Después de poco más de tres semanas de guerra en el Medio Oriente, la situación luce mucho más complicada de lo que aparentaba en un principio. La verdad es que una vez analizadas las circunstancias que la han rodeado, esto no debería de sorprender a nadie.

Para empezar, las razones que llevaron a la contienda todavía no quedan claras, ya que las fuentes oficiales han manejado explicaciones diferentes, e incluso el funcionario de mayor nivel encargado del combate al terrorismo renunció con el argumento de que el conflicto no se justificaba, porque Irán no representaba una amenaza inminente para Estados Unidos.

Además, el enfrentamiento ha mostrado errores de cálculo en temas cruciales. Por ejemplo, no se previó la capacidad de Irán para infligir daño mediante ataques a sus vecinos y el cierre del estrecho de Ormuz (vía por la que circula alrededor de 20% del crudo y el gas mundial, entre otros productos), lo que según opiniones de expertos debió ser obvio desde un principio.

Nadie tomó en cuenta que Rusia sería uno de los beneficiarios del conflicto, ni mucho menos que para aliviar las tensiones en los mercados energéticos Estados Unidos consideraría levantar sanciones a la venta de petróleo iraní, que se impusieron precisamente para presionar a ese país a participar en negociaciones sobre su programa nuclear.

Como lo sugieren los frecuentes vaivenes respecto del siguiente paso, tampoco parece haberse planeado una estrategia de salida en caso de que las hostilidades evolucionaran de una forma diferente a lo previsto, lo que se complica porque el objetivo último de Israel y Estados Unidos con la guerra probablemente sea diferente.

La Agencia Internacional de Energía ha calificado a este evento como la mayor disrupción a la oferta de petróleo en la historia. Naturalmente, el impacto sobre los precios del energético ha sido considerable. En unas cuantas semanas la cotización del barril de crudo Brent se ha duplicado.

Naturalmente, este evento impactará la inflación en el corto plazo y puede dar lugar a efectos estanflacionarios posteriormente. La gravedad dependerá de cuánto sube al final el precio de los energéticos y otros bienes afectados por la guerra, y por cuanto tiempo se prolonga el choque.

Las autoridades estadounidenses han estimado la duración del conflicto entre 4 y 6 semanas. En general, los mercados se han posicionado para un evento de relativamente corta duración.

En mi opinión, tiene sentido considerar como base un escenario en el que las hostilidades no se extienden por mucho tiempo. Por una parte, está por verse la resistencia militar de Irán. Pero, lo que parece aun más importante, el costo de una pugna prolongada para el gobierno de Estados Unidos en un año en el que habrá elecciones para el Congreso sería excesivo, ya que la guerra es rechazada por la mayoría de la población, que ya se está reflejando en los precios de la gasolina y pronto afectará los de los alimentos y otros productos, y que requiere de recursos presupuestales considerables en un momento de fragilidad fiscal.

Desafortunadamente, a pesar de las versiones estadounidenses de “conversaciones productivas” y la decisión de posponer ataques a la infraestructura energética iraní por cinco días, la posibilidad de un nuevo escalamiento sigue latente. Además, los ataques a la infraestructura de petróleo y gas pueden tener un efecto duradero en el abasto de energéticos. De esta forma, existe la posibilidad de que los mercados estén subestimando el impacto de la guerra, lo que podría dar lugar a una reacción más severa posteriormente.

¿Cuál debe ser la posición de las autoridades responsables de conducir la política económica ante esta situación de incertidumbre? La respuesta es muy sencilla: prudencia.

Las recientes decisiones de numerosas autoridades monetarias nos proporcionan un ejemplo ilustrativo.

Los bancos centrales de los principales países avanzados (la Reserva Federal, el Banco Central Europeo, el Banco de Japón, el Banco de Inglaterra y el Banco de Canadá) tomaron decisiones de política monetaria la semana pasada. Ante la incertidumbre imperante, todos decidieron dejar inalteradas sus tasas de interés de referencia. Incluso, considerando lo difuso del panorama, Jerome Powell, presidente de la Junta de Gobernadores de la Reserva Federal, sugirió ignorar las proyecciones económicas publicadas por su institución en esta oportunidad.

Tomando en cuenta la perspectiva de un choque simultáneo al alza para la inflación y a la baja para la actividad económica, la mayoría de los referidos bancos centrales manifestaron, en línea con su mandato prioritario, estar dispuestos a incrementar sus tasas de interés si las circunstancias lo ameritan.

Los mercados también se han ajustado a las nuevas condiciones. Ya están descartando recortes en la tasa de interés estadounidense durante 2026. Asimismo, anticipan incrementos de las tasas de interés de política monetaria de los otros bancos centrales antes señalados para los próximos 12 meses.

En suma, la guerra en el Medio Oriente ha puesto de manifiesto no solo la fragilidad del mercado energético mundial, sino también los riesgos de emprender acciones militares sin una estrategia clara ni una evaluación realista de sus consecuencias. Aunque el escenario más probable apunta a un conflicto de duración relativamente corta, nadie puede asegurar este resultado. En este contexto, la prudencia de los principales bancos centrales del mundo resulta no solo comprensible, sino indispensable.

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