Oratorio de Navidad

Javier García-Galiano

“Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino”, escribió María Zambrano hacia 1955 en El hombre y lo divino. “Y, sin embargo, se ha hecho tan habitual esta actitud que, aun para comprender la historia de los tiempos en que había dioses, necesitamos hacernos una cierta violencia”.

Como puede descubrirse, entre otras, en la obra de Homero, los antiguos griegos sabían que los dioses andan entre los hombres, conviven con ellos, influyen en su destino inexorablemente. También Hesíodo, que, según quedó consignado en el siglo II antes de Cristo, en el Certamen poético de Calcis fue contrincante de Homero, advertía en Trabajos y días: “¡Oh reyes! Tened en cuenta también esta justicia; pues de cerca metidos entre los hombres, los Inmortales vigilan a cuantos con torcidos dictámenes se devoran entre sí, sin cuidarse de la venganza divina”.

Cuando se limitó a tolerar, a confinar en un nombre a los dioses idos, considera María Zambrano, lo que hacia 1955 parecía “mente actual” estimaba que las únicas causas reales capaces de producir cambios eran las económicas o específicamente históricas, por lo que cree que debe preguntarse: ¿Qué es lo histórico? “Ha sido Hegel”, recuerda, “quien precisó antes que la pregunta, la respuesta. Pues descubrió la historia como una vicisitud necesaria, inexorable del espíritu”.

Refiere asimismo que la filosofía de Comte “sólo comienza después de esa destrucción de la antigua situación religiosa. Su acción es igualmente emancipadora y por ella la revelación del hombre queda aún más netamente dibujada. Se trata de una nueva religión de lo humano. Y lo humano ha ascendido así a ocupar el puesto de lo divino. Al abolirse lo divino como tal, es decir, como trascendente al hombre, él vino a ocupar su sede vacante”.

No sin ironía, también Chesterton se había detenido en “la religión de Comte, conocida en general como positivismo, o ‘culto a la humanidad’”. Lamentaba que algunos de sus devotos, como el señor Frederic Harrison, ofreciera la filosofía de Comte “pero sin todas las fantásticas proposiciones del francés sobre pontìfices y ceremoniales, sin el nuevo calendario, las nuevas fiestas y los nuevos días santos. Él no cree que debamos vestirnos como sacerdotes de la humanidad, ni tirar cohetes porque es el aniversario de Milton”.

Chesterton sostenía que “los hombres aún van de negro por la muerte de Dios” y, sin poder prescindir del sentido del humor, señalaba que “el señor Swinburne no cuelga su calcetín la víspera del aniversario de Victor Hugo. El señor William Archer no canta villancicos describiendo la infancia de Ibsen a las puertas de las casas medio cubiertas de nieve. En el arco de nuestro año racional y luctuoso queda sólo una fiesta de todas las antiguas celebraciones que otrora cubrían la tierra entera. La Navidad subsiste para recordarnos aquellas edades, paganas o cristianas, en que la poesía era cantada por muchos en lugar de ser meramente escrita por unos pocos. En todo el invierno de nuestros bosques ningún árbol luce más que el abeto”.

¡Feliz Navidad!

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