Un traductor de Paul Valéry

Fue José Manuel de Rivas, con el generoso entusiasmo que lo caracterizaba, quien le sugirió e indujo a Elizondo a que tradujera Historias rotas de Valéry

Un traductor de Paul Valéry
Cultura 30/09/2021 02:21 Actualizada 17:57
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En 1972, en la Librería Universitaria que se hallaba en Avenida Insurgentes, en lo que entonces se llamaba Distrito Federal, frente al Condominio Insurgentes, conocido todavía como el “edificio Canadá” por el inmenso anuncio de las zapaterías de Guadalajara que acaso todavía predomina en uno de los costados de sus fachadas, cerca del restaurante alemán Hipódromo, podía encontrarse un pequeño volumen de portada gris con una imagen violácea editado en la colección Poemas y Ensayos de la UNAM que en ese tiempo dirigía Marco Antonio Montes de Oca: El señor Teste de Paul Valéry traducido por Salvador Elizondo.

 En el “Prólogo del traductor”, rubricado en 1971, Elizondo escribió que con una versión —“la primera en castellano creo”— de ese libro “la Universidad Nacional Autónoma de México rinde homenaje a la memoria de Paul Valéry en el centenario de su nacimiento”. Confesaba asimismo que “he tratado de conservar, contra la opinión de Juan José Arreola —a cuya amistad consagro el esfuerzo que puse y el deleite que obtuve al traducir ese libro—, el tono que la dicción escuetamente intelectualista que en las palabras de su autor, ‘ese lenguaje forzado, a veces enérgicamente abstracto…’ me dictaba”.

En Camera lucida, Elizondo recreó a ese personaje en un texto conjetural: “El mal de Teste”: “El señor Teste es imposible, pero real. Es tal vez demasiado real para ser posible. Su imposibilidad es un conjunto de demasías. El señor Teste es demasiado escéptico, inteligente, armonioso, profundo y perfecto como para que sus defectos mismos no fueran, por así decirlo, defectos perfectos.”

Advertía asimismo que “en una vaga etiología de nociones abstractas Valéry nos da a entender que el mal de Teste se relaciona de alguna manera muy compleja con la facultad intelectual de la atención, lo que no deja de ser una intuición notable”.

Hacia 1991, Salvador Elizondo creó Ediciones Heliópolis con José Manuel de Rivas y Armando Hatzacorsian, quienes habían colaborado con Diego García Elío y Gonzalo García Barcha en El Equilibrista, entre otras, en la primera edición de Elsinore y en la de Teoría del infierno de Elizondo.

Fue José Manuel de Rivas, con el generoso entusiasmo que lo caracterizaba, quien le sugirió e indujo a Elizondo a que tradujera Historias rotas de Valéry. Inexorablemente sus conversaciones, que ocurrían casi siempre en lo que se llama “el corredor” de la casa de Elizondo en Coyoacán, que Pepe de la Colina adivinaba la verandah, ante el jardín, aludían a ese libro que acaso se convirtió en uno de los signos de su amistad. Naturalmente esas alusiones derivaban en que José Manuel le sugiriera a don Salvador que tenían que editarlo, lo que implicaba otra complicidad: que Elizondo lo tradujera.

Salvador Elizondo no era afecto al teléfono y durante tres o cuatro meses, con la cortesía de la que no prescindía hasta cuando practicaba la polémica con ironía contundente, confesaba que estaba traduciendo a Valéry, que por favor no lo llamara. Según el colofón, su traducción de Historias rotas de Paul Valéry, editado por Ediciones Heliópolis, “es el cuarto volumen de la Cripta de los Capuchinos y se terminó de imprimir el día de San Leonardo a cincuenta años de la muerte de su autor en los talleres de Offset Rebosan. Laus Deu”.