Mientras nos adentramos en el segundo año de Donald Trump al frente de Estados Unidos, se cumplen 250 años de la Declaración de Independencia que dio vida al experimento democrático que hoy representa nuestro vecino del norte. Son muy pocas las repúblicas que han logrado perdurar durante tanto tiempo y el caso estadounidense resulta excepcional si se toma en cuenta que su identidad se construyó a partir de una idea política y no de una religión o una etnia. Precisamente ese ideal —una democracia constitucional con separación de poderes y transición pacífica del poder— resulta profundamente contrario al razonamiento del actual presidente.
Donald Trump ha gobernado bajo la premisa“yo solo puedo arreglar esto”. Se ha proyectado como la figura central del sistema político estadounidense, uno que, por diseño, nunca estuvo pensado para depender de una sola persona. Los presidentes más destacados como Washington, Lincoln, Franklin D. Roosevelt o Eisenhower pasaron a la historia no por imponer su voluntad, sino por trabajar de la mano con el Congreso para alcanzar acuerdos y enfrentar los grandes retos de la nación.

Aunque Trump mantiene una mayoría republicana en el Poder Legislativo, en el último año la única ley verdaderamente relevante que han aprobado de manera conjunta ha sido la llamada Big, Beautiful Bill, enfocada en gasto público y reducción de impuestos. Ello resulta llamativo si se considera que el sistema estadounidense está diseñado para que el Congreso tenga un amplio margen de acción. Después de todo, se trata del poder con mayor legitimidad democrática: es el encargado de definir el presupuesto, regular a las fuerzas armadas, declarar la guerra y expedir las leyes que rigen al país.
Hoy, sin embargo, ese campo de acción se encuentra limitado por un presidente incapaz de reconocer que el poder de su cargo es, por naturaleza, limitado. Aunque muchos legisladores republicanos discrepan de las acciones de Trump, pocos se atreven a expresarlo públicamente por temor a convertirse en blanco de una crítica en redes sociales. El mayor miedo de los congresistas republicanos no es perder una votación, sino enfrentar a un candidato impulsado por Trump en una elección primaria. El presidente ha demostrado ser experto en respaldar a cualquiera que lo elogie y le prometa lealtad incondicional.
A diferencia de su primera administración en la que parecía no adaptarse del todo al cargo, Trump ha regresado acompañado de un equipo que ha sabido identificar y aprovechar los vacíos jurídicos del sistema para impulsar medidas alineadas con sus objetivos. Además, ha dejado claro que no volvió únicamente para gobernar Estados Unidos, sino para intentar influir en el orden mundial. Ese propósito, sin embargo, le ha resultado más complicado de lo que anticipaba. Durante la campaña aseguró que podría poner fin a la guerra entre Ucrania y Rusia en 24 horas, pero se ha enfrentado a la realidad de que gobernar es una tarea compleja y que la diplomacia avanza lentamente, sobre todo cuando se trata de negociar con figuras como Vladimir Putin.
Con todo, el mayor reto para Trump y su partido este año serán las elecciones de medio término, en las que se renovará el Congreso. En esos comicios no solo está en juego el rumbo de la economía estadounidense, sino el futuro mismo de su gobierno. Si los demócratas logran recuperar la mayoría, podrían abrir investigaciones sobre los expedientes de Jeffrey Epstein e incluso iniciar un proceso de juicio político en contra el presidente.
Por último, conviene recordar que vivimos tiempos de transición. Todos los días se producen acontecimientos que marcarán la historia, y quienes tenemos la posibilidad de analizarlos y narrarlos asumimos una enorme responsabilidad: comunicar y emitir opiniones que permitan a la ciudadanía comprender el mundo en el que vive. Ello implica abandonar la especulación, los sesgos y las perspectivas polarizantes. El impulso de contar la historia de nuestro tiempo no es sino la manifestación de un anhelo por crear algo duradero en medio de lo efímero, algo admirable a partir de lo cotidiano.