Por PEDRO MARTÍNEZ ESPONDA
Ciertamente son tiempos de ruptura, como dijo con acierto el primer ministro canadiense, Mark Carney, hace unas semanas. No porque sea novedoso que las superpotencias globales se conduzcan con impunidad absoluta –nada más añejo que eso– sino porque la potencia fundadora y primera patrocinadora del orden global basado en reglas e instituciones multilaterales consagrado en la Carta de las Naciones Unidas, se ha vuelto en contra, precisamente, de esas reglas e instituciones. Da igual si se trata de aranceles, de Venezuela o de Groenlandia: Estados Unidos ya no parece percibir la necesidad de justificar sus acciones en el derecho internacional, aunque sea, como tantas veces en el pasado, con hipocresía. Y si a esto se añade la consolidación de China como superpotencia antagónica a Estados Unidos, o la política de expansión territorial de Rusia, emerge una imagen más completa del tamaño de la ruptura: el sistema multilateral construido desde 1945 se ha convertido más en un obstáculo que en una herramienta para los intereses de las superpotencias globales.
¿Significa esto que estamos presenciando el fin del multilateralismo? Habría que definir primero de qué multilateralismo hablamos. En relaciones internacionales, se suele citar a John Ruggie para explicar que el multilateralismo es una forma de coordinación institucional entre tres o más estados, basada en principios comunes.[1] Si por principios comunes se toma, por ejemplo, los derechos humanos, el viraje autoritario a lo largo y ancho del mundo parecería presagiar, si no una muerte inminente, sí al menos un cáncer bastante preocupante. En contraste, si se piensa que esos principios comunes que constituyen la base del multilateralismo son los consagrados en el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas –la prohibición del uso de la fuerza, la solución pacífica de controversias, y la igualdad soberana– la respuesta sería que el multilateralismo está muy lejos de su fin. Acaso le dio una gripa, como muchas ha tenido desde 1945.
Pero ninguna de estas aproximaciones parece exacta: la primera, por estrecha e idealista; y la segunda, porque esas reglas, si bien son fundamentales en el orden internacional, constituyen un piso mínimo que, más que crear una comunidad internacional, solo garantiza que los estados no se destruyan unos a otros.
No, el multilateralismo es más que eso. El multilateralismo es el sistema institucional que se ha creado alrededor de todas estas reglas comunes: la ONU con sus mil brazos, las organizaciones regionales como la OEA o la Unión Europea, y el sinnúmero de otros organismos que, de mayor o menor tamaño, surten a la humanidad de ese bien tan preciado que es la gobernanza de nuestros asuntos comunes.
¿Está, pues, el multilateralismo en el camino al patíbulo? El vergonzoso Board of Peace que el Presidente Trump pretende echar a andar es una señal ominosa en ese sentido: un “organismo internacional” presidido y controlado por él. Pero más allá de la inagotable tragicomedia que este personaje nos ofrece día con día –que no por comedia menos preocupante– hay otras señales más o menos claras que confirman una anemia grave en el multilateralismo. Una de ellas es la visión que impulsa China de los asuntos internacionales, que incluye la preferencia por lo no vinculante, por la negociación uno a uno sin mínima transparencia, y por el particularismo ético como excusa para solapar la ausencia de libertades. Otra es el soberanismo creciente en el mundo –¿qué va a suceder con la Unión Europea, por ejemplo, si llega el día en que Francia o Alemania estén gobernadas por la extrema derecha? Amén del probable colapso de instituciones otrora potentes en otras regiones del mundo, como la CEDEAO en África occidental.
Es decir, lo que sí está en peligro es el multilateralismo entendido como apuesta de la comunidad internacional por las instituciones. La convicción de que las mejores decisiones para el mundo deben ser colegiadas y de que no se puede, al menos no de buena fe, pretender solucionar problemas globales en lo oscuro. En ese sentido, cobra de nuevo relevancia el discurso de Carney: el multilateralismo en nuestros tiempos debe ser el arma con la que los estados que no son superpotencias, hagan frente común a estas. Es difícil predecir lo que depara el futuro del multilateralismo global, pero está claro que México, middle power clave de Latinoamérica, debe hacer suya la apuesta por la continuidad y la reforma de las instituciones internacionales existentes como único antídoto al unilateralismo enfurecido de nuestro vecino del norte. Ello pasa, primero, por fortalecer en términos sustantivos nuestra participación en todos los espacios multilaterales de los que somos parte y, segundo, por asumir que ese involucramiento debe reflejarse en una contribución financiera mucho más sustancial a organismos internacionales como las Naciones Unidas o la OEA. En suma, México debe dejar atrás su tradicional ostracismo internacional y asumirse como líder global.
[1] John Gerard Ruggie, “Multilateralism: The Anatomy of an Institution,” International Organization 46(3), 1992, p. 571

