Las palabras construyen nuestra realidad. Expresiones y frases configuran nuestra visión del mundo. Develan prioridades, marcan enemigos y aliados, justifican decisiones e incluso legitiman decisiones y gestión. La narrativa no es sólo comunicación, representa el corazón de la política.

Los diferentes relatos están presentes aún en un mismo grupo de poder. Son uno de los sellos de unicidad más poderosos. Así, existen diferencias sustanciales entre la comunicación de Andrés Manuel López Obrador y la de Claudia Sheinbaum.

Ambas figuras comparten un proyecto histórico, pero al unísono trazan mundos distintos con sus palabras, ritmos, silencios y modos de nombrar. La arquitectura narrativa, el estilo de liderazgo y la forma de generar legitimidad difieren sustancialmente entre ambos.

Las divergencias más relevantes entre ellos son el estilo narrativo y forma de ejercer el poder. AMLO optó por una narrativa épica, confrontativa y moralizante. Su discurso se construyó desde la épica del “pueblo contra la élite”, polarizó y usó constantemente categorías morales como “conservadores” y “neoliberales”.

Su estilo fue descrito como confrontativo, con énfasis en la denuncia y la interpelación directa. Con AMLO, la palabra se volvió una herramienta de combate. Nombró adversarios, delimitó bandos y dramatizó la historia.

Sheinbaum, en cambio, emplea una narrativa técnica, pedagógica y menos polarizante. Su discurso privilegia datos, explicaciones y un tono más institucional.

Ella misma afirma que “no son la misma persona” y que su forma de gobernar es distinta: se involucra más en el análisis técnico y tiene “obsesión por los números”. Su narrativa busca consenso y estabilidad, no confrontación.

Su palabra tiende a generar claridad: explica, desglosa, contextualiza.

Las palabras conforman la construcción de legitimidad y tanto AMLO como Sheinbaum eligieron enfoques diferentes.

AMLO se legitimó desde el liderazgo personal. Su figura fue el eje simbólico del movimiento. La narrativa giraba en torno a su autoridad moral y su historia de lucha. En este caso, la mañanera funcionó como ritual de poder y control del relato.

Sheinbaum, en cambio, legitima desde la institucionalidad y la técnica. Su mandato se sostiene en la continuidad del proyecto, pero también en su perfil científico y su condición histórica como primera presidenta.

Su narrativa enfatiza la estabilidad económica, la igualdad de género y la transición energética como ejes de confianza pública. No depende del carisma personal sino de la solvencia técnica.

En cuanto a la relación con la oposición y el conflicto, AMLO construyó antagonistas claros: medios, élites económicas, organismos autónomos, Poder Judicial. El conflicto era parte de su método político.

Sheinbaum, en cambio, evita choques innecesarios y busca un tono más moderado. Y aunque mantiene reformas profundas, su estilo es menos beligerante.

En cuanto a la posverdad, con AMLO se privilegió un descarado: “tengo otros datos”. Con Sheinbaum ya no hay insultos directos, no hay confrontación diaria, no hay un líder que dramatiza la historia en primera persona.

Pero la posverdad no se abandona. Aunque el énfasis emocional se diluye, hoy la técnica llena vacíos.

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