Siempre es lo mismo, solo cambian los nombres del cartel. Hoy es BTS, mañana una banda legendaria, la inauguración del Mundial de futbol, un partido de los Cowboys en México. El guión es idéntico. El abuso y la especulación han convertido a la compra de boletos de espectáculos en una experiencia estresante y muchas veces frustrante.

La misma historia, millones de personas frente a una pantalla, una fila virtual que avanza con lentitud y, al final, el mensaje que nadie quiere leer: boletos agotados. Minutos después, como por arte de magia, esos mismos boletos reaparecen en el mercado secundario con precios que insultan toda lógica.

El fenómeno BTS en México fue la última prueba de que la industria del entretenimiento ya no vende experiencias, vende ansiedad. Ticketmaster anunció que las tres fechas de la banda de KPop en el Estadio GNP Seguros se agotaron en 37 minutos. Según la propia empresa, 1.1 millones de personas se formaron en la fila virtual para pelear por un inventario que nunca fue suficiente. Preventas, registros, códigos, geolocalización, activación diferida. Todo el arsenal tecnológico que supuestamente debía proteger al fandom terminó sirviendo de escenografía para el mismo atraco de siempre.

La buena noticia sería que la mayor parte de los fanáticos de la banda hubiesen conseguido boletos a un precio razonable, incluso caros, pero lamentablemente; mientras el ARMY hacía clic con la esperanza de conseguir un lugar decente, otro ejército (mucho más organizado y mejor armado) ya estaba comprando en automático.

Los revendedores profesionales ya no son ese personaje que se para afuera del estadio con una gorra y un fajo de boletos (“¿Te faltan o te sobran?”). Ahora son una banda de operadores de un mercado financiero disfrazado de entretenimiento. Analizan demanda, calculan márgenes, ejecutan compras con bots y levantan precios como si fueran traders en Wall Street.

En ese zoológico digital hay de todo. Están los especuladores clásicos que simplemente compran barato para vender caro. Están los infiltrados que, con palancas y moches dentro de las propias empresas boleteras, saben cuándo y cómo comprar antes que nadie. Y están los hackers, que usan VPNs, proxies y bots capaces de esquivar bloqueadores, resolver CAPTCHAs y llenar formularios en milisegundos. Pueden abrir decenas de sesiones al mismo tiempo, crear identidades falsas y absorber inventario a una velocidad imposible para cualquier fan humano.

Ese inventario termina en plataformas de reventa que operan con una respetabilidad de fachada. StubHub, Viagogo, TicketSwap y compañía se presentan como intermediarios seguros entre fans. La realidad es que funcionan como mercados grises (cada vez más negros) donde la especulación se vuelve virtud. En StubHub, los boletos de BTS llegaron a aparecer hasta en 380 mil pesos en secciones platino. Tal vez se trató de un error, pero también había opciones “baratas” de 110 mil, 90 mil o 70 mil pesos, como si eso sonara razonable.

Viagogo, que presume conectar vendedores con compradores de todo el mundo, parecía menos agresiva, con topes de 50 mil pesos. Aun así, boletos que costaban alrededor de dos mil pesos se ofrecían en quince mil. Un rendimiento que haría sonrojar a cualquier fondo de inversión. TicketSwap, que sí intenta poner límites para evitar abusos, simplemente no tenía nada que vender, ni ofrecer. Cuando el mercado está secuestrado por especuladores, ni siquiera la buena voluntad encuentra espacio.

El problema se agrava porque ninguna de estas plataformas tiene servidores en México. Operan fuera de la jurisdicción local y, por lo tanto, fuera de cualquier intento serio de regulación. En el país, además, la reventa digital de boletos no es ilegal porque se considera un acuerdo entre particulares. Pero, entre más intermediarios entren en la ecuación, más se encarece el boleto. Y luego viene la reventa circular en la cual alguien compra caro para revender aún más caro, y así sucesivamente, hasta que el boleto ya no representa un concierto, sino un delirio financiero.

Por eso, con todo y la carta que la presidenta Claudia Sheinbaum envió al presidente de Corea del Sur pidiendo que BTS abra más fechas en México, seguiremos viendo el agandalle de los revendedores. Puede que se abran más conciertos y se libere algo de presión, pero el sistema seguirá igual. Cada nueva fecha es, para los revendedores, otra oportunidad de hacer negocio. El problema no es la escasez de shows, es la arquitectura de un mercado diseñado para que unos pocos ganen a costa de muchos.

La verdad incómoda es que la tecnología no va a salvar a los fans. Cada nueva capa de “seguridad” con códigos, filas virtuales, validaciones; se vuelve un nuevo reto para los hackers que siempre terminan encontrando la forma de colarse. La regulación tampoco es una varita mágica, sobre todo cuando las plataformas operan desde otros países y la reventa se ampara en acuerdos privados.

Sin embargo, el sistema sigue funcionando porque hay demanda dispuesta a pagar lo que sea. Mientras no se ponga un techo a los precios de la reventa, los especuladores seguirán ganando. Mientras existan fans que, en un arranque de devoción, acepten pagar diez o veinte veces el precio original, los especuladores seguirán subiendo la apuesta. Mientras los artistas miren hacia otro lado y permitan que su fandom sea exprimido por estas prácticas, las plataformas de reventa seguirán facturando como si fueran bancos de inversión.

BTS no es el villano de esta historia, pero tampoco es ajeno a ella. La industria sabe que la histeria vende y que la escasez artificial es una herramienta de marketing.

Al final, la reventa digital de boletos no es un problema tecnológico, es un problema de incentivos. Hoy la pasión de los fans se convierte en caldo de cultivo para una especulación sin pudor. La única manera de frenarla es apelando al sentido común de autoridades, artistas y fanáticos, para que ese abuso no siga siendo negocio milmillonario. Como diría mi abuelita, se puede ser puerco, pero no trompudo. Aquí ya nos pasamos de la granja al rastro.

Logística futurista

En la industria logística latinoamericana abundan los discursos sobre futuro, pero escasean las lecturas incómodas del presente. The Logistics World Summit & Expo vuelve en marzo con su promesa de anticipar lo que viene, ahora con James Lisica como futurista de cabecera. Hablará de señales débiles, blockchain, gemelos digitales y costos de transporte como si fueran piezas de ajedrez. El problema es que muchas empresas aún juegan damas, atrapadas en procesos analógicos y decisiones a ciegas. La pregunta no es qué tecnología viene, sino cuántos actores del sector tienen hoy la disciplina de datos y la visión estratégica para sobrevivir cuando esos escenarios prospectivos dejen de ser diapositivas y se conviertan en realidad.

Apagón digital

En el México de 2026 la competitividad ya no se mide por metros cuadrados de planta o número de camiones, sino por cuántos datos una empresa puede poner en orden sin que el SAT le respire en la nuca. La narrativa de la “infraestructura digital” suena técnica, pero en realidad es una carrera contra un fisco que ahora usa inteligencia artificial para cruzar toda la información, todo el tiempo. Ahí entran plataformas como las de la mexicana Castelec International, la cual promete ser la llave para centralizar administración, contabilidad y nómina, justo cuando un sello digital suspendido puede apagar una empresa en cuestión de horas. No es una exageración: sin facturas no hay ingresos, sin ingresos no hay operación y sin operación no hay PyME. ¡Aguzados!

Columnista y comentarista

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