De frente a la angustia. Durante las últimas horas hemos observado una marea de procederes radicales y violentos por las desapariciones de los 109 fideicomisos que representan un total aproximado de 68 mil 478 millones de pesos, los cuales incluyen un fondo de apoyo a la cinematografía, además de otros apoyos a la ciencia, por no mencionar los de salud y medioambiente, bases económicas que se perderán en la opacidad de su manejo inmediato. Las conversaciones al respecto, las diatribas y encontronazos entre diputados sobre la tribuna que terminaron a golpes, lo cual se asemeja más a las riñas cotidianas en los tinglados políticos asiáticos que se televisan para el divertimento de todo el orbe. El llanto y los lamentos de artistas e intelectuales también se ha hecho escuchar con justa razón.

Como alguien que ha hecho de la cultura una forma de vida, que ha trabajado desde esa plataforma intelectual a lo largo de casi tres décadas, puedo compartir el profundo desencanto por la muerte de estos fideicomisos porque, si los dimensionamos apenas desde la superficie, fueron ahorros generados a lo largo de más de 30 años. Sin necesidad de ser matemáticos, sabemos que eso implica que a partir de estas fechas necesitaríamos otras tres décadas, si no es que cuatro, para volver a lograr los ahorros existentes, muchos de nosotros no estaremos vivos para ver la recuperación de esos fondos que lo mismo atienden desastres, que dan voz y rostro a la cultura, la ciencia, el turismo, la infraestructura y las acciones transversales entre organismos internos del poder que necesitaban de esas bases económicas para no mermar el gasto líquido.

Criticar al Poder en turno se convierte cada día más en una postura de lugares comunes de la cual es difícil escapar y eludirla del todo, pues de manera cotidiana el ejecutivo brinda miles de aristas que atacar y esgrimir para intentar darle coherencia a lo que está ocurriendo en el país. El ejecutivo, ese hombre sobre el estrado, sin duda tiene una capacidad avasalladora para modificar agendas, darte trabajo que te mantenga entretenido sin llegar al fondo de ninguna problemática en sí; el presidente hace las veces de un boxeador mañoso en su estrategia como lo fuera Cassius Clay , sobre todo en su combate contra George Foreman en la batalla denominada " The Rumble in the Jungle ", en la República del Congo antes conocida como República de Zaire . La estrategia de Clay fue sencilla: agotar al oponente y utilizar su agresión, llamémosla “radicalismo”, sobre el cuadrilátero para vencer a Foreman.

La analogía boxística es ideal para este momento pues medios, periodistas, escritores (que no comentaristas de ocasión en redes sociales, error común de la intelectualidad mexicana), todos estamos entrando en una fatiga mental ocasionada por el gran cúmulo de batallas abiertas en las trincheras cada vez más debilitadas. Sobre el cuadrilátero del país, el pueblo (juez y verdugo) está perdiendo, lo cual se asemeja más a un pronóstico de proporciones psicológicas indeterminado, a una enfermedad del pueblo total. La estrategia desde las esferas del poder, valga la metáfora clínica, apela más a una lobotomía masificada que ata de manos y de pensamiento al pueblo cuya estrategia consiste en curarnos de la enfermedad emocional de ejercer la crítica como debe ser. Gottlieb Burckhardt , António Egas Moniz y Walter Freeman , los padres del procedimiento entre el siglo XIX y XX estarían felices de ver la consolidación de su técnica de amansamiento ejercida sobre el pueblo y a partir de éste.

En diversas ocasiones he abordado en esta columna la nula capacidad crítica que, aunque no la generalizo, por los menos está latente en un alto porcentaje de la población sin importar clases sociales, niveles académicos o intelectuales. Pareciera que, como miembros de este concepto de lo que es México, no estamos preparados para cuestionar, sino que apelamos a partir de nuestra herencia romántica, que se confrontaría a profundidad con la tradición francesa, de ejercer el diálogo y la defensa de los ideales, no con el intelecto sino con el corazón. Por romántico que esto parezca es el diagnóstico que resalto.

A lo largo de más de un siglo, las corrientes marxistas, comunistas e idealistas de la igualdad de clases han predominado en gran parte de la cultura del centro del país. Figuras como Leon Trotsky , en su momento abrazado por intelectuales como Diego Rivera , que intercedió con el presidente Lázaro Cárdenas para que se aceptara su exilio en el país, dotó de un halo imaginario la lucha e igualdad de clases, algo inusitado para un país que se dirigía hacia el modelo de estabilización de la lejana posguerra europea que comenzaba a tomar forma con Cárdenas, pasando por Manuel Ávila Camacho , Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines , mientras que en el mundo se tramaban las revoluciones a mediados del siglo XX, en el árido escenario geopolítico de la Guerra Fría .

