Héctor L. Zarauz López
El pasado 4 de enero el mundo se enteró, impávido, de las acciones bélicas por parte de los Estados Unidos a la República Bolivariana de Venezuela. Éstas consistieron en el ataque armado de varias regiones de ese país, el asesinato de alrededor de 100 personas, un número superior de heridos, la destrucción de viviendas e instalaciones educativas, con el fin último de secuestrar a Nicolás Maduro, presidente electo de ese país, y a su esposa, la señora Cilia Flores.
Tal operativo fue la secuela de otras tantas agresiones ejercidas por el gobierno estadounidense encabezado por Donald Trump, desde que asumió el poder por segunda ocasión en el mes de enero del 2025, y que han ido desde las amenazas, el bombardeo de lanchas, ataques armados a Caracas, los estados de Miranda, Aragua y La Guaira, y la confiscación de barcos petroleros, bajo el argumento de que el gobierno venezolano constituía un peligro para la seguridad de los ciudadanos estadounidenses al ser Maduro, la cabeza visible de actividades ilícitas ligadas al narcotráfico como líder del cartel de “Los Soles” (que luego se aceptó es inexistente), además de acusar al presidente venezolano de ser un “tipo violento” que habría matado y torturado a millones de personas, constituyendo a Venezuela en una dictadura que tiranizaba a sus habitantes.
Al no haber probado estas acusaciones, que de hecho se han visto modificadas en el curso de los días, ha aflorado el verdadero fondo de estas acciones que claramente violan los fundamentos más elementales del derecho internacional y de respeto a la autonomía de los países, según queda inscrito en la Carta de las Naciones Unidas, institución hoy reducida al indecoroso papel de espectador de las atrocidades que cometen los Estados Unidos en todo el planeta (recordemos que otra inaceptable omisión es la relativa al genocidio del pueblo palestino).
De tal forma el propio presidente Trump manifestó que el gobierno de Venezuela estaría obligado a entregarle hasta 50 millones de barriles de petróleo. Para abonar a esa idea Trump señalaría, que la industria petrolera venezolana había sido desarrollada por compañías estadounidenses y en consecuencia el petróleo venezolano pertenecía a los Estados Unidos, vale recordar que la industria petrolera en Venezuela fue nacionalizada en 1976, por el presidente Carlos Andrés Pérez.
Después de tales eventos invitaría a los capitalistas petroleros para apoderarse del petróleo venezolano, “recuperar” esos recursos energéticos para los Estados Unidos y así detener la expansión económica de China. Así pues, no es casual el hecho que varias de estas compañías hubieran hecho generosas aportaciones económicas a la campaña presidencial y al gobierno de Trump, entre ellas Chevron, Exxon-Mobil, Occidental Petroleum Corp., y otras más.
Con ello se evidenciaría que el fondo de estas acciones está la apropiación de los bienes de otras naciones, en este caso el petróleo venezolano, y frenar la expansión económica de China por la vía de la amenaza y la fuerza.
La renovada doctrina Monroe
En ese sentido es muy sintomático que Trump, desde el 2025, cínicamente haya planteado revitalizar la Doctrina Monroe (emitida por James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos en 1823) para justificar el expansionismo estadounidense a costa del resto del continente americano, e inhibir la presencia de cualquier otra potencia.
He aquí, además del narcicismo fundamentalista de Trump, el verdadero fondo de sus acciones. De tal suerte que en esta doctrina “Donroe” como la ha llamado, se plantea de una manera más agresiva, basada en la superioridad militar, el considerar en términos geopolíticos al continente americano como el patio trasero de los Estados Unidos, en el aspecto económico justificar la extracción de bienes y recursos, por lo cual sería legítimo expulsar a cualquier país que sea un contendiente.
Ejemplos fehacientes de ello van desde la polémica iniciativa de renombrar el Golfo de México como Golfo de América, pasando por los deseos y acciones manifiestas para retomar el control del Canal de Panamá, la idea de convertir a Canadá en un estado más de la llamada Unión Americana, hasta apropiarse del petróleo venezolano y, más recientemente, apoderarse de Groenlandia, sin contar el abierto intervencionismo en los procesos electorales de Argentina, Chile, Honduras y Perú, y la reciente reactivación del criminal asedio a Cuba.
Por si existiera alguna duda al respecto queda la imagen del 7 de marzo pasado, no exenta de servilismo patético, de la reunión llamada “Escudo de las Américas” en la cual Trump, ante 12 mandatarios identificados como derechistas y aliados incondicionales de los Estados Unidos, proclamó sus deseos de intervencionismo militar en el Continente bajo el pretexto de combate al narcotráfico.
Se postula pues un retorno al expansionismo más primitivo, es el extractivismo salvaje, basado en la fuerza y desde luego no en el derecho y la civilización. Es una política que viola cualquier principio del derecho internacional pero que tiene el avieso fundamento económico, pues China (que por cierto no ha invadido a ningún país), se ha convertido en el socio económico emergente más importante de América Latina, siendo el principal comprador de petróleo de Venezuela, potencial inversionista de un canal en Nicaragua, financiante de la ampliación del canal de Panamá, mayor consumidor de cereales provenientes de Brasil y Argentina, o de cobre chileno.
