Aunque la atención pública está concentrada en la revisión del T-MEC, el cierre del Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea merece una lectura mucho más cuidadosa, no sólo porque pone fin a una negociación iniciada formalmente en 2016, sino porque seguramente tendrá implicaciones importantes tanto para la negociación con Estados Unidos como para el posicionamiento internacional de México.
Así, el próximo 22 de mayo México será sede de la VIII Cumbre UE-México, la primera en once años. Participará la presidenta Claudia Sheinbaum, obviamente, así como António Costa, y Ursula von der Leyen, presidentes del Consejo y de la Comisión europeos, respectivamente. El objetivo será formalizar el acuerdo modernizado y relanzar la relación entre ambas regiones en comercio, inversión, digitalización, telecomunicaciones, energía, cadenas de suministro y cooperación tecnológica, entre otros temas.
El acuerdo representa, por sí mismo, un hito político y económico. La modernización comenzó en 2016 para actualizar un tratado que databa del año 2000 y que había quedado rezagado frente a temas hoy centrales como el comercio digital, sostenibilidad, servicios, propiedad intelectual, y nuevas cadenas globales de producción. Las negociaciones atravesaron cambios de gobierno, atorones políticos, la pandemia y desacuerdos técnicos y regulatorios antes de alcanzar un cierre definitivo en 2025.

En términos comerciales, la diferencia entre el peso de Estados Unidos y el de la UE sigue siendo enorme. En 2025, el comercio entre México y EU alcanzó 872 mil 834 millones de dólares, y 61% correspondió a exportaciones mexicanas. Con la UE, sin embargo, el intercambio fue diez veces menor, de 86 mil 800 millones de dólares y con una balanza inversa a la de EU en la que México exportó alrededor del 39%.
Pero el Acuerdo tiene una relevancia que va más allá de las cifras actuales. En plena discusión sobre el futuro del T-MEC, México envía una señal de diversificación económica y política en la que está intentando convertirse en un “país bisagra” entre Europa y Norteamérica y eso fortalece su posición negociadora.
Sin embargo, esa misma circunstancia puede generar tensiones. La firma del Acuerdo durante la revisión del T-MEC también podría endurecer ciertas posiciones estadounidenses, particularmente en temas como reglas de origen, contenido regional, inversión extranjera y cadenas de suministro vinculadas con China. Mientras más estratégico se vuelve México para otros actores, mayor puede ser el nivel de presión por parte de Trump. Para Europa, el Acuerdo también revela cierta ansiedad; depender excesivamente de China, energía rusa o cadenas asiáticas ha tenido costos enormes.
Hay además un elemento geopolítico relevante. Durante décadas, la integración económica mexicana estuvo prácticamente concentrada en Norteamérica; el acercamiento con Europa refleja un intento por ampliar márgenes de maniobra en un contexto internacional marcado por tensiones comerciales, fragmentación industrial y competencia tecnológica.
Vale la pena revisar los textos publicados por la propia UE, aunque todavía no conocemos las versiones finales consolidadas. El anexo de telecomunicaciones, por ejemplo, sigue haciendo referencia al extinto IFT, y hace apenas tres semanas se incorporó el Anexo 47 sobre equidad de género, por lo que aún habrá ajustes.
Más allá de su contenido técnico, que desde luego es importante, el acuerdo refleja la estrategia de México de llegar a la renegociación del T-MEC con mayores márgenes de maniobra y con una diversificación más visible que en el pasado.
Abogada, presidenta de Observatel y comentarista de Radio Educación
X y Threads: @soyirenelevy
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