Ante las evidencias casi increíbles de corrupción, represión e ineptitud, la posición sobre la salida de Nicolás Maduro de la presidencia de Venezuela ni siquiera amerita discusión. En realidad, el debate y las dudas giran en torno al papel de Estados Unidos en el apresamiento de Maduro y en el futuro de Venezuela, y sus implicaciones tanto a nivel global como para nuestro país.
Lo que estamos viendo en Venezuela es, en la práctica, la materialización de una visión que el gobierno de Donald Trump ha venido anunciando y en algunos casos implementando desde hace tiempo por diversas vías. Al respecto, yo destacaría lo siguiente.
En primer lugar, para las autoridades estadounidenses el interés nacional es la prioridad absoluta, aun si esto pasa por encima del actual orden internacional. El mismo Trump ha señalado que “no se siente limitado por ninguna ley, norma, control o equilibrio internacionales” y que la única restricción a su capacidad de utilizar el poderío militar estadounidense es “su propia moralidad”. De manera congruente con lo anterior, hace unos días decidió retirar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, incluyendo 31 de la ONU, que no considera compatibles con sus intereses.
En segundo lugar, como ya se ha señalado en repetidas ocasiones, Trump está buscando un papel mucho más influyente de Estados Unidos en el continente americano y, de manera simultánea, acotar la participación en la región de otras potencias, especialmente China y Rusia. Aunque se han mencionado alternativas más radicales, me parece que lo que esto significa se ilustra mejor con las recientes declaraciones del secretario de energía de Estados Unidos, Chris Wright, de que existe la posibilidad de “balancear” la participación de su país y China en Venezuela, pero con un papel meramente secundario de Beijing.
En tercer lugar, con respecto a los países que Estados Unidos considerará sus aliados en el Hemisferio Occidental, la preocupación no radica en los regímenes de gobierno, la orientación ideológica o la honorabilidad de sus gobernantes. El énfasis más bien está en un pragmatismo que sirva a los intereses de Washington. ¿De qué otra forma se puede interpretar que Estados Unidos acepte que durante un periodo indefinido el gobierno venezolano sea encabezado por Delcy Rodríguez e integrado por otros personajes estrechamente vinculados con Maduro?
En cuarto lugar, Trump está dispuesto a ir más allá de lo que muchos consideraban probable. Me parece que hasta hace poco tiempo la posibilidad de una acción militar en Venezuela no se veía como el escenario más viable. Y ahora estamos presenciando también el caso de Groenlandia. El gobierno estadounidense está decidido a apoderarse de la isla. Aunque el secretario de estado, Marco Rubio, ha insistido que lo que se busca es una compra, el presidente Trump no ha descartado la vía militar si esto fuera necesario.
Este escenario complica la labor de nuestras autoridades, pero en varios ámbitos los resultados pueden ser beneficiosos para el país si las negociaciones con Estados Unidos son exitosas.
Trump ha insistido que México está gobernado por narcotraficantes y que debe hacerse algo a este respecto, a lo que ha agregado más recientemente que el siguiente paso de su estrategia contra el narcotráfico es un “ataque terrestre”.
No queda claro qué es lo que está esperando el presidente estadounidense, pero la existencia de cuestionamientos es comprensible. ¿O habrá alguien que dude que la inseguridad es el problema más grave en México y que la estrategia para enfrentarla, si bien ha mejorado, sigue siendo insuficiente? Una acción militar estadounidense en territorio mexicano sería injustificable. Sin embargo, aun después de la conversación de ayer de los presidentes de los dos países, sería un error descartar este riesgo.
El TMEC es obviamente otro frente de gran preocupación. Contra lo que opinan algunos, no me parece que los sucesos en Venezuela sean la causa por la que temas como la seguridad, la migración, el marco legal, China, etc. vayan a formar parte de las negociaciones. Da la impresión de que siempre han estado sobre la mesa. La diferencia es que, ante la determinación con la que actuó Estados Unidos en Venezuela, la posición estadounidense se ha fortalecido.
Las exportaciones de petróleo a Cuba representan otro tema espinoso. En tanto que Estados Unidos desea asfixiar al gobierno cubano, nuestro país le da oxigeno con su papel de principal abastecedor de petróleo a la isla.
A todo lo anterior habría que agregar el tema de la inversión en el sector energético. Por motivos financieros y tecnológicos, México requiere incrementar la inversión extranjera en la industria petrolera. La posibilidad de atraer suficientes flujos ya es complicada por factores internos bien conocidos. Como es obvio, la aplicación de la doctrina “Donroe” no es precisamente de ayuda. Y la situación se complica todavía más con los esfuerzos de la Administración Trump por incrementar fuertemente la inversión privada estadounidense en el sector petrolero venezolano, mediante una combinación de presión y subsidios.
Hasta ahora, las autoridades mexicanas han manejado bien la relación con el gobierno de Trump. Pero es obvio que tras la experiencia venezolana, habrá que hacer a un lado camisas de fuerza políticas o ideológicas y, con el interés de México por delante, añadir con pragmatismo al enfoque de cooperación y cabeza fría una selección mucho más cuidadosa de las batallas que vale la pena dar y de aquellas en las que sería mucho más costoso no ceder. Esta es por supuesto, una decisión soberana.

