Claudia Patricia Pardo Hernández

De las muchas enfermedades que ha padecido la humanidad, la viruela es, tal vez, una de las que más miedo causó y víctimas cobró a través de los siglos. Desde épocas muy remotas se sabe de su existencia, ya que entre los primeros vestigios se tiene a la momia de Ramsés V, muerto en 1158 a.C., presumiblemente por viruela, dadas las marcas que perduraron en su rostro. Cuando en un pueblo o ciudad aparecía un brote, el pavor se apoderaba de la población, pues era una enfermedad que podía contagiar a cualquiera, pobre o rico, noble o campesino, pero que en especial le daba a los niños, sus principales víctimas.

La viruela era una infección que, una vez adquirida, se manifestaba después de diez o catorce días. Iniciaba con un malestar corporal al que se sumaba fiebre, posteriormente aparecía un salpullido generalizado que se convertía en pústulas llenas de un líquido seroso que al secarse, si se sobrevivía, dejaba marcas de por vida, principalmente en la cara. Cuando las pústulas invadían los ojos provocaba ceguera. Era muy contagiosa, siendo el contacto directo, la saliva, la descamación de los granos o la manipulación de la ropa y sábanas del enfermo los medios más frecuentes de adquirirla.

Con el tiempo se observó que quienes sobrevivían no volvían a padecer la tan temida enfermedad. Así que, tanto en la India como en China se realizó la variolización, que consistía en moler hasta convertir en un fino polvo las descamaduras secas de los granos de los enfermos e introducirlo por la nariz a los niños sanos; o bien los vestían con las ropas de los infectados con el fin de enfermarlos de forma benigna. De esta forma el principio de inmunización se practicaba de forma totalmente empírica. En tanto que en el imperio turco-otomano se realizaba la inoculación mediante la extracción de un poco de linfa de la pústula de un enfermo, al inicio del padecimiento, que se colocaba en una pequeña raspadura provocada en una persona sana, la cual enfermaba ligeramente, con lo que no volvía a padecer el mal. Ambos métodos practicados, pero no siempre seguros.

Con la llegada de los europeos al Nuevo Mundo el intercambio de personas, animales, mercancías y otras muchas cosas fue un hecho, entre ese trueque también estuvieron las enfermedades, primero en las islas del Caribe y después en tierra firme. Es un hecho que en la caída de la Gran Tenochtitlán la viruela fue un factor que favoreció a los conquistadores. Los indígenas llamaron a la viruela hueyzahuatl, que significaba lepra grande, la de granos mayores, para diferenciarla de otras enfermedades eruptivas como el sarampión o la varicela. Entre otros padecimientos que llegaron estuvieron las paperas, la difteria y la tos ferina, todos desconocidas en Mesoamérica, así como en el resto del continente, y que contribuyeron significativamente al derrumbe demográfico del siglo XVI.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII se padecieron trece brotes epidémicos de viruela, siendo los más recordados y documentados los de 1761-1762, 1779 y 1797. La viruela de 1761-1762 se vio acompañada por otro terrible mal, el matlazahuatl, que en 1737 había llevado a la tumba a millares de habitantes. Hoy se sabe que el matlazahuatl era el tifo. Viruela y tifo pusieron en jaque a la ciudad de México y a otras urbes que como Puebla de los Ángeles también vio rebasada su capacidad para auxiliar a los contagiados.

En agosto de 1779, nuevamente regresaron las viruelas a una gran cantidad de ciudades y pueblos, primero con casos aislados que no preocuparon, pero para el mes de septiembre aumentaron en número y gravedad. Las víctimas eran tantas que no alcanzaban las instituciones de asistencia ni los cementerios. No se sabe la cantidad de muertos que hubo en la capital, pero sí que al menos fueron 8,800 en poco menos de noventa días. Pese a que el médico Esteban Morell intentó establecer un centro de inoculación en San Hipólito la gente no acudió; el temor, el rechazo y las habladurías de otros médicos hicieron zozobrar la iniciativa.

Casi 18 años después, en 1797, una vez más la viruela extendió su manto de muerte por gran parte del territorio. Desde 1795 inició el contagio en la zona de Guatemala y de ahí comenzó su viaje hasta llegar al centro y norte de Nueva España. En la ciudad de México los primeros infectados comenzaron a mediados de septiembre, en octubre se incrementaron, y en noviembre llegaron a 4,855 (tan solo del 8 al 14 de este último mes), según los reportes del Protomedicato. A pesar de no tener cuentas confiables de la cantidad de muertes ocurridas en la capital, se ha especulado que fueron menos que en 1779, ya que se practicó la inoculación con más aceptación que cuando lo intentó Morell.

Fue hasta 1804 que arribó Francisco Xavier Balmis con la expedición de la vacuna en contra de la viruela. A partir de entonces se comenzó a vacunar principalmente a los niños, con lo cual el mal comenzó a ser controlado, aunque desapareció hasta el siglo XX.

Doctora en Historia por la Universidad del País Vasco. Profesora investigadora del Instituto Mora.

Google News

TEMAS RELACIONADOS