En la epopeya diaria del periodismo de negocios, la batalla por el Registro de las Líneas telefónicas vive un nuevo capítulo: el apocalipsis de la desconexión. Según algunos de sus más fervientes intérpretes, nos encontramos a pocos días de contemplar el fin de los tiempos digitales.

Así es, en el heráldico trajín de los escribanos de nuestra época, nos topamos con la catastrófica profecía de vivir un día sin telecomunicaciones en México.

Como ya se ha hecho costumbre en las últimas semanas, muchos colegas están muy atentos al conteo del registro telefónico, como si fuera marcador de futbol o los números del Melate. Tal vez es por un genuino interés por informar, o para buscar datos o declaraciones explosivas que nos hagan caer en el pánico de un registro fallido.

En su siempre interesante y bien documentada conferencia trimestral del sector de telecomunicaciones, los amigos de The Competitive Intelligence Unit (The CIU) se aventaron una declaración que me hizo levantar las cejas y desorbitar más mis ojos. Palabras más o palabras menos, se nos pidió imaginarnos un país sin 100 millones de líneas telefónicas móviles suspendidos para el 1 de julio próximo. ¡Santa Cachucha!

Si millones de mexicanos no registran sus líneas antes del 30 de junio, el 1 de julio amaneceremos en una especie de Armagedón de las telecom. Los teléfonos dejarán de funcionar. Los mensajes no llegarán. Las transferencias bancarias se congelarán. Los servicios públicos colapsarán. Los grupos de las tías con los piolines de WhatsApp quedarán en silencio. Los memes desaparecerán de la faz de la Tierra. Y los mexicanos tendrán que volver a conversar entre ellos mientras esperan el colectivo. Un escenario verdaderamente aterrador.

En términos bíblicos, sería equivalente a que sonaran simultáneamente las siete trompetas del Apocalipsis y se abrieran los siete sellos de San Juan, pero con cobertura 3.5G. La imagen es poderosa. Un país entero desconectado y devastado como Sodoma y Gomorra, pero sin datos móviles.

La visión del Armagedón mexica nace de la idea de que faltan (hasta el día de ayer) casi 107 millones de líneas por registrarse, según los datos de la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT) y, siguiendo sus propias normativas, no habrá prórroga para quienes no se hayan registrado y, por lo tanto, se van a suspender.

Una vez pasado el susto traté de invocar la sensatez y pregunté si no era una exageración pensar que eso podría suceder, pero no, se reiteró la visión catastrofista de la desconexión masiva. Pero como este reportero, más que profeta es un mal pensado, pregunté si no era una estrategia para que las empresas telefónicas (que han jugado al caos) puedan decir que este nuevo intento de ordenar y transparentar el tamaño del mercado fue un fracaso y seguir viviendo en la opacidad.

Resulta curioso que algunas empresas telefónicas hayan pasado meses advirtiendo sobre los riesgos del registro mientras, simultáneamente, parecían mostrar un entusiasmo limitado para promoverlo entre sus propios clientes. Es como si Noé hubiera construido el arca, pero hubiera olvidado avisar que venía el diluvio.

Según los datos de The CIU encabezado por mi amigo Ernesto Piedras (¡Hola, Ernesto!) el mercado móvil mexicano alcanza 158.9 millones de líneas activas al primer trimestre de 2026 lo que representa una reducción respecto a las 162.2 millones de líneas del último trimestre del año pasado. Es decir, tenemos una desconexión de 3 millones 258 mil líneas durante el periodo, particularmente en el segmento de prepago.

Y aquí viene la parte incómoda para los defensores del caos permanente. Los ingresos no se desplomaron. Al contrario. Mientras las líneas disminuyeron, los ingresos promedio por usuario (ARPU) aumentaron. El mercado móvil generó más de 95 mil millones de pesos y registró un crecimiento del ARPU. O sea, las compañías siguen ganando dinero.

Lo que parece estar ocurriendo es algo mucho menos dramático que el Apocalipsis. El registro está obligando a depurar líneas inactivas, duplicadas o de escaso valor económico. Es decir, está limpiando bases de clientes que durante años crecieron bajo la lógica de acumular chips como si fueran estampitas del álbum Panini.

Se estima (porque no hay manera de confirmarlo) que el segmento de Operadores Móviles Virtuales (OMV) es el más afectado por el Registro pues muestra su primera caída trimestral desde el segundo trimestre de 2019.

