El ambiente social en México se ha vuelto una caldera, pero cada vez con más problemas de control. El poder federal atorado en nuevas contradicciones, voluntarismos y negaciones, no logra remontar cuando más lo necesita, un ambiente de falta de cohesión, sembrado desde arriba por el lenguaje de la descalificación y el odio entre mexicanos.

Si AMLO tiene el mérito de descubrir que el crecimiento económico dejó de ser en México garantía de desarrollo social, tiene la enorme responsabilidad histórica y moral de superar la retórica de la descalificación, la división e incluso del odio entre mexicanos. Las cosas pueden ser aún mucho peores si lejos de buscar caminos de reconciliación, se enciende, queriéndolo o no, el fuego del odio y la discordia.

Chile gozaba de estabilidad, con tasas de crecimiento del 5% anual y un pacto social envidiable. En pocas horas todo eso voló en pedazos. Es el mundo el que parece haberse instalado al borde del abismo económico, con contrastes sociales y tensiones contenidas que estallan “de repente”. ¿Algo así o mucho peor podría estarse gestando aquí, con una sociedad en la que, a diferencia del país andino, parece cumplirse eso de que “un arma en cada casa te dio?”

El adelgazamiento real del Estado tiene en México caras muy propias. Una de ellas —después de Culiacán— constatar que cualquier tiempo perdido seguirá reforzando el papel de los delincuentes que, como se pudo ver, hoy operan hasta programas sociales de apoyo a damnificados y a poblaciones marginadas para obtener simpatía, colaboración o simplemente su silencio.

Solamente la conciencia social sobre la mafia hizo que Italia pudiera resolver y controlar gran parte de la corrosión mafiosa de la vida pública. La mayoría de los italianos y sus gobiernos se pertrecharon, para esto, en el estado de Derecho y en sus instituciones, no en su disolución.

El Presidente, como defensor de la justicia, no avanzará si no es a través del Derecho. En Culiacán, la población hizo su papel al buscar la paz, pero percibe a dos ejércitos que finalmente la alcanzan mediante la rendición de uno.

Es tiempo y así también lo piensan en Estados Unidos, que el Ejecutivo defina si va a considerar a los sicarios y narcotraficantes como delincuentes, o como supuestas víctimas sociales a los que desea amnistiar. Abdicar la aplicación de la ley ante la delincuencia organizada que conquista nuevos espacios y territorios no debería ser su gran error histórico.

Es tiempo de que el gobierno vea más hacia la Constitución y las instituciones. Urge que el sentido común y la sensibilidad política remplacen la discusión de las ideologías. Se necesitan servidores y gobernantes pragmáticos, con capacidad para generar resultados y compromiso y para superar el discurso fácil que divide y polariza. La economía mexicana no necesita nuevos problemas, sino más capitales productivos, que la activen y la impulsen a transitar por un clima internacional adverso.

Si las clases medias ceden al miedo y sienten que el único futuro aquí es el desastre y buscan otros horizontes, se habrá perdido, entre otras cosas, la lucha contra la corrupción, la inseguridad y la injusticia.

El reto más importante de los próximos años será preservar la democracia. Su supervivencia dependerá de la fortaleza de las instituciones y de un estado social de Derecho que genere la esperanza de mejorar la condición de millones de mexicanos.

Si el gobierno no se da cuenta que la delincuencia organizada sigue conquistando espacios y territorios en las que sólo su ley de violencia y sangre se aplica, terminará permitiendo los narcoprogramas sociales de los grupos con capacidad manifiesta para atender a damnificados, impartir “su” justicia, ampliar y diversificar su economía legal con más trabajadores que cultivan, cosechan, procesan, transportan y venden la droga.

El fracaso de Culiacán, no necesariamente superado, requiere reflexiones profundas sobre el rumbo y estado del País. Hasta hoy no se tiene claro qué fue lo que pasó y cómo se planeó lo que acabó en gran ridículo de las fuerzas de seguridad.

Si el ejecutivo federal está preocupado por las condiciones sociales y económicas del país, tiene razón; pero en el primer año de arranque de su gobierno ha agravado el distanciamiento entre mexicanos, la polarización descalificatoria de toda forma de pasado y el desprecio a todo aquello que huela a riqueza o refleje ideas de éxito. Con no pocas áreas de la administración empapadas de ideología ha profundizado un divorcio de la realidad. En la ruta, las opciones son pocas, veremos cuál decide seguir.


Exprocurador General de la República.

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