No hay duda de que son tiempos difíciles para el derecho y para la profesión de la abogacía en el mundo. Nuestras instituciones atraviesan una crisis profunda. Los principios que daban identidad a las democracias constitucionales, como la separación de poderes, la independencia judicial y los frenos y contrapesos, se erosionan lentamente frente a nuestros ojos. Nuestros líderes se han vuelto más autoritarios, los conflictos armados comienzan en medio de la noche y la manera en que funciona el mundo puede cambiar drásticamente en cuestión de horas.

Frente a un panorama tan desalentador y ante noticias que cada vez ponen más a prueba nuestra capacidad de asombro, vale la pena recordar una idea sencilla pero poderosa: el derecho encuentra su pulso en las conexiones humanas. Aunque pueda sonar idealista, e incluso romántica, esta afirmación nos ayuda a comprender mejor qué queremos decir cuando hablamos de constituciones, leyes, sentencias y códigos. Después de todo, el derecho no surgió de la nada. Los seres humanos lo creamos para mejorar la forma en que convivimos entre nosotros. Una ley, en el fondo, es un intento por ordenar los vínculos que formamos como sociedad. Y es a través de nuestras experiencias, de nuestros conflictos, aspiraciones y acuerdos, que las normas jurídicas cobran vida.

El ministro de la Corte Suprema de Estados Unidos, David Souter, solía explicar esta idea con una metáfora poderosa. Comparaba el trabajo de un juez con el mito de Anteo, una criatura mitológica cuya enorme fuerza provenía de mantener siempre los pies en la tierra. En la leyenda, Hércules logra vencerlo al levantarlo del suelo y mantenerlo suspendido en el aire. Separado de la tierra, Anteo pierde toda su fuerza. Para Souter, algo similar ocurre con la función judicial. Un buen juez mantiene los pies en la realidad. Debe permanecer conectado con los hechos, con las personas y con el mundo que lo rodea para poder traducir la ley en sentencias capaces de resolver los problemas de la ciudadanía.

Pero esta reflexión no se limita únicamente a quienes ocupan un asiento en los tribunales. También habla de todas las personas que ejercen la profesión jurídica. Con empatía y con un profundo sentido de responsabilidad, miles de abogadas y abogados trabajan todos los días para hacer del derecho una herramienta que permita mejorar las relaciones que construimos como sociedad.

Detrás de una sentencia, de una ley o de un contrato, hay innumerables manos que sostienen el trabajo jurídico. Personas que ayudan a coser los hilos de un expediente, que redactan proyectos de sentencia, que asesoran a legisladores antes de emitir un voto o que realizan los trámites cotidianos que permiten al derecho operar. Gracias a ese trabajo silencioso, el derecho puede funcionar como una herramienta para resolver conflictos, tensiones y desacuerdos.

Recordar que el derecho es una herramienta y que se moldea a partir de experiencias humanas también nos permite hacer frente al poder, al egoísmo y al individualismo. Significa asumir con humildad la tarea de ponerse en los zapatos de los demás para poner en marcha las normas jurídicas que pueden mejorar las condiciones de vida de nuestras comunidades.

Todo esto no es una tarea sencilla. Implica escuchar a quienes piensan distinto, abrir la mente al diálogo y apostar por la construcción de consensos. Implica aceptar que el progreso toma tiempo, que construir instituciones es difícil y que destruirlas puede ser alarmantemente fácil.

Sin embargo, si logramos entender que estos desafíos forman parte de los grandes procesos históricos que han permitido progresar a nuestras sociedades y aun así decidimos participar en esa tarea, entonces podremos formar parte de algo más grande que nosotros mismos. Porque, al final del día, el derecho no vive en los códigos ni en los tribunales. El derecho vive en la manera en que elegimos relacionarnos con los demás.

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