El laberinto de un escritor petrolero

Javier García-Galiano

Era riguroso y disciplinado sin renunciar a la generosidad, a la amistad, al sentido del humor, a la cantina, al juego y a los derroteros cotidianos

Cuando aún comenzaba la década de 1980, en los Estudios Churubusco todavía se afanaban técnicos en los foros, varios productores, entre ellos Mario Moreno, Cantinflas, mantenían sus oficinas cerca de la dirección, entre la maleza del back lot, podía descubrirse el zoológico de los hermanos Gurza, que no prescindía de cocodrilos en un pantano, serpientes, un tigre, una pantera, tarántulas, en sus calles transitaban algunos convertibles no siempre en decadencia, en la cafetería, en el restaurante, en el bar podían encontrarse extras en busca de filmación, editores, sonidistas, asistentes apresurados, actores como Ofelia Murguía, Gabriela Roel, Angélica Chaín, actores como Hugo Stiglitz, Pedro Armendáriz Jr., Alejandro Parodi, que daba clases de fotografía en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), directores como Emilio, Indio, Fernández, Alejandro Galindo, Alberto Mariscal, Felipe Cazals, José Luis García Agraz, Raúl Busteros, guionistas como Tomás Pérez Turrent, que además era un crítico certero en EL UNIVERSAL; entre ellos Gerardo de la Torre no era el menos sorprendente.

Se había encargado un tiempo de la televisión del Partido Comunista, había escrito guiones para la historieta Fantomas y había escrito más que oficiosamente para muchos programas de televisión; entre los que, no sin ironía, más recordaba, se hallaba Plaza Sésamo, en el que también colaboraba uno de sus grandes amigos: Juan Manuel Torres. Era riguroso y disciplinado sin renunciar a la generosidad, a la amistad, al sentido del humor, a la cantina, al juego y a los derroteros cotidianos. Paradójicamente, uno de los guiones que escribió como una obsesión íntima, con una fascinación cultivada con fervor paciente para que lo dirigiera Felipe Cazals, con quien lo concibió, nunca se ha filmado, a pesar de haber merecido el premio Coral a guión inédito en el Festival Cinematográfico de La Habana: Los niños de Morelia, en el que convergen historias del exilio de españoles republicanos en México. Guiones que había escrito para Tony Tijuana, la serie que dirigió José Luis García Agraz para Televisa, se convirtieron en algunos cuentos policiales en el libro La Casa del Mono y otros crímenes.

Era de la ciudad de Oaxaca, había sido obrero en la refinería de PEMEX en Azcapotzalco, pitcher en la Liga Petrolera, había conformado el taller de Juan José Arreola, frecuentaba la librería de Polo Duarte, en la Avenida Hidalgo del Distrito Federal, donde, entre otros, los sábados, se reunían Simón Otaola, Francisco Zendejas, Carlos Monsiváis, Juan Rejano, Pepe de la Colina, Juan Bañuelos, José Agustín. Algo de su derrotero puede rastrearse en sus libros, no sólo en Ensayo general, Muertes de Aurora, Los muchachos locos de aquel verano, Hijos del Águila, que sin intenciones de la épica artificiosa del Realismo Socialista, con familiaridad, con sentido del humor, revelan el desencanto y la fidelidad a luchas obreras, estudiantiles, sociales, sino que también sus cuentos, que no prescinden del beisbol, de Oaxaca, de su errancia amorosa, preservan una conversación hospitalaria.

Fue un gran amigo, de los mejores que se pueden tener. Lo velamos la noche del sábado 8 y la mañana del domingo 9 en la cripta marcada con el número tres de la Funeraria García López, en Coyoacán, en la que hace 15 años velamos a otro gran amigo: el cineasta y dibujante Constante Rapi Diego.

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