Bienaventurados los que no saben leer ni

escribir, porque serán llamados analfabetos

José Bergamín

Hacia el mes de septiembre de 1947, recordaba José Bergamín, en la Universidad de Caracas, en la que impartía cursos de literatura española, lo “obligaron a examinar a unos alumnos a los que daba clase, porque de otra manera no podrían obtener el título. Empecé por examinar a una preciosa monja de dieciocho años. Le pregunté por el título de cualquier obra de Santa Teresa, de la que ella quisiera. Me respondió que no conocía ninguna y yo le di veinte puntos, la nota máxima. Firmé las actas y mi dimisión irrevocable.”

En “La decadencia del analfabetismo”, Bergamín sostenía que “el uso y abuso de la razón es, en definitiva, la utilización racional, la razón práctica; porque no es que el niño no tenga razón antes de usarla, antes de saber para lo que va a servirle, para lo que va la va a utilizar prácticamente —no se puede utilizar lo que no se tiene— es que tiene una razón intacta, espiritualmente inmaculada, una razón pura: esto es, una razón analfabeta. Y esta es su bienaventuranza. No es que no pueda conocer el mundo; sino que lo conoce puramente: de un modo espiritual exclusivo, no literal o letrado o literalizado todavía. La razón del niño es una razón puramente espiritual: poética. El niño piensa solamente en imágenes como, según Goethe, hace la poesía: y piensa imaginativamente, sin duda, aun antes de vocalizar su pensamiento”.

También advertía que “el pensamiento es todavía en el niño, mientras es niño, un estado de juego. Y el estado de juego es, siempre, en el niño, un estado de gracia”, y parecía celebrar que “pensar es para el niño, jugar, poner en juego, graciosamente, las imágenes de su pensamiento: las cosas; poner, que es lo que hacen los niños, todas las cosas en juego”. Adivino que, no sin algo semejante a la felicidad elemental, revelaba que “la razón pone todas las cosas en juego de palabras. Las palabras son cosa de juego. Las letras no lo son”.

José Bergamín sabía que “el orden alfabético es un orden falso. El orden alfabético es el mayor desorden espiritual: el de los diccionarios o vocabularios literales, más o menos enciclopédicos, a que la cultura literal trata de reducir el universo”, e incitaba a reconocer en nuestra propia vida “el proceso de la decadencia del analfabetismo como en la vida de los pueblos más cultos. ¡Pobres de nosotros o de ellos, si aceptamos supersticiosamente como ineludible el monopolio literal, o letrado, o literario de la cultura!”

Después de las dos y media de la tarde del domingo 28 de agosto de 1983, José Bergamín “dio su espíritu” en San Sebastián, en Euskadi, refiere Penalva Candela, como lo había pedido en un poema:

Señor, yo quiero morirme

como se muere cualquiera:

cualquiera que no sea un héroe,

ni un suicida ni un poeta

que quiera darle a la muerte

más razón de la que tenga.

Quiero morirme, Señor,

igual que si durmiera.

Sospecho que no dejaría de lamentar la decadencia del analfabetismo ante el racionalismo brutal y totalitario, cada vez más mecánico, que prescinde de la palabra para, por medio del algoritmo, impostar imágenes y deseos.

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