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La generación del desencanto

05/01/2020
01:52
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Jorge Alberto Meneses Cárdenas

Según el dogma del darwinismo social ustedes nacieron para adaptarse mejor que sus mayores a un sistema económico depredador. Sin embargo, debo decir que antes de que dejaran la cuna -quienes manejan las Afores- ya les han devaluado las esperanzas de una vejez sin crisis existencial. Entre otras cosas porque si los emos habían preparado el terreno para entender la risa del Guasón, Peppa Pig no les ha advertido que en entre los humanos los finales felices son cuentos con los que los abuelos dormían a sus padres para que se levantaran a tiempo y entraran alineados al salón sin protestar.

En un mundo ideal me gustaría que solo supieran de La guerra de las galaxias y de Las batallas en el desierto, pero entre las efemérides más tristes del nuevo siglo, cuando ustedes eran tan chicos que aún no habían reconocido que el peor enemigo de los niños no era el dentista, en el 2001 El Pentágono ya afilaba los discursos y las armas para declararle la guerra al terrorismo en nombre de la libertad del mercado; y si eso fuera poco, en 2006 el entonces presidente de México cuando llegó a Los Pinos, creyó que estaba regresando a su primaria y se puso a jugar a la guerra contra el narco, como si se tratara de “policías y ladrones”. Sin embargo, para la desgracia de todos, su inteligencia nacional se enteró ya muy tarde que las pistolas no eran de agua.

Según los cálculos estadísticos ustedes tendrían la oportunidad de encabezar el desarrollo económico de sus países para completar algo que llaman el bono demográfico. Pero no contaban con que desde 2008 la crisis mundial ya había llegado ¡al infinito!, ¡y más allá!. Porque desde esos años ya ocurría algo que ni Buzz Lighthyear imaginó: que ya no hay trabajo precario para los niños emprendedores (como les llamaría un texto de superación personal), pero no por las buenas políticas de los organismos internacionales en su lucha por erradicar el trabajo infantil, sino porque ahora los abuelos son los que pelean por unas monedas detrás de las cajas de los supermercados; además, que los niños de la calle dejaron de ser niños, pero nunca la calle.

Ya entrando en las especificaciones del campo laboral, para desgracia de todas las generaciones ya no es sorpresivo pensar que salir del espanto de la deuda y la precariedad parecería que solo lo ofrecen los que actúan por debajo de la ley. Resulta que ante la falta de trabajos formales la estructura del crimen organizado se ostenta como la “única” empresa que siempre tiene vacantes. Sin embargo, deben leer con cuidado las letras pequeñas y evitar caer en las garras de ese movimiento alterado, pues en esos contratos subyace la lógica de que si mañana muere uno, pronto llegará otro que quiera aprender a preparar una emboscada, como si se tratara de derramar sobre el cuerpo de su hermano una deliciosa malteada.

Entre otras causas porque si esas corporaciones en algo se parecen a otras empresas trasnacionales no es por su responsabilidad social ni por su desmedida afición por los paraísos fiscales, sino porque para ellos, ustedes simplemente son desechables; huyan, aunque les ofrescan contratación inmediata y prestaciones por encima -y por debajo- de la ley.

Aunque hayan llegado días antes de la extinsión de la Vaquita Marina, no será raro que después de culparlos y de estigmatizarlos por su mano pegada al celular, también les hagan juicio sumario porque ya no se coman los dogmas de la “sagrada familia”, o porque prefieran el vía crucis en el ciber que en Iztapalapa. Incluso, que los adultos más progesistas los tachen de desertores del movimiento de masas porque confundan la camiseta de Chico Che con la del rostro del Ché.

Lo cierto es hoy ustedes ya no juegan en las calles, pero no porque fueran apáticos a los parques, a las rodillas raspadas o a las banquetas, sino porque ahora la violencia ya también la están entregando a domicilio. Me atrevo a decir que aunque, según, son nativos digitales y nacieron con el celular bajo el brazo, lo que sin duda comparten es que son la generación del desencanto. Cuando abrieron los ojos lo primero que corroboraron en las pantallas es que “el dinosaurio seguía allí” y que en este mundo convulso, hasta los ríos mueren de sed.

No es nada nuevo decirles que desde nuestro adultocentrismo sabemos muy poco de ustedes; quizá intuimos que ya no son presas de la televisión, y que con nuestras “agudas” interpretaciones concluimos que son una camada de niños inquietos, que navegan en Internet como pececillos saltando de una plataforma a otra. Pero sin afan de mostrarles la ruta correcta sospecho que como los delfines, ustedes también deberán cuidarse de esas redes, porque en ese ecosistema digital El Lobo de Wall Street también está colocando sus trampas.

Twitter: @jorgemenecs1
@institutomora

Profesor-Investigador de la Universidad del Mar, campus Huatulco. Licenciado en Antropología Social (ENAH), maestro en Sociología Política (Instituto Mora) y doctor en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Últimas publicaciones: Retiembla en sus centros la tierra y Los nuevos rostros de la migración. Investiga juventudes, métodos y culturas digitales, antropología del deporte y migración.

 

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