“En el funesto año de 1929, cuyo mes de octubre vio lo que se diera en llamar el Viernes Negro”, escribió Alexander Kluge, “Sergei Eisenstein se embarcó en el proyecto de filmar EL CAPITAL de Karl Marx. Según sus propias declaraciones, dijo que quería ‘cinematizar’ la obra. James Joyce se iba a encargar de escribir el guión”.
Menos de un siglo después, pero ya en la segunda década del segundo milenio de la Era Cristiana, en 2015, en el pabellón principal de la Bienal de Venecia (All the World Futures) Alexander Kluge presentó lo que los que se creen “modernos” llaman “una instalación de video”, conformada por tres pantallas de cristal, que reproducían algo de los 570 minutos del film que concibió entre 2008 y 2015, que propone una reconstrucción de lo que imaginaba Eisenstein: Nachrichten aus der ideologischen Antike –Marx/Eisenstein/Das Kapital, que también conformaba un libro de un poco más de un centenar de páginas, que, traducido por Hugo López-Castillo como Novedades de la antigüedad ideológica –Marx/Eisenstein/El capital, publicó Brumaria en octubre de 2015 en Madrid.
Entre quienes, en 1962, propugnaron y suscribieron el Oberhausener Manifest, que sentenciaba: “el cine alemán está muerto; creemos en uno nuevo”, se hallaban Peter Schamoni, Edgar Reitz y Alexander Kluge, que había sido asistente de Fritz Lang en Der Tiger von Eschnapur, (El tigre de Eschnapur, 1959) y Das indische Grabmal (La tumba india, 1959), cuando Fritz Lang regresó a Alemania luego de haberse refugiado del nacionalsocialismo en Hollywood. Theodor W. Adorno los había presentado y Kluge no dejaba de admirar la capacidad artesanal de Lang para dirigir “films geniales” bajo circunstancias adversas; “también hubiera podido dirigir films geniales estando ciego”, escribió en 2016, aludiendo a la ceguera que amenazaba a Fritz Lang a su regreso a California.
En los descansos de esas filmaciones, Kluge escribía historias concebidas como películas, que terminaron por conformar su primer libro: Lebensläufe (Historiales de vida), publicado en 1962 por Suhrkamp Verlag, cuyo principio literario, según Kluge, “es un principio fílmico”.
Alexander Kluge no dejaba de crear peculiarmente con compulsión natural; no dejaba de hacer películas (la primera, Abschied von gestern, Adiós de ayer, la realizó en 1966), cortometrajes, programas de televisión, de idear exposiciones, de propiciar debates, de escribir artículos y libros en los que se entrecruzaban el cinematógrafo, la escritura, el dibujo, el grabado, la pintura, la tipografía, noticias curiosas, la fotografía, minucias que recreaban la historia inadvertida. Sin afectaciones, se creó un género personal, que no prescindía de un sentido del humor sutil ni de las pláticas consuetudinariamente circunstanciales que pueden oírse en la escalera, en la calle, en el café en la taberna, que importan un comentario a sus historias. Su agudeza le permitió advertir que “la realidad demuestra tener imaginación”.
Confesaba que entre sus “profesores se cuentan los filósofos de la TEORÍA CRÍTICA de la Escuela de Frankfurt (Theodor W. Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer) que despertaron mi interés por la dialéctica de la Ilustración”. No sólo por eso, W. G. Sebald, no sin ironía, lo consideró “el más ilustrado de los escritores”.
Alexander Kluge murió en München el 25 de marzo a los 94 años. No fue un testigo de esos años que conforman casi un siglo; supo advertir los intersticios de ese presente que, se olvida con frecuencia, importa también un presagio del pasado y del futuro y, no sin ímpetu, lo reveló generosamente hallando una forma de creación.
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