Muerte de un librero

Javier García-Galiano

Enrique Fuentes había trabajado en Iberia, la línea aérea española, pero, sin cursilería, naturalmente su devoción eran los libros

Una fotografía, cuyo cazador de azar se desconoce, preserva todavía el momento en el que Pancho Villa, en diciembre de 1914, quitó un letrero de la antigua calle de Plateros para imponerle el nombre de Madero. Queda, sin embargo, un vestigio de lo que era esa calle en lo que era el centro del Distrito Federal: la tienda de pieles Hermes casi en la esquina con Gante.

En el capítulo final de La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, el mayor Manuel Segura baja del Cadillac que pertenecía al general Aguirre para entrar a la joyería La Esmeralda, “acomodándose el revólver en el cinto”. Compró unos aretes de brillantes que costaban 20 mil pesos que “pagó con un fajo de cuarenta billetes de 500 pesos con una misma rotura —era casi una perforación—, los cuarenta con una misma mancha negruzca, que se extendía casi un centímetro desde la rotura hacia el centro”.

La Esmeralda estaba junto a La Profesa, el templo en el que, se sabe, se han sucedido momentos sucesivos en el devenir de México, pero no era la única joyería de esa calle que por eso se llamaba Plateros.

En esa calle, en 1950, los exiliados republicanos españoles Tomás Espresate y Enrique Naval crearon la Librería Madero donde estaba la botica de Samborns.

Se trataba de una librería pequeña, con aparador sugerente, de libreros hasta el techo, en la que no sólo ocurrían hallazgos librescos, en ella también convergían diversos personajes del centro, escritores de diferentes generaciones, pintores, músicos, meros lectores irredentos.

En los años 80, refiere Juana Zahar Vergara, Ana María Cama se dedicó a preservarla y, desde 1988, Enrique Fuentes Castilla se dedicó a recrearla.

Enrique Fuentes había trabajado en Iberia, la línea aérea española, pero, sin cursilería, naturalmente su devoción eran los libros. Durante años frecuentó lugares improbables, como algún basurero en Tláhuac, a horas inverosímiles, las cuatro o cinco de la mañana, a la caza de ediciones preciosas, curiosidades bibliográficas, rarezas, asombros de imprenta. Era de Saltillo, Coahuila, y mantenía un trato franco y un sentido del humor certeramente directo y contundente que solía rematar con una risa de celebración sin disimulo.

Cultivaba una erudición varia y sorprendente que derivaba en conversaciones gratas y memorables, que no podían prescindir de su interés por la historia, de minucias literarias, de anécdotas desconocidas, de revelaciones políticas, de historias del barrio. Esas conversaciones se suscitaban inexorablemente en un encuentro circunstancial en la calle, en un restaurante, en una cantina y, sobre todo, en su librería, que frecuentaban escritores, historiadores, bibliotecarios, banqueros, lectores no siempre preculiares. Enrique Fuentes adivinaba el libro que uno quería leer, le deparaba el libro que necesitaba.

Cuando la calle Madero dejó de ser “la más elegante de México” para convertirse en un deambulatorio multitudinario de ociosos elementales, la Librería Madero debió mudarse a Isabel la Católica, casi frente al Claustro de Sor Juana. Enrique Fuentes preservó el mostrador que resguardaba prodigios como las primeras ediciones de Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo y los libreros y las mesas.

Un enorme moño negro anuncia el luto por la muerte de Enrique Fuentes en la librería que sigue abierta.

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