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Un incitador silencioso

Javier García-Galiano

Juan José Reyes, que murió el lunes 28 de diciembre... era un hombre sosegado, de conversación y amistad fáciles, muy generoso y hospitalario

Entre las omisiones en las que suelen abundar los manuales de literatura, no resultan las menos ignominiosas aquellas que ignoran a hacedores calladamente de eso que llamamos el libro: los que no dejan de inventar el papel y los placeres que depara el papel, los tipógrafos, los encuadernadores, los animales de la tinta, quienes no dejan de crear diversas formas de plumas, los impresores, los perpetradores de erratas no pocas veces memorables, los libreros, quienes imaginan volúmenes en silencio, los que conversan acerca de esos libros en cafés, en cantinas, en escaleras, en un patio, después de un match de tenis, en el billar, en la redacción de un periódico o de una revista; Juan José Reyes, que murió el lunes 28 de diciembre, pertenecía a esa estirpe.

Era un hombre sosegado, de conversación y amistad fáciles, muy generoso y hospitalario aunque no prescindía de una ironía amablemente maliciosa. Algo de ello puede advertirse en su escritura, lúcida en su elegante claridad y sencillez, la cual fue ensayando en periódicos y revistas como El Gallo Ilustrado de El Día, en El Nacional, en El Semanario Cultural de Novedades, en Textual, en Cultura Urbana.

Tampoco parece insólito que ese lector curioso y lúdico haya sido editor; fue jefe de redacción de El Semanario cultural de Novedades, que dirigía Pepe de la Colina, creador y director de la revista Textual del periódico El Nacional, y de Cultura Urbana de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Durante años se reunía a la una de la tarde con Jorge López Páez a tomar el aperitivo en el Salón Palacio, en la esquina de Rosales e Ignacio Mariscal, en la colonia Tabacalera, a media cuadra de El Nacional. Bebía un par de vodkas con Squirt y un solo hielo y hacia las tres y media se iba a comer a su casa en la calle de Flora, en la colonia Roma, que había pertenecido a su abuela María Elvira Bermúdez, la escritora policial a la que admiraba de manera creciente. Los lunes, los jueves y los viernes procedía del Novedades y solían acompañarlo Noé Cárdenas, Moramai Herrera Kuri y Ernesto Herrera, que colaboraban en la redacción de El Semanario, y en ocasiones también Pepe de la Colina. No pocas veces algunos colaboradores de ese suplemento cultural y de Textual frecuentaban su mesa, entre ellos Luis Ignacio Helguera, Eduardo Milán, Aurelio Major, Gerardo de la Torre, José Homero, Carlos Miranda, Josué Ramírez, Armando González Torres, Nacho Trejo, Ricardo Pohlenz, Víctor Salomón, el fotógrafo Ricardo Salazar, que logró retratos prodigiosos de muchos escritores, algunos de ellos en esa cantina como el de un encuentro de Juan Rulfo con Augusto Monterroso y José Revueltas.

Juan José Reyes hablaba con voz calma, sin recurrir al alzamiento de la voz en una discrepancia, y en esas conversaciones solía instigar a la escritura de textos que publicaba en El Semanario y Textual. Era un incitador silencioso como buen editor y mejor amigo.

Había estudiado filosofía y entre las obsesiones que introducía recurrentemente en la conversación se hallaba el grupo Hiperión, acerca del cual publicó El péndulo y el pozo. También escribió un volumen ilustrado acerca de la Lotería Nacional: Cuestión de suerte. Pero, sobre todo, con frecuencia hablaba de Emilio Uranga, del que ideaba con paciencia de decenios un libro que no terminó. Algo de él está en textos de sus amigos, los cuales fuimos testigos de la creación de ese libro conjetural.

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