Anoche, el presidente Donald Trump reunió a las y los representantes de los tres poderes que conforman el gobierno de Estados Unidos para pronunciar su discurso anual sobre el Estado de la Unión. Era la oportunidad perfecta para comunicar a la ciudadanía el plan de acción de su gobierno y del Partido Republicano de cara a las elecciones de medio término que se celebrarán a finales de este año. Era, también, el momento ideal para ofrecer certidumbre, construir un sentido de pertenencia nacional, trazar una ruta clara hacia el futuro y persuadir a las y los estadounidenses de que el trabajo de su administración ha mejorado sus vidas. Trump desperdició esa oportunidad.
En el discurso más largo de la historia (una hora con cuarenta y siete minutos), el mandatario optó por ofrecer un extenso monólogo sobre cómo considera que el país debería percibirlo. Partió de la cuestionable premisa de haber puesto fin a ocho guerras y destacó su implacable lucha contra la inmigración irregular, la deportación de millones de supuestos criminales y sus políticas de reducción fiscal. A lo largo de la noche, el presidente describió el estado deplorable en el que se encontraba el país cuando llegó al poder y se presentó a sí mismo como el líder que permitió a Estados Unidos levantarse de las cenizas y triunfar en todas las batallas que ha enfrentado como nación.
En materia de política exterior, Trump afirmó haber logrado la captura de Nicolás Maduro y celebró el surgimiento de Venezuela como un nuevo aliado comercial gracias a sus reservas petroleras. También aseguró estar trabajando para poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania, un conflicto que, según sostuvo, nunca habría ocurrido si él hubiera ocupado la presidencia cuando comenzó. Asimismo, señaló que Estados Unidos está dispuesto a alcanzar un acuerdo de paz con Irán, siempre que ese país renuncie a cualquier uso de energía nuclear. Sin embargo, el presidente evitó explicar por qué cerca de un tercio de las fuerzas armadas estadounidenses se encuentran actualmente preparadas para un posible enfrentamiento con ese país y cuáles podrían ser las implicaciones de una escalada regional. Finalmente, Trump se adjudicó el abatimiento del narcotraficante mexicano Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.
El momento que permitió vislumbrar el verdadero Estado de la Unión pasó casi desapercibido. Trump abordó los aranceles impuestos a diversos socios comerciales de Estados Unidos y lamentó la reciente sentencia de la Corte Suprema que determinó que el presidente había excedido sus facultades al imponer dichas tarifas de manera unilateral, sin la aprobación del Congreso. Apenas habían transcurrido cuatro días desde la publicación de la decisión y, aunque inicialmente reaccionó con ataques personales contra las y los ministros que integraron la mayoría, esta vez optó por estrecharles la mano y afirmar que ya trabaja en mecanismos alternativos que le permitirían continuar imponiendo aranceles sin intervención legislativa. Lo más preocupante fue la reacción del Congreso: aplausos o silencio frente a las palabras del titular del Ejecutivo.
Estas afirmaciones revelan con claridad la concepción que Trump tiene sobre la presidencia. No se percibe como un actor encargado de presentar iniciativas de ley, dialogar con fuerzas políticas o construir consensos institucionales. Por el contrario, se asume como una figura que actúa de manera unilateral, imponiendo su visión del mundo y gobernando sin necesidad de aprobación externa.
La contradicción resulta evidente si recordamos que Trump abrió y cerró su discurso evocando el aniversario número 250 de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Aquel momento fundacional dio origen a la democracia constitucional estadounidense precisamente como un rechazo al poder concentrado en una sola persona. Los padres fundadores buscaron construir un sistema de frenos y contrapesos en el que la autoridad no descansara en un individuo, sino en la voluntad del pueblo. Serán precisamente las y los ciudadanos quienes acudirán a las urnas en noviembre y quienes decidirán la conformación del Congreso que acompañará o limitará a Trump durante el resto de su mandato.

