Por: Dra. Claudia Patricia Pardo Hernández
Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora

El 2020 no fue un buen año en lo que a enfermedades epidémicas se refiere, como si enfrentar una pandemia de COVID-19 no fuera suficiente, la Organización Mundial de la Salud confirmó un incremento mundial en casos de sarampión. En México se presentaron 196 casos hasta agosto del año que finalizó, como informa la Secretaría de Salud en su página. El sarampión es una enfermedad infecciosa que aqueja sobre todo a la infancia, pero podemos observar que los adultos no escapan ya que en los casos locales confirmados, 49.48% de los enfermos resultaron estar en el rango de edad de entre 18 a 67 años. Desde 1960, en que inicio la aplicación de la vacuna contra el sarampión, se comenzó a controlar la enfermedad, pero la triste realidad es que sigue presente. Durante buena parte del siglo XX este padecimiento fue una causa importante de contagio y muerte entre la población del país, la última epidemia se dio entre 1989 y 1990, según datos de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México y de ahí su presencia ha continuado. Ahora regresa el contagio, aunque su presencia se ha visto opacada por la tragedia mundial del Covid-19.

La infección del sarampión es causada por un virus de la familia Paramyxoviridae, es altamente contagiosa; sus víctimas, menores y adultos, pueden tener consecuencias que van de graves hasta fatales, sobre todo si las personas tienen bajas las defensas o están mal nutridas. El virus se encuentra en las vías respiratorias, por lo que la transmisión se da por las pequeñas gotas de saliva que se esparcen al hablar, toser o estornudar. Una vez infectado el virus, pasa a los ganglios linfáticos, tiene una incubación de entre siete a 21 días, después de los cuales aparece fiebre, tos, estornudos, malestar general y conjuntivitis. Lo más característico son las erupciones rojas o exantema que aparecen en la cara y el cuerpo, al igual que las diminutas máculas blancas en un fondo rojizo en la cara interna de las mejillas, llamadas manchas de Koplik. Cuando inicia la convalecencia la erupción se seca y se descama. El sistema inmune se ve comprometido por un largo tiempo donde se pueden presentar complicaciones como neumonía, gastroenteritis, encefalitis, infecciones del oído, entre otros padecimientos y llegar incluso a un desenlace fatal. Como enfermedad viral sabemos que no hay una cura sino medicamentos que ayudan a contrarrestar los síntomas como la fiebre, la tos o el malestar general. Lo único que puede ayudar de forma segura es la prevención por medio de la vacuna, que se comenzó a aplicar desde hace ya 60 años.

La llegada al territorio

Entre las enfermedades que llegaron con la conquista también estaba el sarampión, para el cual los habitantes de Mesoamérica carecían de defensas pues era totalmente desconocida, por lo que cobró numerosas víctimas no solo durante los primeros contagios sino también en sus sucesivas apariciones. Los indígenas llamaron a la viruela hueyzahuatl, que se traducía como “lepra grande, la de granos mayores” y al sarampión lo denominaron “tepintonzahuatl”, es decir “lepra pequeña, la de erupción chiquita”. La población, nunca expuesta a los nuevos contagios, tenía una probabilidad muy alta para enfermar y también de morir. Otros padecimientos eruptivos como la varicela, la viruela o el tifo igualmente pudieron haberse presentado, pues en sus etapas iniciales eran de características similares y tendían a confundir a los médicos del pasado. La medicina árabe distinguió el sarampión de otras enfermedades eruptivas desde el siglo X, mientras que en el occidente, específicamente en Londres, hasta 1620 se comenzó a separar en las actas de defunción de Londres los muertos de viruela de los de sarampión.

Es muy probable que la primera epidemia de sarampión en Nueva España fuera en 1531 pero, según Miguel A. Bustamante, bien pudo ser varicela dada su corta duración y la baja mortalidad; no obstante, en Guatemala en el mismo año se reportó un brote de sarampión, mismo que se propagó hasta los Andes en 1533. Más adelante en 1563-1564 se tiene ya una bien diferenciada epidemia de sarampión. Durante el siglo XVI en total se presentaron cuatro episodios epidémicos. Este mal quedó de forma endémica, con apariciones generalmente en la primavera pero, de tanto en tanto, adquiría mayores proporciones convirtiéndose en epidemia con graves consecuencias.

