El cierre de 2025 y el inicio de 2026 produjeron una sucesión de fotogramas de distintas películas bajo un solo argumento: la estridencia como motor del tiempo político. Los hechos compiten por ser nombrados, clasificados y convertidos en relato antes de ser comprendidos.
Un tren descarrilado. Un sismo interrumpió la conferencia matutina de la presidenta Sheinbaum. Una invasión estadounidense en Venezuela con el objetivo de capturar a un actor político. Todo en menos de una semana. Acontecimientos cuya velocidad y superposición rebasaron, por un lado, la capacidad humana de interpretación y, por otro, la del propio algoritmo encargado de ordenarlos.
Las respuestas fueron previsibles. El oficialismo apeló a etiquetas ya probadas: transformación, honestidad, soberanía. La oposición reaccionó en espejo: desastre, corrupción, dictadura. No se trató de explicar los hechos, sino de imponer el marco semántico bajo el cual debían ser leídos.
En un contexto donde crece la pretensión de someter la realidad al escrutinio algorítmico de la inteligencia artificial, la res política entra de lleno en una etapa global de clasificación total. Investigadoras como Cathy O’Neil y Kate Crawford advierten acerca de los riesgos de esta lógica, que tiende a convertir toda actividad humana en un objeto clasificable, medible y predecible. A esta pulsión por disecar la complejidad del mundo en categorías rígidas podría llamársele hipertaxidermia: la obsesión por fijar lo vivo antes de comprenderlo.
Surge entonces una pregunta incómoda para el orden algorítmico: ¿cómo clasificar a quien rechaza una invasión estadounidense y, al mismo tiempo, considera inverosímil que un candidato autodeclarado ganador, respaldado por la institucionalidad, sea incapaz de presentar una sola acta electoral? ¿Tiene el algoritmo la elasticidad suficiente para procesar, en una misma lectura, el imperialismo en esteroides impulsado por Trump y la revolución sin revolucionarios, ya vaciada de contenido, del régimen venezolano?
El problema no es menor. En el frenesí por la respuesta inmediata, los nuevos pensadores globales con forma de microprocesador acumulan datos que devuelven como información supuestamente neutral, pero que en los hechos moldean la desigualdad y normalizan lo salvaje, dos constantes históricas de la vida social. La automatización del juicio no elimina el poder, sino que lo redistribuye opaco.
Transitar la realidad desde el tercer entorno adelgaza la imaginación política y refuerza prácticas de segregación. Conforme avanzan los años de la posverdad, se profundiza la contradicción entre los seres humanos y las herramientas de mediación cognitiva diseñadas para reproducir el modelo de capitalismo por acumulación y despojo. Estas últimas se consolidan como una nueva hegemonía de clase.
La segregación, hasta hace poco una condición exclusivamente humana, entra así en una fase inédita: origen biológico versus origen sintético. La clasificación de usuarios como “de riesgo” o “potenciales”, amparada en una supuesta objetividad matemática, abre la puerta a prácticas como las comunidades “solo para humanos”, donde se prohíbe el uso de inteligencia artificial como gesto defensivo ante la automatización del criterio.
Debatir con la IA es una entelequia. La disputa real para quienes resisten desde lo “solo para humanos” no vendrá de negar la cuantificación, sino de aprender a incorporarla críticamente, combinándola con interpretación, contexto y sentido. Pensar de manera híbrida para articular la comunicación desde lo simbólico, lo moral y lo narrativo. Desafiar, de forma permanente la evolución de esta nueva taxidermia.
México y Estados Unidos ofrecen ejemplos inagotables de esta dinámica algorítmica: Trump y López Obrador. Ambos construyeron liderazgo desde los símbolos, el bienestar moral que provee la pertenencia y la consistencia del discurso antisistema como vía para no ceder la justicia. No abandonaron la idea de ser elegidos por dios, la transformaron para convertirse en intérpretes del agravio colectivo, pues juegan para y con los suyos, prometiendo sanar la herida mediante la venganza simbólica contra el sistema. Son justos, son buenos y son “uno de los nuestros”.
Si la marquesina exigiera una sola palabra para nombrar la puesta en escena de las dos semanas transcurridas de 2026, rezaría: estridencia. Ruido etiquetado como atajo cognitivo que gobierna la atención y domestica la complejidad.
La pregunta de fondo no es si surgirán nuevas etiquetas, sino quién las producirá, con qué datos y para qué fines. En un mundo que confunde clasificación con comprensión, resistir no implica rechazar la tecnología, sino disputar el sentido. Cuando las etiquetas sustituyen al juicio, la política deja de ser deliberación y se convierte en reflejo condicionado.
Consultor en El Instituto

