El tema de Groenlandia concentró la atención no solamente en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, sino en el mundo entero. Esto es comprensible tomando en cuenta que el problema no se limita a los objetivos estadounidenses en torno a la isla, sino que abarca también sus implicaciones para el destino de un orden internacional basado, aunque con deficiencias, en instituciones y reglas.
Esta última preocupación se ha venido haciendo patente desde hace tiempo. La diferencia en el caso de Groenlandia es que ha implicado un choque entre dos de las principales potencias mundiales, que tradicionalmente han sido aliadas. A lo anterior habría que agregar que las amenazas del gobierno estadounidense no se limitaron en un principio al ámbito económico, sino que incluyeron el militar.
La posición del gobierno de Donald Trump a este respecto ya está teniendo efectos tangibles. Ante una toma de decisiones frecuentemente imprevisible y acompañada de una falta de respeto al estado de derecho, en diversos países se está generando la percepción de que Estados Unidos no puede ser considerado un socio confiable.
Como resultado, están resurgiendo inquietudes respecto de la conveniencia de fortalecer la independencia económica y militar, diversificar el comercio exterior y, en general, asegurar contrapartes más previsibles para las relaciones económicas y políticas. Así, el trastocamiento del orden internacional que estamos observando seguramente agravará la tendencia a la fragmentación de la economía mundial de años recientes.
Es cierto que no obstante las graves afectaciones al orden internacional, siguen existiendo contrapesos. El caso de Groenlandia lo ilustra con claridad.
Desde antes de llegar a un posible acuerdo sobre el tema, Trump descartó en Davos la posibilidad de una acción militar. Posteriormente, a raíz de una plática con el secretario general de la OTAN, señaló que cancelaria los aranceles que pretendía imponer a 8 países europeos que se oponían a sus propuestas sobre Groenlandia.
Aunque no sabemos cuál fue el factor dominante detrás de estas decisiones, es lógico suponer que contribuyeron diversos contrapesos.
Para empezar, Groenlandia es un territorio autónomo de Dinamarca, a su vez miembro de la Unión Europea. La economía de esta última no es muy diferente en tamaño a la de Estados Unidos. La intensidad del comercio e inversiones mutuas supera la de cualquier otra relación bilateral. Y las autoridades europeas han dejado bien claro que tomarán las represalias necesarias en respuesta a acciones de Estados Unidos que consideren indebidas.
Asimismo, los países de la Unión Europea poseen grandes volúmenes de activos financieros estadounidenses. Una demanda menor de estos activos o una venta de parte de ellos podría propiciar efectos de consideración en las tasas de interés estadounidenses.
A lo anterior habría que agregar que una intervención militar en Groenlandia implicaría un conflicto armado entre aliados de la OTAN, lo que básicamente destruiría la Organización. La prensa internacional ha señalado que un grupo de asesores de Trump se esforzó en desactivar la posibilidad de un conflicto bélico en Groenlandia. Y no me sorprendería que inclusive miembros de ambos partidos del Congreso estadounidense hubieran operado en la misma dirección.
En este contexto, ante el riesgo de un conflicto entre Estados Unidos y la Unión Europea, los mercados financieros internacionales se desplomaron, afectando con particular fuerza a los estadounidenses y al dólar, y convirtiéndose en un freno adicional a las intenciones de Trump.
El problema con el “orden” internacional emergente, cuyo periodo de vida por cierto es difuso, es que en la mayoría de los casos los contrapesos no funcionarán. ¿No son suficientemente claros los ejemplos de Venezuela y Ucrania? También podríamos preguntarnos, ¿qué contrapesos evitarían que el gobierno estadounidense iniciara una intervención militar unilateral en México para combatir el narcotráfico? Además, ¿qué clase de “orden” internacional es aquél en el que los países tienen que prender veladoras para que un contrapeso incierto los proteja de las acciones de una potencia?
En su muy comentada intervención en Davos, Mark Carney, primer ministro de Canadá, propuso que las economías de tamaño mediano como su país construyan un nuevo orden basado en el compromiso con valores fundamentales, economías internas fuertes, diversificación comercial y el aprovechamiento de complementariedades. Sugirió así fomentar la unión de estos países para resistir la coerción de las grandes potencias.
La verdad es que el logro de este objetivo no se ve nada fácil. Para empezar, es difícil que los márgenes de diversificación del comercio exterior en Canadá sean muy amplios tomando en cuenta su enorme frontera con un país que, además de ser el principal mercado del mundo, tiene una economía equivalente a más de once veces la canadiense. Además, la cooperación internacional es un bien escaso. A Europa le ha tomado más de siete décadas alcanzar el actual nivel de integración política y económica.
Pronto tendremos la oportunidad de evaluar el funcionamiento del enfoque canadiense en su etapa actual. En apego a la filosofía antes descrita, Canadá ha buscado un acercamiento con China en medio de las discusiones preliminares del TMEC. Trump ha anunciado que impondrá un arancel generalizado de 100% a Canadá si llega a un acuerdo comercial con ese país. ¿Podrán las autoridades canadienses apegarse a su planteamiento y finalizar con éxito las negociaciones del tratado comercial? Ojalá.
Carney tiene razón al afirmar que todos los países deberían adaptarse a la nueva realidad. Desafortunadamente, es probable que la interpretación de lo que esto significa en la práctica difiera considerablemente de un país a otro.