Con ello queda desenmascarada la gran mentira estadounidense, no es el narcotráfico, no es la democracia, mucho menos los derechos humanos, el fondo, una vez más, es el petróleo.
Los Veneros del Diablo
El petróleo ha dado motivo, a todo tipo de presiones y estrategias para apoderarse de este energético, a continuación, señalamos algunos ejemplos de los atropellos colonialistas cometidos en nuestro continente, empezando por la intervención de las potencias (EU y Gran Bretaña) en los años 20’s del siglo pasado en Venezuela, Argentina, Guatemala, Bolivia y Colombia en contra de legislaciones nacionalistas.
Entre 1932 y 1935 la Standard Oil instigó la llamada guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia a fin de apropiarse de supuestos yacimientos. En 1941 las compañías habrían instigado un conflicto entre Ecuador y Perú por apropiarse territorios petroleros. Otra modalidad del intervencionismo se manifestaría en golpes militares como el auspiciado en 1975 en Perú al deponer al gobierno nacionalista de Juan Velasco Alvarado, para que no afectara los intereses de las compañías petroleras.
Nuestro país sufrió, asimismo, los embates de las compañías petroleras avaladas por sus gobiernos, particularmente a partir de los años de la Revolución hasta después de la expropiación de 1938. Amenazas que fueron desde las presiones diplomáticas hasta el financiamiento de movimientos cotrarrevolucionarios.
En otras latitudes hay más ejemplos, en la década de los 30´s, el embajador de EU en Tokyo apoyó a la Standard-Vacuum a incumplir la ley que obligaba a las compañías a mantener un stock de seis meses, mientras que en las llamadas Indias Holandesas la diplomacia estadounidense intervino para que la Shell (compañía de capital neerlandés y británico) no acaparara todas las concesiones y éstas se repartieran con la Standard Oil.
Igualmente, el gobierno de EU intervino en el llamado mundo árabe. En principio para obtener concesiones en Turquía, Bahrein, Kuwait y todo el Golfo Pérsico. Hacia 1951 las maniobras fueron en Irán en contra del Primer Ministro Mohammed Mossadegh quien postulaba la nacionalización de la Anglo Iranian Oil Co., como éste no llegó a acuerdos firmes con los EU sería depuesto en agosto de 1953 siendo sustituido Fazlollah Zahedi quien restituyó las concesiones petroleras y que posteriormente sería sustituido por el muy colaboracionista Shah Pahlevi. Años después Ronald Reagan permitió la protección de los yacimientos kuwaitíes por fuerzas de EU durante la guerra entre Irán e Irak, entre 1980 y 1988. Por su parte George Bush, apelando a la doctrina Carter, utilizó fuerzas estadounidenses para “proteger” Arabia Saudita durante la Primera Guerra del Golfo, entre 1990 y 1991. Mientras que en Indonesia, entre 1989 y 1997 la Mobil Oil apoyó militarmente al gobierno para derrotar a insurrectos separatistas (Free Acoh Movement) de la región petrolera de Aoch.
También en el continente africano hubo acciones como en Angola en donde la Gulf Oil Co. y otras compañías expandieron sus operaciones luego de apoyar un movimiento guerrillero; otras acciones fueron propiciar la división territorial de Sudán apropiándose de la parte sur, en donde se encuentra ricas reservas petroleras, al igual que conflictos en Nigeria y Angola con el mismo fin.
En parte estas acciones se explican por la egolatría incontrolable de Trump y una camarilla de fundamentalistas, racistas que han dado rienda suelta a sus ansias expansionistas al no tener un contrapeso a su poderío militar. Sin embargo, ese delirio y esa agresividad, también tienen una explicación económica en el hecho de que los EU, primer consumidor mundial de petróleo, se encuentra en plena decadencia en cuanto al importante rubro de reservas probadas, al tiempo que Venezuela constituye, por mucho, el país con mayores reservas. De forma que la quimera del colonialismo más exaltado se sigue guiando por el flujo de los veneros del diablo.
Sociólogo e historiador. Se ha dedicado a trabajar temas de historia regional, económica y social, con énfasis en los periodos del porfiriato, la revolución y el México contemporáneo. Con sus trabajos ha obtenido reconocimientos como el Premio Salvador Azuela del INEHRM y mención honorífica en el Premio Marcos y Celia Maus. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es integrante del seminario permanente de Historia Contemporánea y del Tiempo Presente. Es autor de varias obras: “Álvaro Obregón y la reforma a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el año de 1928”; “Valentín Elcoro e hijos. Historia de una vida empresarial”; “Tiempo de caudillos, 1917-1924”; “La revolución en la ciudad de México 1900-1920”; “La fiesta de la muerte; México. Fiestas cívicas, familiares, laborales y nuevos festejos”, entre otros títulos. Actualmente es profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora.

