La salida de Telefónica de México cierra un ciclo de un cuarto de siglo. Entró al país en el 2000 al adquirir cuatro operadores regionales de Motorola por unos mil 800 millones de dólares y consolidó su presencia nacional en 2002 con la compra de Pegaso por mil 360 millones más. Fue una apuesta cara. Hoy Movistar deja México con cerca de 20 millones de líneas, alrededor de 14% del mercado en usuarios, pero apenas cerca de 7% de los ingresos del sector. Esa brecha retrata el problema estructural que arrastró y explica por qué Telefónica terminó convertida en una empresa “morrallera”, como la bauticé hace años, con mucho volumen, pero muy bajo ingreso por usuario (ARPU).

En 2019 comenzó su repliegue, devolvió espectro, dejó de expandir red propia y migró más de 90% del tráfico de sus usuarios a la infraestructura de AT&T. Desde entonces dejó de ser, en los hechos, un operador con red propia para depender de capacidad arrendada.

La salida de una empresa en un mercado tan intensivo en capital como telecomunicaciones nunca es buena noticia. Es cierto que Telefónica decidió replegarse de Hispanoamérica y concentrarse en sus mercados estratégicos —España, Alemania, Reino Unido y Brasil—, pero México no cayó sólo por esa decisión corporativa.

Telefónica compró caro, ejecutó sin consistencia y nunca construyó una estrategia sostenida. En 25 años tuvo cinco directores generales, todos extranjeros o sin arraigo real en el mercado mexicano. Cada relevo cambiaba prioridades; nunca hubo una visión clara de largo plazo. Invirtió mucho, pero sin brújula estable.

Del otro lado, tampoco puede ignorarse la responsabilidad del Estado mexicano. México ha tenido uno de los espectros radioeléctricos más caros del mundo. Hubo años en que a Telefónica el espectro le costó hasta 15% de sus ingresos brutos: una locura. A ello se sumaron problemas como el litigio con el SAT por pérdidas fiscales no reconocidas, que recientemente ganó la empresa en tribunales. Y qué decir del tema regulatorio. Telefónica se quejó reiteradamente de que el IFT nunca aplicó con firmeza medidas asimétricas cruciales frente al preponderante: replicabilidad, equidad de insumos, supervisión y sanciones oportunas, topes de espectro, entre otras.

Quien la adquiere es la empresa OXIO, junto con Newfoundland Capital Management, por 450 millones de dólares. La operación incluye clientes, contratos, puntos de venta, activos asociados y fibra oscura. OXIO, que ya opera en México habilitando servicios móviles para terceros como Rappi, Mercado Pago y Coppel, no es una empresa que vaya a invertir en red ni en espectro, seguirá siendo un jugador virtual.

Pero la verdadera noticia no es quién compra, sino quién NO compró. Lo natural era que AT&T adquiriera Telefónica; las sinergias eran evidentes. No ocurrió y eso manda una señal preocupante, pues es claro que AT&T tampoco tiene interés en aumentar su apuesta en México.

Con la salida definitiva de un operador que, pese a sus errores, invirtió en infraestructura propia y compitió al preponderante, México pierde a un otrora jugador de red y lo reemplaza por un actor virtual que, aunque aportará dinamismo comercial, no construirá nueva capacidad ni infraestructura. Eso reduce presión competitiva, debilita la posibilidad de una rivalidad más equilibrada y representa, en los hechos, un retroceso en el ya de por sí complejo camino hacia una competencia sana. Pero la bandera roja de todo esto es la falta de interés de AT&T en expandirse en México; la señal es profundamente desalentadora y merece una revisión profunda del gobierno.

Abogada, presidenta de Observatel y comentarista de Radio Educación

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