La “influenza española” en el México de 1918

Instituto Mora

Por Claudia Patricia Pardo Hernández

En el año de 1918 los levantamientos armados continuaban en varias regiones del país, pues en entidades como Michoacán, gavillas de supuestos revolucionarios mantenían en jaque tanto a la población como a las autoridades. Además de que en varios estados aún perduraba una  epidemia de tifo. El colmo se dio entre octubre y noviembre cuando llegó la “influenza española”, que ha sido considerada la más terrible de todas las pandemias, pues aunque no existen cifras de decesos para todos los países, se considera que se extendió por todo el mundo y llevó a la tumba a por lo menos 21 millones de personas; aunque algunos autores han estimado de 50 a 100 millones el número de víctimas. De lo que no queda duda es de que cobró más vidas que la Primera Guerra Mundial.

Debido al conflicto bélico la prensa de los países como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña o Alemania guardó silencio sobre la enfermedad. España, siendo neutral no censuró a sus diarios, que fueron los primeros en dar a conocer la elevada cantidad de muertos debido a una enfermedad que en un principio se confundió con otros padecimientos, de ahí que se le asociara con la terrible pandemia y se le nombrara “influenza española”.

La influenza tiene su origen en un virus que puede ser de tres tipos: A, B o C. Los más peligrosos son los dos primeros, que presentan síntomas clínicos más severos, en tanto que en el C suelen ser más suaves. El virus muta y puede tener una serie de combinaciones en la proteína que lo envuelve (HN), siendo el de 1918 A-H1N1, igual al que en el 2009 se presentó en México. Una vez infectado el individuo, la incubación es de un periodo corto: inicia con fiebre alta, dolor de cabeza, muscular y de garganta, inflamación de las mucosas, náuseas y tos, entre los más comunes. En las autopsias que les practicaron a los soldados, los pulmones se encontraban endurecidos, llenos de líquido, de ahí el ahogo que les impedía respirar y la coloración azulada, razón por la cual también se conocía como “la muerte púrpura”. El contagio se da por contacto directo cuando el enfermo estornuda y tose expulsando miles de diminutas gotitas de saliva que como un spray se difunden por diversas superficies. Saludar de mano, besar, abrazar o entrar en estrecho contacto físico con el enfermo equivale a contaminarse del virus.

Para finales de septiembre y principios de octubre, los principales periódicos de circulación nacional comenzaron a dar cuenta de una enfermedad que se padecía en los Estados Unidos y otros países, afirmando que era peligrosa pues el número de enfermos aumentaba de forma alarmante. Los estados del norte fueron los primeros en sufrir el contagio. La frontera era transitada por numerosas personas  que cruzaban frecuentemente convirtiéndose en los vehículos por los que se entró el virus. Monterrey y Nuevo Laredo estuvieron entre las ciudades que iniciaron el reporte de enfermos. En Torreón la capacidad de atención médica fue rebasada por la cantidad de contagiados que siguieron aumentando día a día. Se reportó que la mayor parte de los empleados del ferrocarril y de telégrafos habían enfermado en la zona de la Laguna.

El Consejo Superior de Salubridad decretó cuarentena a los barcos que llegaran procedentes de La Habana y de España; también se acordó una estrecha vigilancia de la frontera norte para impedir el paso a todo individuo enfermo o sospechoso de estar contagiado. Por su parte los ayuntamientos de varias ciudades recomendaban limpieza de calles, mercados, iglesias y trasportes. También se exhortó que los enfermos de gripa fueran aislados.

Conforme avanzaba el mes de octubre los casos de complicaciones del sistema respiratorio aumentaban; los médicos argumentaron que se trataba de una epidemia de influenza común y que se podía atender. En Morelia, a diferencia de lo que sucedía en otras ciudades la prensa guardó silencio y las autoridades respondieron lentamente ante el avance del contagio. Noviembre fue el mes que cobró más víctimas durante la pandemia y para diciembre los decesos fueron disminuyendo; en enero y febrero de 1919 se presentaron solamente casos aislados. A diferencia de las enfermedades respiratorias estacionales que afectaban más a niños y a personas mayores, la influenza de 1918 cobró más víctimas entre los que estaban en el rango de los 20 a 40 años.

Las recomendaciones médicas en general pedían que se permaneciera en cama, evitar las fatigas, comer adecuadamente y evitar los enfriamientos. Atribuían las muertes a no haber seguido las recomendaciones o a que el enfermo tenía otro padecimiento que se había complicado por el contagio. Los medicamentos poco podían hacer pues no se conocía el comportamiento de un virus que, hoy en día, sigue poniendo en jaque al mundo entero.

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