Imaginar la cotidianidad en el Campeche finisecular (siglos XIX y XX)

Instituto Mora

Fausta Gantús
Instituto Mora

El trajín de la ciudad empezaba al alba porque era necesario aprovechar las tempranas horas de la mañana, antes de que “calentara el sol”, para ir a la misa, hacer las compras, limpiar la casa, regar las calles y los jardines, despachar los negocios, consultar con el médico, asistir a la escuela, así como labrar la tierra. Nada más levantarse el sol las embarcaciones que habían abandonado la costa en la madrugada recogían sus redes y regresaban a las playas de San Román y San Francisco para vender ahí mismo sus productos o abastecer con ellos a la pescadería situada en el centro, a un costado de la Catedral. La carne de las reses y los puercos que habían sido sacrificados en el matadero, ubicado por el fuerte de San Lucas, detrás de la iglesia de San Francisco, era transportada en carretas hasta el mercado, también aledaño a la parroquia principal. Desde Santa Ana llegaban las frutas frescas y las hortalizas y de Santa Lucía traían el maíz, el carbón y otros productos del campo. En el transcurso de la mañana las calles se llenaban de gente, los tranvías y los coches con pasajeros iban y venían de los barrios al recinto amurallado y viceversa.

En la estación de ferrocarriles, por el rumbo de La Ermita y Santa Lucía en las horas clave, de arribo y partida de los trenes, el lugar y sus alrededores también se llenaban de gente y de bullicio. El primer tramo que funcionó fue el de Campeche-Lerma que inició su servicio en 1883 y que formaba parte de la ruta Campeche-Calkiní. Muchos años tomaría lograr la concreción del proyecto ferroviario. Sería hasta 1898 cuando la Compañía Peninsular del Ferrocarril concluyera labores de manera que Campeche y Mérida, capitales de los estados de Campeche y Yucatán, quedaron unidas por este medio de transporte. En 1904 se inauguraría el tramo Campeche-Chiná, perteneciente a la compañía del Ferrocarril Campechano, mismo que se ampliaría cubriendo la ruta hasta la hacienda Uayamón a partir de 1908. Los carros y carretas de tracción animal, lo mismo que los modernos del tranvía movidos por fuerza mecánica se amontonaban frente a la fachada del edificio de dos plantas donde esperaba la gente para ser transportada. En el muelle se descargaban los paquetes con los medicamentos solicitados a Estados Unidos para surtir la farmacia del Hospital Manuel Campos o las boticas de la ciudad, los nuevos libros para la biblioteca del Instituto Campechano, y los diversos géneros para abastecer a las casas comerciales: desde telas, perfumes y talcos, hasta mantequillas y quesos, pasando por tabaco y ron.

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Todo el movimiento se suspendía al mediodía por unas horas, esto es, a partir de las 12:00 y hasta cerca de las 16:00, porque durante ese periodo difícilmente podía realizarse actividad alguna debido al extremado calor que, potenciado por el alto nivel de humedad, tornaba agobiante la exposición al aire libre. Los negocios, las oficinas, las escuelas cerraban sus puertas, la estación y el muelle quedaban vacíos, la gente se refugiaba en sus casas para tomar los alimentos y descansar o dormir la siesta. La vida renacía a partir de las cuatro de la tarde, cuando las puertas de casas y establecimientos volvían a abrirse y las personas a circular por las calles. Hacia el atardecer también pasearían por las plazas, del centro y de los barrios, escucharían misa, asistirían a algún evento público o festejo, en caso de haberlo o simplemente se detendrían un poco en la orilla de la playa para contemplar la puesta de sol en el horizonte de las tranquilas aguas de la bahía.

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Tanto como el calor, la lluvia también determinaba ritmos en la vida cotidiana, su presencia hacia más difícil las tareas, desde la carga y la transportación de mercancías y personajes hasta la compra de las provisiones para el almuerzo y el diario trajín hogareño. Las calles terregosas se tornaban lodazales y, dependiendo del volumen de agua que cayera, podrían volverse intransitables. Muchas veces las celebraciones, las serenatas, los discursos, los cohetes tenían que ser suspendidos debido a las inclemencias del clima. En efecto, chubascos inesperados, lloviznas intermitentes o persistentes, lluvias torrenciales, depresiones tropicales o huracanes también influían en el discurrir de los campechanos. Y estos últimos podrían provocar inundaciones y daños diversos que se quedaban durante años en la memoria colectiva. Pero por sobre las condiciones poco favorables o las incomodidades que podían ocasionar las lluvias, éstas eran esperadas y bienvenidas, primero porque ayudaban a disminuir la intensidad del calor, pero, sobre todo, porque era la mejor agua para beber. Así, la misma se recolectaba en los aljibes del cual se surtirían durante semanas las tinajas para la bebida cotidiana del vital y refrescante líquido. Y también las lluvias ayudaban a aumentar el nivel de los ríos subterráneos pues el agua para el consumo humano también se extraía de los pozos, muchas casas tenían uno. Había dos formas de abastecerse, una era con cubetas que se lanzaban al fondo del pozo y se alaban con sogas conectadas a una polea o que simplemente eran jaladas por la fuerza humana; la otra era a través de un sistema más complejo, consistía en un mecanismo movido por el impulso del viento que la succionaba y lanzaba hacia arriba mediante un sistema de tuberías y la conducía a un depósito destinado para tal fin. Desde ese depósito el agua era utilizada tanto para el consumo diario del hogar como para el riego de huertas y hortalizas. Ese sistema hidráulico contribuyó en buena medida a dibujar la fisonomía de la ciudad caracterizada por las estilizadas veletas que asomaban un par de metros por encima de los techos.

Por las noches la luz del faro, colocado en el muelle fiscal, el cual se ubicaba entre el baluarte de la Soledad y la puerta de mar, alumbraba a las embarcaciones para que llegaran con bien al puerto mientras la mayor parte de la población dormía.

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Imagen 1. Palacio de gobierno, vista parcial de la plaza y muelle al fondo, ca. 1910 (“Festejos del centenario.” Francisco C. Cicero, 1910. Blanco y negro, 14 x 19 cms.)

Imagen 2. Estación de ferrocarril y Teatro Kananga, s.a. (“Estación del F. C. Peninsular”. Colección Ernesto Aznar Preciat, postal Nº 90)

Fausta Gantús

@fgantus


 
Escritora e historiadora. Profesora e Investigadora del Instituto Mora (CONACYT). Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes en Ciudad de México y en Campeche. Es autora de una importante obra publicada en México y el extranjero, entre las que destaca su libro Caricatura y poder político. Crítica, censura y represión en la Ciudad de México, 1867-1888. Ha coordinado varias obras sobre las elecciones en el México del siglo XIX (atarrayahistoria.com) y es co-autora de La toma de las calles. Movilización social frente a la campaña presidencial. Ciudad de México, 1892. En 2020 publicó también el libro de creación literaria Herencia. Habitar la mirada/Miradas habitadas.
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