Creaciones de un lector

Javier García-Galiano

No se trata de un artificio o de una impostura, sino formas de escritura que Calasso no deja de hallar

Cervantes sabía que el lector puede ser el personaje esencial de la literatura, que un lector fascinado por los libros podría querer emular lo que leía y convertirse en personaje de un libro y adentro de ese libro leer su devenir como personaje, al que se alude asimismo en otro libro.

El lector desconoce su inexorable destino, que con frecuencia se manifiesta inadvertidamente al principio en un libro de estampas, en un manual de mitología, en una historia de dinosaurios. Esos libros conducen a veces a otros libros, que no prescinden de los nombres de Rudyard Kipling, Robert Louis Stevenson, Verne, Salgari, que inducen a la lectura de otros libros, que pueden convertir la lectura en un vicio placentero.

Entre las derivaciones que suele deparar ese destino no resultan las menos comunes la del librero, la del editor, la de la escritura.

Roberto Calasso, que cumplió 80 años el último domingo de mayo, ha ensayado de manera natural algunas de las formas de esas derivaciones. Desde hace decenas es editor de Adelphi, una editorial cuyos libros “estaban marcados por cierta inconexión. En la misma colección, la Biblioteca, aparecían sin solución de continuidad una novela fantástica, un tratado japonés sobre el arte del teatro, un libro popular de etiología, un texto religioso tibetano, el relato de una experiencia en la cárcel durante la Segunda Guerra Mundial”. En algunas librerías cuyos anaqueles están divididos por materias, encontró —junto a los epígrafes Cocina, Economía, Historia, etc.— otra etiqueta, impresa en el mismo tipo de letra, que decía: Adelphi.

“¿Qué es una editorial sino una larga serpiente de páginas?” escribió en La impronta del editor. “Cada segmento de esa serpiente es un libro. ¿Y si consideramos esa serie de segmentos un único libro? Un libro que comprende en sus múltiples géneros, estilos, épocas, pero en el que se avanza con naturalidad, esperando siempre un nuevo capítulo, que cada vez es de un autor distinto”.

La edición de un libro ha inducido a la invención de géneros como la “epístola dedicatoria”, que todavía desconcierta los impresos de muchos clásicos, el prólogo, el epílogo, la solapa. Calasso sostiene que la edición importa un género literario y no ha rehuído esas formas de escritura que ha hallado el comercio del libro: ha escrito solapas, prólogos, epílogos que terminaron convirtiéndose en un libro personal: Los cuarenta y nueve escalones.

Esas lecturas, los asaltos inexorables de esas lecturas, Calasso los ha transformado en recreaciones como en Las bodas de Cadmo y Harmonía y van deparándole al escritor y al lector un género personal que no deja de transformarse en cada libro. No se trata de un artificio o de una impostura, sino formas de escritura que Calasso no deja de hallar para conformar lo que incesantemente incitan lecturas, observaciones, remembranzas, conversaciones, el azar, el ocio, ciertas ideas a veces actuales. Es asimismo la manera que ha ido encontrando para representar los pensamientos que ocurren con libertad, como suelen ocurrir y transformarse los pensamientos, sin convenciones.

En México, dos de sus lectores fieles, José Manuel de Rivas y Luis Alberto Ayala Blanco, han sido editores peculiarmente admirables. 

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