Había años en que más de una desgracia asolaba a los habitantes de diferentes ciudades; en 1592 tlatlacistli –catarro con tos- más sarampión–; 1595 sarampión y paperas; 1615-1616 viruela más sarampión; 1659 –dolor de costado– neumonía y sarampión; 1768 sarampión y tos ferina; 1825-1828 tifo, viruela y sarampión. A esto podemos sumar los diferentes años en que las cosechas eran pobres por falta de lluvias, heladas u otros acontecimientos meteorológicos que hacían que los alimentos escasearan y subieran de precio haciendo que la gente más pobre fuera la más castigada por las enfermedades, como en el año de 1751 cuando prácticamente en toda Nueva España fue un año de hambre. En el siglo XVII seis veces atacó a la población, recordando en especial la de 1692; para el siglo XVIII en tres ocasiones, siendo las de 1727-1728 y 1768-1769 las más funestas; para el XIX nuevamente en siete momentos se dieron brotes en diferentes estados de la república. Se ha comprobado que cuando varias generaciones dejan de estar expuestas al sarampión, el regreso de la calamidad puede ser desastroso.

No se tenía idea de cuáles eran las causas de las enfermedades, así que el “castigo divino”, los miasmas fétidos o el desequilibrio de los humores eran las explicaciones más socorridas. En el caso del sarampión no se tenía certeza si era contagioso, así que ante su aparición no se planteaba una cuarentena, ni mucho menos aislar a los enfermos.

Por su parte, los remedios y medicamentos para la cura de los contagiados durante la colonia y el siglo XIX poco hacían por el paciente, si sobrevivía era debido a su fortaleza, pues cataplasmas, sangrías, purgas, enemas o los auxilios indicados por los médicos podían ser hasta contraproducentes. Entre algunos menjurjes se recomendaba el uso de camisas empapadas en agua y azufre como un eficaz remedio contra la peste, el sarampión y las viruelas.

Para 1804, 1823 y 1825 se publicaron métodos para curar específicamente el sarampión, en donde se describían las diferentes etapas de la enfermedad, con el fin de que se reconocieran los síntomas y una serie de recetas que eran fáciles de preparar en casa y de bajo costo. Algunos preparados eran para calmar la tos, el dolor de garganta y el malestar en general. Se recomendaba tomar agua de cebada, a la que se le ponía miel, un poco de vinagre y polvo de nitro u otros ingredientes como hojas de sauco, borraja o amapolas. También se prescribían baños de pies, respirar el vapor de agua además de una dieta especial a base de caldos, atoles y unas cuantas frutas cocidas, que más bien era pobre y debilitaba más a los contagiados.

Siendo el sarampión una enfermedad contagiosa, las condiciones de pobreza y aglomeración en las que vivían muchas familias en las ciudades como México, Puebla, Veracruz, Guadalajara, Morelia, etc., facilitaba el contagio. Algunos investigadores actuales han encontrado que aún poblados pequeños eran severamente castigados por la enfermedad, aun cuando no había las condiciones de hacinamiento propias de las urbes. Así el sarampión se volvió un mal cotidiano y de cuando en cuando epidémico hasta mediados del siglo XX.

Desde tiempos muy remotos se sabía que una persona que padecía viruela o sarampión no volvía a presentar el mismo mal, el principio de la inmunidad de forma muy rudimentaria se conocía, es así que desde 1758, el médico escocés, Francis Home, de una forma totalmente empírica trataba de enfermar de forma benigna a los niños sanos. El método consistía en mojar un algodón en sangre de un individuo enfermo y colocarlo en una raspadura realizada en la piel de un individuo sano, para enfermarlo de forma “benigna”. El método era semejante al utilizado por los turcos contra la viruela y que Lady Mary Montagu, esposa del cónsul inglés en Constantinopla, llevara a Londres en 1721; sin embargo, el procedimiento de Home no fue utilizado de forma frecuente por otros médicos, siendo hasta mediados del siglo XX cuando la vacuna en contra del sarampión se desarrolló. Los primeros en elaborarla fueron John F. Enders y su equipo, para que después fuera perfeccionada por Maurice R. Hilleman, que logró cultivar los virus hasta lograr estos virus pero atenuados; es decir, al ser inoculados no dañaban a los humanos, pero que sí provocaran una respuesta inmune, de ahí en adelante se tuvo la vacuna en contra del sarampión y la vacunación masiva de niños a nivel mundial fue un hecho que salvó millones de vidas.

Lecturas sugeridas:

Carmen Paulina Torres Franco y Chantal Cramaussel, Epidemias de sarampión en Nueva España y México (siglos XVII-XX), Zamora, Mich., COLMICH/COLSON, 2017.

Michael B. A. Oldstone, Virus, pestes e historia, México, FCE, 2002.

Doctora en Historia por la Universidad del País Vasco. Profesora investigadora del Instituto Mora. Como docente imparte cursos de Historia Cuantitativa, Metodología de la Historia Económica, Historia Mundial, Económica Política y Social (siglo XX), Historia de Europa (siglo XX).

@institutomora

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