La de ciertos libros puede parecer también una historia secreta. Su rastro no se infiere de sus sucesivas y numerosas ediciones, aunque la conforman sus lectores. A veces producen desconcierto, a veces incitan a la polémica y aun al escándalo, a veces propician leyendas y algo semejante a mitologías.

En noviembre de 1965, la editorial Joaquín Mortiz publicó en la Serie del Volador, con una imagen en la portada y el diseño de Vicente Rojo, Farabeuf de Salvador Elizondo. Aunque había participado en exposiciones colectivas de pintura y mantenido una individual, había concebido la revista S.Nob, era miembro del grupo Nuevo Cine y había terminado hacía poco un film peculiar: Apocalypse 1900, en el prólogo a la autobiografía de Elizondo, que se imprimió en junio de 1966, Emmanuel Carballo, que fue el incitador de esa autobiografía y la de otros escritores de esa generación, se preguntaba: “¿Quién es Salvador Elizondo?” y se respondía: “Las fuentes para averiguarlo son escasas y, quizá, no del todo veraces”.

En su autobiografía, que en la reedición que realizó don José Sordo en Aldus en el año 2000 Elizondo reconoció naturalmente como “precoz”, confesó que había escrito poesía “profundamente influido por ciertos poetas ingleses, principalmente Robert Graves y mi poesía era casi siempre una transcripción infiel del sentimiento poético de los demás”. Cuando consideró “que ya había reunido una cantidad suficiente de obras maestras las reuní en un libro que fue unánimemente mal acogido por la crítica”. En sus conversaciones recordaba sonriendo, no sin algo de orgullo, que encontró muchos ejemplares de su libro en librerías de viejo, la mayoría de ellos dedicados e intonsos, y que pudo recuperar casi todos los de esa edición de autor.

Sin que pudiera presagiarse, a pesar de que comporta una forma peculiar de escritura que no se inscribe en ningún género literario, pero que se conjunta con rigor geométrico, Joaquín Mortiz no dejó de reeditar indeterminadamente el volumen diseñado por Vicente Rojo. Sin embargo, parecía un hallazgo en las librerías. También ha sido reeditado por Editorial Vuelta, el Fondo de Cultura Económica, Montesinos en España, El Colegio Nacional y, recientemente, otra vez por Joaquín Mortiz, que ya pertenece al Grupo Planeta, para celebrar los 60 años de su primera edición. Paul Valéry sostenía que era más difícil llegar a mil ejemplares vendidos en un siglo que en un año.

A pesar de que los manuales aluden a su relevancia en la historia de la literatura, Farabeuf sigue importando un hallazgo para ciertos lectores de diferentes edades. Su encuentro con él puede parecer azaroso, haber sido propiciado por la curiosidad o por la leyenda ambigua que no ha dejado de incitar el libro y su autor. De manera natural, no pocos de esos lectores frecuentamos obsesivamente sus páginas como para cultivar su recuerdo, releyéndolo para seguir descubriéndolo de un modo personal, íntimo, como un libro cambiante, como el I Ching, que puede confundirse con el juego y puede parecer infinito como el círculo, como lo sugiere la pregunta final que remite a la del principio y es la misma: “¿Recuerdas...?”

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