En México nos encanta decir que la educación cambia vidas. Se escucha en discursos políticos, foros empresariales y conferencias internacionales como si se tratara de un mantra obligatorio. Ayer, el rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas, lo reiteró desde la sede de la UNESCO. Un día antes, Carlos Slim Domit insistió en que el aprendizaje depende cada vez menos del maestro y más de la capacidad individual para adaptarse a un entorno cambiante.
Hasta ahí, todos felices. El problema empieza cuando nos preguntamos ¿qué demonios debemos enseñar?
Las universidades siguen discutiendo actualizaciones curriculares como si fueran reformas constitucionales mientras la inteligencia artificial ya cambió las reglas del juego varias veces. Lo que hoy aprende un estudiante de ingeniería podría quedar obsoleto antes de que termine el semestre. Aun así, muchas instituciones siguen operando con programas rígidos, burocracia académica y carreras de cuatro o cinco años diseñadas para un mercado laboral que ya desapareció.
La ironía es brutal. Nunca hubo tantos títulos universitarios y nunca había existido tanta incertidumbre laboral entre jóvenes preparados. Empresas desesperadas por encontrar talento conviven con miles de egresados incapaces de conseguir empleo. ¿qué está pasando?
En ese contexto aparecen iniciativas como Generation, una ONG que decidió abandonar los discursos románticos sobre “seguir los sueños” para concentrarse en preguntarle directamente a las empresas qué vacantes no pueden cubrir y preparar personas para resolver ese problema específico.
Generation, que en México dirige Mercedes de la Maza, trabaja con jóvenes vulnerables, egresados, personas con estudios truncos o individuos que jamás pudieron acceder a la universidad. El objetivo no es entregarles un diploma elegante para colgar en la pared y usarlo como título nobiliario. El objetivo es que consigan empleo.
La organización opera bootcamps intensivos virtuales de unas 12 o 13 semanas para llegar a más regiones del país. Sus programas abarcan desde Java, soporte de TI, AWS y Unity, hasta conducción de tractocamiones, ventas o técnicos de data center.
Pero hay otro punto incómodo para las universidades. Durante años se formaron profesionistas técnicamente competentes, pero incapaces de vender una idea, negociar con un cliente o trabajar en equipo sin sufrir una crisis existencial. Las habilidades blandas quedaron relegadas frente a la obsesión por los conocimientos técnicos.
Por eso Generation dedica cerca de 35% de sus programas a habilidades blandas como responsabilidad, comunicación efectiva, percepción de riesgos, trabajo en equipo, atención al cliente y proactividad. El otro 65% corresponde a habilidades técnicas.
Según sus propios datos, 83% de sus graduados consigue empleo a los 90 días y 95% a los 180 días. No garantizan trabajo, pero acompañan a los candidatos en entrevistas, currículums y pruebas técnicas.
Estoy convencido de que la obsesión empresarial por los títulos universitarios empieza a parecer un fetiche burocrático, pero un estudio de la propia ONG encontró que las empresas que eliminaron requisitos de licenciatura contrataron más rápido y obtuvieron candidatos con desempeño igual o superior. El diploma dejó de ser garantía absoluta de capacidad.
Eso no significa que la universidad haya perdido valor, significa que el modelo educativo tradicional ya no basta. Ya lo hemos dicho muchas veces, el gran desafío no será tecnológico sino humano.
Las bases seguirán siendo fundamentales. La lógica matemática, la comprensión lectora, el pensamiento crítico y el inglés continúan funcionando como pilares indispensables. Un profesionista puede multiplicar productividad utilizando inteligencia artificial. En cambio, alguien sin fundamentos técnicos apenas obtendrá respuestas vistosas con errores elegantes.
Mercedes de la Maza plantea que el futuro probablemente será híbrido con un tronco común sólido acompañado por microcredenciales actualizadas constantemente. Aprender Java hoy, prompting mañana y análisis de datos pasado mañana. Educación modular, flexible y rápida. Exactamente lo contrario a los procesos universitarios que tardan años en modificar un plan de estudios.
