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22/08/2019
01:51
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Entre nuestros recuerdos hay algunos que no nos pertenecen, que no proceden de nuestro devenir íntimo, que nos parecen ajenos. A veces son invenciones que nuestra imaginación no ha podido hacerlos personales, a veces nos han sido impuestos, a veces son inducidos, a veces proceden del infortunio de haber estado en el momento equivocado en el lugar equivocado. No pocos despropósitos musicales asaltan consuetudinariamente la memoria, con frecuencia en la forma de canciones comerciales, cuyos nombres desconocemos como el de sus autores e intérpretes y cuyo sonsonete preferiríamos olvidar. Ciertos olores no nos evocan nada, pero persisten inquietantemente como un recuerdo perverso, existen libros que no hemos leído, cuyo volumen nunca hemos visto, que se han introducido subrepticiamente en nuestras remembranzas literarias, en ocasiones hemos intervenido en circunstancias decisivas de personas que apenas conocemos, que acaso ni siquiera desdeñamos; sabemos de la vida de no pocos desconocidos que no nos interesan.

Algunos de esos recuerdos, sobre todo en la infancia, pueden derivar en una forma de mitología. Entre los que se imponían a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, no parecen los menos perdurables los pantalones acampanados, las patillas, el símbolo de amor y paz, la psicodelia de los Niños Flor, la visita de Jim Morrison y The Doors a la Zona Rosa del Distrito Federal, el órgano melódico de Juan Torres, Woodstock y el Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, el halterista (entonces se les llamaba “levantadores de pesas” o “pesistas”) Leonid Zhabotinsky portando la bandera soviética en una mano con el brazo extendido en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968 en el estadio de Ciudad Universitaria, Tommie Smith y John Carlos en el podio de premiación con la cabeza gacha y el brazo levantado con un guante negro como protesta del Black Power luego de ganar las medallas de oro y de bronce en la carrera de los 200 metros planos en esa misma Olimpiada, Vera Cáslavská y la Novia de México, Angélica María, Isela Vega y Mauricio Garcés, Nacho Calderón y Enrique Borja, Santo, el Enmascarado de Plata y Blue Demon, Chanoc, Kalimán y el Increíble Profesor Zovek, Rubén Púas Olivares y José Ángel Mantequilla Nápoles, que murió el viernes pasado.

Su muerte me produjo menos tristeza que una nostalgia incitante. Su nombre puede importar una evocación. Recuerdo las circunstancias en las que vi, después de un mediodía de sábado, la pelea entre Mantequilla Nápoles y Carlos Monzón, organizada en una carpa, en París, por otro mito de entonces: Alain Delon, pero he olvidado su devenir. Julio Cortázar, que sostenía que le había sido dado “asistir al nacimiento de la radio y a la muerte del box”, recreó esa pelea como un espectador posible implicado en una trama criminal menor en un cuento: “La noche de Mantequilla”, que no prescinde del rito de la llegada de los espectadores y su asentamiento en un escenario efímero, de las peleas preliminares, los mexicanos con sombrero de charro y las mujeres que se pasean por las gradas con una bandera patria y gritan: “¡Argentina, Argentina!”, la aparición de los púgiles, los gestos, los comentarios, las poses de quienes se consideraban entendidos. Antes de empezar la pelea, un francés aseguraba que a Monzón lo iba a ayudar la diferencia de estatura. “Era como si Mantequilla comprendiera que su única chance estaba en la pegada, boxearlo a Monzón no le serviría como siempre le había servido, su maravillosa velocidad encontraba como un hueco, un torso que viraba y se le iba mientras el campeón llegaba una, dos veces a la cara y el francés de atrás repetía ansioso ya ve, ya ve cómo le ayudan los brazos”.

Aunque había recelado de un público de ocasión: “Estévez”, el personaje del cuento, “se daba cuenta de que casi todos entendían la cosa a fondo, apenas uno que otro festejando idiotamente un golpe aparatoso y sin efectos mientras se perdía lo que de veras estaba sucediendo en ese ring donde Monzón entraba y salía aprovechando una velocidad que a partir de ese momento distanciaba más y más la de Mantequilla cansado, tocado, batiéndose con todo frente al sauce de largos brazos que otra vez se hamacaba en las sogas para volver a entrar arriba y abajo, seco y preciso”.

Hay quienes sostienen que Mantequilla Nápoles, cuyo apodo procedía de su hermano y que le atribuyó un referee errado, era un peleador paciente y contundente que esperó siete años por su oportunidad, que surgió cuando, con un golpe, le ganó el campeonato mundial de peso welter a Curtis Cokes, en tiempos en los que los campeonatos no eran de abecedario, como sentenciaba Ángel Fernández.

Se dice que después de ganar ese Cinturón Mundial, el presidente Díaz Ordaz lo invitó a la casa presidencial de Los Pinos y le dio a escoger como regalo un reloj de oro, un automóvil o dinero en billetes. Mantequilla Nápoles le pidió la nacionalidad mexicana. Sin embargo, uno de mis amigos de la preparatoria afirmaba que un cronista deportivo elogiaba al púgil mexicano cuando iba ganando y denostaba al peleador cubano cuando iba perdiendo.

Su mito no prescinde de una película con El Santo, de una fotonovela justiciera y de historias peculiares como aquella que propagaba que tocaba las tumbas en un grupo tropical en el cabaret Bombay cercano a la Plaza Garibaldi.

Como muchos, Javier García Galiano (Perote, Veracruz, 1963) quiso ser futbolista, director de cine, músico y marinero, terminó estudiando Letras Modernas.

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