Escuela natural

Javier García-Galiano

Ser lector de Dostoievski resulta una superstición común, que también persiste entre quienes se consideran “críticos”

Dostoievski acepta la nueva escuela

(llamada también “escuela natural”)

-Augusto Vidal

 

“Uno de los recuerdos que conservo con mayor satisfacción consiste en lo siguiente”, escribió Jorge Ibargüengoitia en “Seducidos, llamados y quemados”, uno de sus artículos periódicos con los que Guillermo Sheridan conformó el libro Autopsias rápidas: “entro en un café en el centro de la ciudad y noto que algo irregular está ocurrriendo. Los parroquianos están de pie, mirando hacia un punto situado a poca distancia del suelo. Al acercarme, descubrí, entre las patas de las sillas, dos figuras que se revuelcan tratando de estrangularse mutuamente, en un pleito en el que intervienen unos anteojos y un tomo de las Obras completas de Dostoievski en edición de Aguilar. Esto era bastante bueno, pero todavía mejor fue cuando reconocí en aquellos rostros colorados y resoplantes, deformados por el odio y la asfixia, los rasgos de dos de nuestros escritores más notables. No sé lo que movió el pleito, ni me importa; pero confieso que verlos allí fue muy divertido. Esto ocurrió hace muchos años”.

No parece que se pueda inferir la identidad de los polémicos en el café a partir del volumen editado por Aguilar, pues ser lector de Dostoievski resulta una superstición común, que también persiste entre quienes se consideran “críticos”. B. M. Engelgardt, recordaba Mijail M. Bajtin, observó que “analizando la crítica literaria rusa sobre las obras de Dostoievski, es fácil notar que, con pocas excepciones, toda ella no supera el nivel espiritual de sus héroes favoritos. No es la crítica la que supera el material que tiene en frente, sino que es el material el que domina totalmente”.

Lector de la Biblia, de Alexandr Pushkin y Nikolai Gógol, Schiller, Balzac, Sue y Dickens, Dostoievski no encubría la fascinación que le producía Gógol, no sólo porque El capote interviene en su primera novela: Pobres gentes.

Lector de Dostoievski, en 1956 Heimito von Doderer publica una novela con un nombre revelador: Los demonios, que en Tangenten (Tangentes) en el que, sin saber “si será un diario”, se cifran los casi 30 años que tardó en escribirla. En Entrada en materia, Juan García Ponce advertía que “Los demonios de von Doderer está construida y desarrollada siguiendo meticulosa y abiertamente el modelo que ofrece Los demonios de Dostoievski. Es, sin ninguna ocultación, una copia parodística en el más alto sentido del término. Von Doderer ha tomado la novela de Dostoievski y reproducido la mayor parte de sus incidentes, trasladándolos a la Viena de 1927. El incendio del Palacio de Justicia corresponde al que tiene lugar en la obra del autor ruso. Como en ella, actúa como elemento catalizador y en él pierden la vida, igual que en la novela de Dostoievski, algunos de los protagonistas principales”.

Lector de von Doderer y Dostoievski, Juan García Ponce, uno de las figuras posibles de la disputa en el café que recordaba Ibargüengoitia, recreó sus reiteradas lecturas de von Doderer en Ante los demonios y puede descubrirse su ejemplo en una novela que converge en la última matanza de Tlatelolco: Crónica de la intervención.

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