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, por supuesto, ocurre debido a un hartazgo de la población; es la idea del lugar común que todos hemos escuchado en más de una ocasión y es el argumento ideal que se esgrime en las tertulias familiares y en los foros de discusión política. Sin embargo, el arribo del tabasqueño a la presidencia se dio gracias al nulo ejercicio crítico de la población acerca de la figura que se presentaba como la mejor opción. Con esto no apelo ni pretendo ensalzar al resto de los candidatos presidenciales del momento, no obstante, decir que López Obrador era la “opción menos peor”, no nos edifica como cultura.

La pasión idealista política del pueblo mexicano dominó a la pasión intelectual y definida que debió imperar. Lo cual nos está conduciendo a un radicalismo acrítico donde impera la irracionalidad. Es bastante triste y deplorable la desaparición de los fideicomisos que se presume ahora llegarán de forma directa a los beneficiarios. Lo dudo. Como ejemplo, la semana pasada hablé acerca de diversos programas de cultura como “ Cultura Comunitaria ” y “ Milpas Culturales ”, entre otros, donde el dinero se ha entregado directamente a los beneficiarios rindiendo frutos (apelando a la metáfora de la tierra) nulos y opacos en su funcionamiento que rayan en la corrupción por su entrega a la palabra. Ese es el destino anunciado de los fondos de los fideicomisos.

El día de ayer, afuera de la Cámara de diputados , mientras se votaba por la eliminación de los fideicomisos, y dentro de las instalaciones, científicos, creadores y otros líderes de iniciativas privadas, lanzaron desconsolados sus clamores de dolor por la estocada del rejonero ejecutivo que daba el último puyazo al patrimonio económico de las artes y la ciencia en el país. Si bien no es momento de señalar a nadie, sí es momento de recapacitar en el voto. No se vota con el corazón, sino con la frialdad del intelecto. La gran mayoría de quienes hoy estamos en contra de esos cambios a la lógica funcional del gobierno no estaremos vivos cuando se logre de nuevo esa estabilidad económica de los programas que hoy se perderán. La debacle económica hacia la cual se dirige el país no la vivirá el presidente en turno, sino el próximo ejecutivo. Encrucijada sin salidas.

En cinco años escucharemos “nosotros dejamos el país bien, pero los nuevos lo echaron a perder”. Hace dos años, López Obrador declaró que “recibía a un país estable y en buena forma”, hoy reniega de esa declaración. Las tautologías políticas son por demás divertidas en su tragedia.

No es momento de apuntar y castigar a quienes en su clamor por la justicia y dignidad, votaron con el corazón. Se vale equivocarse. Se vale llegar al estrado de la Cámara de diputados y llorar porque se esfuman las bases económicas que daban solidez a los fondos que le daban rostro y presencia a la ciencia y las artes del país. Duele, por supuesto, duele aún más la incapacidad de ser críticos y radicales. En 2018 estuve presente en más de una reunión con la actual secretaria de Cultura que prometía el paraíso en la tierra para los artistas. En dichas reuniones se ensalzaban los grandes errores de las administraciones pasadas que, dicho sea de paso, ayudaron a crear el aparato cultural más importante de Latinoamérica y el mundo que hoy va en picada. Es un hecho. Los creadores apasionados se dejaron deslumbrar por algo tan terrenal como el dinero, la igualdad y la justicia… pues todos y cada uno de estos pedían dinero sin crear o postular propuestas. Hoy estamos frente a un panorama curioso ante el exterminio de los fideicomisos; en efecto se logrará un cambio obligado que no propiciará ni la igualdad ni la justicia, pues el dinero será manejado a discreción.

Lorena Ruano

lanzó anoche una defensa en contra de la desaparición de los fideicomisos. Creo que el mejor argumento consistió en abordar la desaparición de la autonomía de los libres pensadores . Insisto en el pueblo que navega hoy en la lobotomía. Comentó también que hoy hay científicos y artistas críticos que se oponen a las desapariciones de los fideicomisos porque tirarán a la basura el trabajo de investigación de años, lo cual daña el progreso científico de México. Ante ello, solo deseo sumar que, previo a 2018, debimos ser críticos en esto y no sólo confiar en las promesas. Fue Enrique Peña Nieto quien se comprometió a cumplir ciertos compromisos con notario público como testigo. Podemos mofarnos de la forma, pero el mensaje que daba en su momento era de certidumbre porque nadie confiaba en su palabra. La pregunta fundamental que se plantea a los científicos, creadores, cineastas y líderes sociales es: ¿Qué los hizo creer en la palabra de un personaje que, como gobernante en su momento en la Ciudad de México, se mostró incapaz y opaco en procederes, y cederle su confianza pese a todo? ¿Quién no ejerció su capacidad de discernimiento?

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