La sombra del Equilibrista

Javier García-Galiano

Hacia finales de los años 70 y principios de los 80, cuando todavía no había cumplido 20 años, a la menor oportunidad, Diego García Elío hablaba con fervor de un poeta cubano que pocos conocían en México, del que sigue creyendo que merece muchos más lectores, que no pocos se admirarían y agradecerían su lectura; se refería a Eliseo Diego, que el 2 de julio cumpliría 100 años.

Naturalmente, Eliseo Diego se halla entre los poetas que Diego García Elío reunió en Una antología de poesía cubana, que publicó en 1984 Oasis, cuyo editor era Luis Mario Schneider y de la que escribió Álvaro Mutis en la contraportada que se anunciaba para él “con dos méritos espléndidos: el primero, reunir a un grupo de poetas de Cuba a los que considero, como conjunto, el más significativo y rico de este siglo en nuestra América hispana, me refiero a los que se congregaron alrededor de la revista Orígenes allá por los años 50, antecedidos en este libro por Mariano Brull, Eugenio Florit, Emilio Ballagas y Nicolás Guillén, quienes los precedieron en el tiempo y cuya obra nos permite ubicar la del grupo Orígenes con el rigor y la precisión que merece; el segundo merito estriba en que es fruto del entusiasmo y la devoción de Diego García Elío por la poesía cubana y cuando se tienen 20 años, como es su caso, se es dueño de esa mirada certera, de esa destreza del corazón que nos permiten dar en el blanco antes de que la razón empiece a hacer de las suyas y comience a estragar nuestra deslumbrada inocencia. Pasados los años sabremos, ya tarde, que nuestros primeros amores en la vida y en las letras son los únicos en los que pusimos la plenitud de nuestro ser”.

La admiración que no ha dejado de producirle a Diego García Elío la lectura de la escritura de Eliseo Diego se acrecentaba por el trato familiar con ese hombre hospitalario y afectuoso, elegantemente discreto, con una inteligencia lúdica y una voz suave, mesurada, apenas grave acaso por el tabaco, un conversador apacible e inagotable. Fue “en una calurosa tarde de un típico verano cubano”, ha confesado Diego García Elío, “instalados en el patio interior de una vieja casa del Vedado, en medio de una calma sorprendente y a la sombra de un enorme mango del que apenas se movían las hojas, mientras el poeta trabajaba en la penumbra de su estudio y el resto de la familia Diego andaba con sus cotidianos quehaceres”, cuando su hijo Eliseo Alberto le comentó: “Creo que sería maravilloso que se editara algo de papá fuera de Cuba, se le conoce muy poco y eso no me parece justo”.

Conversador fascinante, Eliseo Diego creía que una de las formas perdurables de la conversación puede ser la literatura. La conversación que ocurrió entre Eliseo Alberto y Diego García Elío en una casa del Vedado propició que la conversación que Diego García Elío no ha dejado de mantener con los poemas de Eliseo Diego se convirtiera en un libro publicado en junio de 1986 por el Fondo de Cultura Económica: Entre la dicha y la tiniebla, un muestrario riguroso y acertado de la poesía de Eliseo Diego concebido por Diego García Elío. Importa asimismo una antología personal de un lector que pretende una conversación con otros lectores. No por azar, en la portada de ese libro se reproduce un dibujo de Carlos Pellicer López, otro amigo y lector devoto de Eliseo Diego.

Un mes después apareció un pequeño volumen muy bello, que conjunta el placer de la escritura, el de la lectura y el del papel, la tipografía, la encuadernación; uno de esas ediciones artesanales que quería Eliseo Diego: Veintiseis poemas recientes de Eliseo Diego. Significativamente el colofón anuncia que se imprimió el 2 de julio de 1986, el día en el que Eliseo Diego cumplió 66 años. El pie de imprenta cifra en las letras G D el nombre de sus editores: Gonzalo García Barcha y Diego García Elío.

Ese pequeño volumen, ese objeto preciado por su belleza sencilla, que contiene 26 poemas íntimamente perdurables de Eliseo Diego volvió a imprimirse un mes después con otro pie de imprenta: Ediciones del Equilibrista, nombre que procede de un poema de Muestrario del mundo o Libro de las Maravillas de Boloña, el libro que Eliseo Diego escribió incitado por el muestrario de la imprenta de José Severino Boloña en la calle Villegas 95, en La Habana, en 1819, que Cintio Vitier descubrió entre los libros de la Biblioteca Nacional de Cuba. La imagen del equilibrista de Boloña se convirtió asimismo en el emblema de la editorial fundada por Gonzalo García Barcha y Diego García Elío.

No pocos escritos memorables como Elsinore, de Salvador Elizondo; Una lectura pseudognóstica de la pintura de Balthus, de Juan García Ponce; o De como Robert Schumann fue vencido por los demonios, de Francisco Hernández, adquirieron en las ediciones invaluables del Equilibrista la forma de un talismán. El Equilibrista no ha podido prescindir de escritores del grupo Orígenes y de la edición de la revista que publicaba ese grupo de amigos, entre los que se hallaba Eliseo Diego, al que no han dejado de editar con fervor indeclinable su hija Josefina de Diego y Diego García Elío.

 

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