El problema también es económico. Organizaciones como Generation necesitan mucho más financiamiento empresarial y alianzas institucionales para sostener becas gratuitas. Y es cierto, muchas empresas se quejan de la falta de talento, pero pocas invierten realmente en desarrollarlo. Todos dicen que la educación es el motor del desarrollo pero millones de jóvenes siguen atrapados entre títulos costosos, empleos precarios y tecnologías que evolucionan más rápido que cualquier plan de estudios.
Quizá el problema no es estudiar más años. Quizá el verdadero problema es seguir enseñando como si el mundo todavía funcionara igual que hace veinte años.
Verdadera innovación
Durante años, la industria automotriz vendió la idea de que el futuro llegaría envuelto en baterías, pantallas táctiles y devoción hacia los autos 100% eléctricos. Pero la realidad mexicana terminó por incomodar a los evangelistas de la movilidad perfecta.
Por otra parte Toyota, encabezada en México por Guillermo Díaz y Takaaki Kuga, fue la compañía que entendió antes que muchos que la innovación no consiste solamente en construir el automóvil más futurista, sino en desarrollar la tecnología que millones de personas realmente pueden usar.
Sería muy chido usar vehículos eléctricos en ciudades con infraestructura de primer mundo, pero recorrer carreteras mexicanas y encontrar un cargador es como hallar el Santo Grial.
La conversación pública se obsesionó con los autos totalmente eléctricos, pero Toyota decidió apostar por los híbridos eléctricos. Una decisión menos glamorosa para los fanáticos del futurismo instantáneo, pero mucho más aterrizada para nuestro país con infraestructura de carga limitada, desigual y concentrada en ciertos corredores urbanos. Menos discurso aspiracional y más lectura del mercado real.
Por eso en 2025, Toyota alcanzó ventas récord en México con 126 mil 358 unidades, de las cuales 46 mil 678 correspondieron a híbridos eléctricos. Además, desde que introdujo esta tecnología hace 15 años, acumuló alrededor de 230 mil unidades híbridas vendidas en el país.
Muchas industrias olvidan que la transición no ocurre al ritmo de los discursos corporativos ni de las tendencias en redes sociales, sino al ritmo de la infraestructura, del bolsillo y de los hábitos de consumo. Pedirle a millones de mexicanos que cambien radicalmente su forma de movilidad sin garantizar condiciones mínimas de operación es una estrategia ineficiente.
Pero la compañía japonesa también evitó apostar todo a una sola carta. Su visión multitecnológica incorpora híbridos eléctricos, híbridos conectables, vehículos eléctricos de batería e incluso modelos impulsados por hidrógeno. Así reconoce que no todos los mercados avanzan igual ni todos los consumidores tienen las mismas necesidades.
Así Toyota entendió que la innovación útil vale más que la innovación espectacular. El verdadero negocio de la movilidad sostenible no consiste únicamente en imaginar el futuro, sino en lograr que pueda circular hoy por las calles del país sin quedarse varado.
Infraestructura líquida
La crisis hídrica mexicana ya dejó de parecer problema ambiental y comenzó a comportarse como junta de consejo financiero. En el México Water Forum 2026 quedó claro que salvar agua ahora también exige convencer a los inversionistas. Juan Pablo Rodríguez, director de RSA (Rotoplas Servicios de Agua), lo resumió sin decir que existe tecnología y capital, pero falta convertir la necesidad en negocio rentable. Unos siguen atrapados entre fugas y discursos reciclados y otros ya migran hacia modelos donde no compran infraestructura, sino servicios permanentes de tratamiento, reúso y automatización de agua. La infraestructura líquida dejó de ser tubería, ahora también es modelo financiero.
*Columnista y comentarista
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