La Ciudad de México vuelve a amanecer bajo contingencia ambiental. El cielo gris ya no sorprende; apenas incomoda. Ajustamos la agenda, evitamos hacer ejercicio al aire libre, nos acoplamos para evitar el vehículo si es que nos corresponde el engomado con restricciones, consultamos el índice de calidad del aire como quien revisa el clima, y así seguimos.
Pero quizá lo más grave no es la contaminación del aire, sino la normalización del deterioro.
Cada contingencia es un recordatorio incómodo de que algo no está bien en nuestra forma de habitar la ciudad. No se trata sólo de partículas PM2.5 o de ozono; se trata de un modelo de vida.
Como escribió el Papa Francisco en Laudato si': “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental”. La nube gris que cubre el Valle de México no distingue entre clases sociales, pero sí golpea con mayor fuerza a los más vulnerables: niños, ancianos, personas con enfermedades respiratorias, trabajadores que no pueden “resguardarse”.
En el fondo, la contingencia revela una pregunta más profunda: ¿qué ciudad estamos construyendo y qué tipo de personas nos estamos volviendo?
*Laudato si’ habla de la “cultura del descarte”. Pensábamos que se refería sólo a objetos o personas marginadas. Pero también hemos aprendido a descartar el aire limpio, los árboles, el silencio, el tiempo para caminar.
Hemos descartado la paciencia en favor de la prisa, el transporte público en favor del automóvil individual, la sobriedad en favor del consumo constante. Y así, la contaminación no es únicamente ambiental: es cultural y espiritual.
La encíclica nos invita a una “conversión ecológica”, una expresión que puede sonar abstracta hasta que miramos el cielo marrón sobre Reforma o sentimos ardor en la garganta al salir de casa. Conversión significa cambio de rumbo. Significa reconocer que nuestro estilo de vida, es decir, nuestras decisiones cotidianas, tiene consecuencias colectivas.
Francisco advierte: “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos”. La crisis atmosférica de la ciudad está vinculada a nuestra crisis de vínculos: aislamiento, individualismo, indiferencia. La misma lógica que congestiona las vialidades congestiona nuestras prioridades.
La contingencia es también un examen de conciencia urbano.
¿Podemos hablar de progreso cuando nuestros hijos respiran aire contaminado? ¿Podemos celebrar crecimiento económico mientras la calidad de vida se erosiona? ¿No es paradójico que la ciudad más dinámica del país viva periódicamente en pausa por el aire que ella misma produce?
Laudato si’ propone una nueva mirada. Tal vez la contingencia sea una oportunidad para redescubrir que el aire es un don y no un derecho automático. Para asumir que cada trayecto, cada consumo, cada elección suma o resta a nuestro medio ambiente. Para entender que cuidar el planeta no es una consigna ideológica, como algunos lo afirman ingenuamente, sino un acto de justicia intergeneracional.
La Ciudad de México necesita políticas públicas firmes, sí, pero también comunidades que comprendan que el cuidado de la creación es inseparable del cuidado del prójimo.
Porque cuando el cielo se vuelve gris, no sólo se oscurece el paisaje. También se pone a prueba nuestra conciencia.
Director de Comunicación de la Arquidiócesis Primada de México
Contacto: @jlabastida

