¿De quién son las fiestas patrias?

Ivonne Ortega Pacheco

Para las mexicanas y los mexicanos, septiembre llega siempre con los colores patrios y el sentimiento nacional a flor de piel, organizamos y celebramos el aniversario del inicio de la Independencia en familia, con amigos, comemos platillos tradicionales y se festeja con todo el ánimo una fecha enraizada en el alma mexicana.

Una gran cantidad de personas están atentas a las ceremonias oficiales porque el Grito tiene una carga de simbolismo, de mexicanidad, que convoca y entusiasma por igual. Incluso la pandemia, con todos sus efectos y afectaciones, con el dolor que ha traído, no logra quitar de nuestras mentes este sentido de identidad.

Y es que hasta en los momentos más dolorosos, de mayor incertidumbre, en México hallamos momento para el buen ánimo, para la fiesta, para la risa. Quizá a eso se refería mi paisano Ricardo López Méndez en su inmortal “Credo”:

México, creo en ti
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.

Festejamos a la Patria, festejamos ser mexicanas y mexicanos, celebramos estar y por los que no están; con restricciones y cuidados sanitarios, septiembre no pasa desapercibido en nuestro calendario.

Por eso cada gobernante desde que se festeja el mes patrio, en particular la ceremonia del Grito, le ha puesto su personal sello, especialmente a la hora de decir los “vivas”, pasando de los héroes y heroínas de la independencia a las coyunturas políticas y sociales.

Pero hacer de las fiestas patrias una exaltación personalísima, pretender que un gobernante está a la altura de quienes nos dieron patria y libertad, elevar al pedestal de la historia nacional al mandatario en turno, es un desatino total.

Puede ser que por una necesidad de quedar bien con quienes les han dado el espacio, el cargo incluso, una serie de figuras políticas coincidieron en usar el Grito como escaparate para loar al presidente Andrés Manuel López Obrador, a la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, a algunos gobernadores.

Pero se trata de un desfiguro que no ayuda ni si quiera a quienes quieren ensalzar. Al contrario, los coloca en la condición del culto a la personalidad que acostumbraron tantos gobernantes de la llamada Presidencia Imperial mexicana. Esos tiempos han quedado atrás. Deben quedar atrás.

Peor aún es la circunstancia inédita de utilizar la tribuna presidencial del desfile conmemorativo del 16 de septiembre para impulsar una agenda política-ideológica específica.

No entraré a la discusión acerca de la cuestionada invitación al presidente de Cuba, Miguel Díaz Canel, para ser figura de honor en la celebración justo cuando el Parlamento Europeo ha condenado al gobierno antillano por la represión violenta a su población, luego de que miles de cubanos protestaran por la falta de libertades.

Lo que no puedo dejar de observar es que tomar las fiestas patrias mexicanas como plataforma para impulsar posturas de grupo, sin el mínimo consenso, impacta a una fecha consagrada en el respeto popular.

Las fiestas patrias no son propiedad de un grupo, facción o sector político. Pertenecen a mexicanas y mexicanos por igual. Por eso congregan, enorgullecen e inspiran.

Hay que tener cuidado con contaminar con política facciosa una fecha y una celebración que son más que una efeméride: son el símbolo mismo de la Nación. Y la Nación somos todas, todos. No solo unos cuantos. 

 

Coordinadora Nacional para el Empoderamiento Ciudadano, MC.
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