La radio puede importar una evocación. Quizá desde su irrupción como un aparato asombroso, que se convirtió en mueble doméstico, que puede atraer magnéticamente a personas que se congregan a su alrededor para oír voces, música, ruidos, en el que también ocurrió la guerra, propició una mitología sentimental que han conformado personajes varios como Agustín Lara y el Samurai de la Canción, Pedro Vargas; José Gabilondo Soler, Cri Cri, y Arturo Ernesto Manrique Elizondo, el Panzón Panseco; por programas como La Hora del Aficionado y La Tremenda Corte; Porfirio Cadena, el Ojo de Vidrio y radionovelas como El Derecho de Nacer y Gutierritos, El Dr. I. Q. y Humberto G. Tamayo, que terminaba su Programa de un Hombre Solo diciendo: “Ahí les dejó mi reputación, para que hagan con ella lo que quieran”.

En el “Preámbulo, palabras al aire” a la Antología caprichosa. Algunos poetas franceses del siglo XX de Octavio Paz, que editado por Fabienne Bradu y Guillermo Sheridan, acaban de publicar Ediciones de La Paz y El Equilibrista, Guillermo Sheridan recuerda que en un párrafo de Posdata, en 1970, Octavio Paz deploraba “la sintaxis bárbara en los radios, las inepcias de los programas de televisión norteamericana doblados en nuestro idioma por gente que ignora tanto el inglés como el castellano, la diaria deshonra de la palabra en altavoces y radios, la cursilería empalagosa de la publicidad”. Sheridan advierte que “después (sobre todo a partir de 1968) pensó que más que abominar de ellos, quizá convendría tratar de entender a los medios de comunicación y que los creadores e intelectuales deberían asumir la responsabilidad de hacerlos más civiles”. Refiere que en 1993, Paz sostuvo que “los medios de comunicación son el equivalente moderno del ágora de la antigua democracia”.

En 1958, Paz había creado, con la colaboración del actor Pierre Comte, el programa Algunos poetas del siglo XX: una antología caprichosa en Radio UNAM, que acababa de mudarse a la calle Adolfo Prieto en la colonia Del Valle, y cuyo director del Servicio Coordinado de Radio Televisión y Grabación de la UNAM era Max Aub. Se trata de un ensayo radiofónico de Paz, quien con curiosidad e intuición no dejaba de explorar formas varias de la poesía en conjunción con el teatro, como en Poesía en Voz Alta, con artes visuales y artes sonoras. Puede oírse y, convertido en libro, leerse como una conversación grata, que incita a conjeturar los hallazgos que Paz hubiera podido realizar de seguir indagando creaciones radiofónicas. Los comentarios de Paz pueden considerarse como apuntes reveladores, ideas en estado puro, que a veces cultivó en algunos ensayos, y las traducciones de los poemas leídos en ese programa a veces se convirtieron en el principio de versiones depuradas, que pueden inducir a advertir algo de su rigor y su método creativo, a lo cual contribuyen el preámbulo, el epílogo, las notas, los comentarios de Fabienne Bradu y Guillermo Sheridan, y los textos que han elegido como complemento de los programas.

Inexorablemente hay también algo de evocación en la edición impresa en un volumen de esos programas de radio, que propicia asimismo encuentros y descubrimientos de un escritor que, a pesar de la popularidad ambigua que le deparó la televisión, con frecuencia parece un desconocido.

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