La reforma electoral sigue atorada. Aunque la presidenta Sheinbaum prometió presentar su iniciativa esta semana, lo único que vimos fue un PowerPoint, unas diapositivas. Se trata, como es obvio, de un documento tan importante como tramposo. Hay que analizarlo con cuidado, pero sería un error irse con la finta.
Empecemos por lo evidente: el PowerPoint sí dice cosas relevantes. Revela, por ejemplo, que el gobierno no tendrá reparo en seguir engañando para vender su reforma electoral. La presentación, por ejemplo, subraya que la Cámara de Diputados tendrá 500 integrantes y que serán electos “TODOS POR VOTACIÓN DIRECTA”. La trampa es obvia: eso ya ocurre hoy. Nada cambiaría en ese punto. La presentación es, en el mejor de los casos, engañosa; en el peor, abiertamente mentirosa.
Pasemos a otro tema relevante: la reforma será regresiva en materia de sobrerrepresentación. Como era previsible, el oficialismo no hará nada para corregir los criterios que le permitieron cometer un fraude a la Constitución y quedarse con el 73% de la Cámara de Diputados pese a haber obtenido poco más de la mitad de los votos. Peor aún: el oficialismo pretende desaparecer las 32 senadurías de representación proporcional, una medida que, como ha mostrado Javier Aparicio, beneficiaría a Morena y perjudicaría a los partidos más pequeños.
Pero el mayor problema del PowerPoint no es lo que dice, sino lo que omite. La presentación menciona asuntos especialmente delicados que podrían tener consecuencias enormes para las elecciones y nuestros derechos, y lo hace con una ambigüedad y una vaguedad preocupantes. Se habla, por ejemplo, de una “regulación” de la inteligencia artificial y de la “prohibición de bots”. No se explica en qué consistirá esa regulación, qué conductas específicas quedarán prohibidas ni qué autoridades serán responsables de aplicarla. El riesgo es evidente: bajo el pretexto de regular la inteligencia artificial, el gobierno podría intentar controlar contenidos o censurar voces críticas.
Algo similar ocurre con el voto electrónico. La presentación propone permitir el uso de tecnologías digitales para referéndums, plebiscitos, consultas populares y revocaciones de mandato. La idea puede parecer atractiva, pero también implica riesgos considerables. Sistemas mal diseñados o mal supervisados pueden abrir espacios para la manipulación, el fraude o la vulneración del secreto del voto. Sin reglas claras, árbitros independientes y recursos suficientes, la tecnología puede ser un remedio más caro que la enfermedad.
La lista de imprecisiones es larga, pero el punto central es sencillo: haríamos mal en ignorar el PowerPoint, pero también en tomarlo como si fuera la reforma. Hay quien ya celebra que la propuesta parece menos regresiva de lo que se temía. Me parece que se trata de festejos prematuros y de un error estratégico. El diablo siempre está en los detalles —y esta es una propuesta cuyos detalles desconocemos prácticamente en su totalidad—.
El PowerPoint no es la reforma. Es solo lo que el gobierno quiere que creamos que será la reforma. Lo importante, lo fundamental, lo trascendente, estará en el articulado que aún no conocemos. Ahí sabremos qué tamaño tendrá este nuevo paso en el camino de la regresión democrática. Hasta entonces, conviene no engañarse: las diapositivas pueden generar una falsa sensación de tranquilidad, pero serán las disposiciones jurídicas las que tengan un impacto real. Y todo indica que, detrás de estas diapositivas, viene una reforma que podría dejar a nuestra democracia electoral en peores condiciones de las que ya tiene.
Javier Martín Reyes. Investigador en el II-UNAM y en el Instituto Baker. X: @jmartinreyes.
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