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Caracol de luz

Javier García-Galiano

Como lo escribió en la primera página de su libro autobiográfico, Cuando acabe la guerra, el nacimiento de mi tío Enrique de Rivas en Madrid “se adelanta por un mes menos un día al de la República Española...”

En Los espejos, el libro que publicó en 1988 en la señera Serie del Volador de la editorial Joaquín Mortiz, Inés Arredondo inscribió un epígrafe de su amigo Enrique de Rivas:

Esta sombra que me invade

de su espejo viene al mío.

Yo que sé lo que ella sabe

sé que en mi espejo no cabe

y he llenado su vacío.

Entrándome yo en su espejo

y ella entrándome en el mío,

soy sombra de su reflujo

y ella es el cuerpo mío.

Como lo escribió en la primera página de su libro autobiográfico, Cuando acabe la guerra, el nacimiento de mi tío Enrique de Rivas en Madrid “se adelanta por un mes menos un día al de la República Española, elegida y proclamada en plena primavera”. Evocaba asimismo que había nacido “a casi dos mil años de distancia, el mismo día en que moría asesinado en Roma Julio César”.

Fue en México donde él y su familia halló más que refugio, como, se sabe, muchos republicanos españoles y donde, en 1944, en el Instituto Luis Vives, las clases de don Francisco Giner y de Juana Ontañón lo incitan a escribir poesía.

En esa escuela se le acercó “un señor con gafas, con andar que tenía algo de balanceo, como para sostener una sonrisa de dulce timidez: ‘Me han dicho que eres poeta’. Yo ya le había notado entre los alumnos mayores que yo y me habían dicho quién era, pero la cortedad de mis doce o trece años me había impedido acercarme a él. Un amigo me había dicho su nombre: Emilio Prados. ‘Escribe —me dijo— unos versos muy extraños’”.

Casi en secreto empezó a enseñarle sus poemas. Su amistad fue perdurable a pesar del tiempo y la distancia. Sin embargo, creía que el único consejo “directo” que le dio, le sugería que “procurara contenerme, aguantarme, no escribir inmediatamente cuando me venía la ‘inspiración’, sino hacerlo solamente cuando me sintiera a punto de ‘reventar’”.

Algo de la trashumancia de Enrique de Rivas parece haber marcado la edición de sus libros. La de sus Primeros poemas, Publicaciones de la revista Hoja, se pergeñó en 1949 en el departamento de su familia en la colonia San Rafael de lo que era el Distrito Federal, la Universidad de Zulia, en Maracaibo, Venezuela, publicó en 1966 En la herencia del día y en 1969 su libro de ensayos Figuras y estrellas de las cosas; en 1980, la UNAM imprimió Tiempo ilícito en los Cuadernos de Poesía que dirigía Huberto Batis. En Valencia, Manuel Borrás editó en Pre-Textos Como quien lava con luz las cosas, El espejo y su sombra, Cuando acabe la guerra y Fastos romanos, en Roma, el Instituto Cervantes editó en 2009 Epifanías romanas. En 2013, la UAM, el Ateneo Español de México y el Ministerio de Empleo y Sanidad Social de España publicaron la compilación de su poesía: En el umbral del tiempo.

Enrique de Rivas consideraba que “tres estilos pugnan en mí”. No dejó de recurrir a las formas tradicionales ni a las populares, pero también halló “una sintaxis rota pero conexa, que ha aflorado en imágenes y percepciones”. Confesaba que “quisiera romper el idioma, hacerle sonar los huesos y al mismo tiempo hacer brillar todas sus luces escondidas. El poema tridimensional con que yo soñaba hace años, el poema incisivo y redentor de la materia donde nace”.

Murió la tarde del primer domingo del año en el Valle del Anáhuac.

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