Puede ser que en este segmento se viva la mayor distorsión del mercado pues no se sabe con exactitud cuántos OMV hay. Oficialmente existen alrededor de 60. Extraoficialmente algunos hablan de más de 100. Operativamente parecen funcionar entre 30 y 37. La matemática es tan misteriosa que podría competir con el relato de la multiplicación de los panes y los peces.

Muchos de ellos argumentan que carecen de infraestructura para registrar usuarios. Sin embargo, poseen capacidad suficiente para distribuir tarjetas SIM en supermercados, farmacias, tiendas de conveniencia, portales digitales y cualquier rincón donde exista una caja registradora. Vendían chips como si vendieran chescos y aunque la fe mueve montañas, aparentemente no sistemas de Registro.

Además, otros datos muy interesantes de The CIU son las respuestas de los usuarios sobre el Registro de Líneas. Se puede decir que dos de cada tres usuarios móviles saben del registro (66.8 millones de usuarios), de ellos apenas el 45% han registrado su línea. Asimismo, se sabe que 70% de los que no han registrado su línea reportan que no lo hicieron por “desconfianza”.

Y aquí surge otro misterio digno del Mar Rojo. ¿Desconfianza hacia quién? Durante años la industria recopiló nombres, domicilios, correos electrónicos, identificaciones oficiales, huellas de consumo, ubicaciones aproximadas y hábitos digitales sin que la mayoría levantara demasiado la voz. Ahora resulta que registrar una línea provoca una súbita conversión colectiva hacia la privacidad absoluta.

Más llamativo aún es que los sectores de menores ingresos son quienes menos conocen la obligación de registrarse. Mientras los usuarios de mayores recursos están ampliamente informados, millones de personas permanecen prácticamente al margen de la conversación. Eso no parece un problema regulatorio, más bien parece un deliberado problema de comunicación y promoción de la medida.  Y también de nulos incentivos.

Los jóvenes constituyen otro capítulo fascinante. Según The CIU, ellos conocen la norma, pero muestran resistencia para cumplirla. Son precisamente el segmento más expuesto a campañas virales, narrativas alarmistas y teorías conspirativas que viajan por redes sociales.

En este contexto, no sería extraño que durante los últimos días de junio ocurra el milagro de los panes, los peces y las líneas registradas. Millones de usuarios aparecerán repentinamente en las estadísticas. Los operadores presentarán avances espectaculares. Los reguladores presumirán resultados. Los analistas ajustarán sus modelos. Y todos declararán victoria. Así funcionan los milagros burocráticos, siempre llegan cerca de la fecha límite.

Lo verdaderamente sorprendente es que esta discusión lleva más de una década repitiéndose. Desde los tiempos de Peña Nieto México ha intentado construir mecanismos para reducir el anonimato de las líneas telefónicas utilizadas por el crimen organizado.

Primero fue la Cédula de Identidad. Luego el padrón telefónico. Después la CURP digital. Ahora el Registro de Líneas Móviles. Todos los proyectos enfrentaron exactamente a los agoreros profesionales del desastre.  Los mismos que exigen seguridad, pero rechazan cualquier mecanismo de identificación. Los que piden combatir la delincuencia, pero cuestionan cada herramienta diseñada para hacerlo. Quienes denuncian la opacidad, pero defienden sistemas donde nadie sabe realmente quién está detrás de millones de líneas.

Al final, la pregunta sigo haciendo una pregunta: ¿Qué quieren exactamente? Porque si el registro fracasa, dirán que el gobierno fue incapaz de ordenar el mercado. Si funciona, dirán que se atentó contra la privacidad. Si se suspenden líneas, hablarán de abuso. Si no se suspenden, hablarán de simulación.

Y mientras tanto, los cuatro jinetes del Apocalipsis seguirán cabalgando por las redes sociales, esta vez disfrazados de expertos en telecomunicaciones, repartiendo profecías sobre el fin de la conectividad nacional.

Aunque sospecho que el 1 de julio los mexicanos seguirán haciendo exactamente lo mismo que hoy; llamar, mensajear, transferir dinero, ver TikTok y discutir en WhatsApp. El Apocalipsis tendrá que esperar otra medida regulatoria.

Columnista y comentarista

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