Favre, buen discípulo de Aristóteles, concluía: “El sistema político que conviene a una sociedad fuertemente homogénea y poderosamente integrada, no se puede pasar tal cual en una sociedad marcada por la heterogeneidad cultural o en la cual el lazo social es frágil y discontinuo, sin serias adaptaciones, que amenazan con desnaturalizar o pervertirlo” (el sistema político).

Parece que lo que valía para Perú en 2012, y sigue válido en 2021 cuando el ganador en las elecciones presidenciales tiene apenas unos miles de votos de ventaja y no tiene mayoría en el congreso, parece que eso vale para nuestro país: a cada sociedad su régimen político y, si hablamos de democracias, cada democracia será forzosamente distinguida, calificada por un adjetivo. México ha tenido casi siempre, desde su nacimiento, instituciones, constituciones formalmente democráticas, de modo que podemos hablar de una democracia juarista, de una democracia porfiriana, de una democracia revolucionaria, etc. Democracia sui generis, perfeccionada alguna vez en forma de “dictadura perfecta porque es invisible”. Y quien pronunció esas palabras, tomó el avión en la misma tarde, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México.

Luego la “transición democrática”, iniciada prudentemente unos años antes por el gran político que fue don Jesús (Reyes Heroles), desmanteló la dictadura perfecta y probamos la alternancia, alternancia repetida tres veces en veinte años, la que, por definición, caracteriza a la democracia. ¿Y ahora? Si tomamos en cuenta la profundidad de las desigualdades y la heterogeneidad cultural ¿es democráticamente gobernable nuestro país? ¿Cuál adjetivo merecemos?

Historiador.

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