La reciente visita de Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum al Vaticano ha suscitado un interesante debate sobre la interacción entre la fe y la política en México, un país donde el 77% de la población se identifica como católica. Este encuentro entre la religión y la esfera pública plantea importantes reflexiones en torno a la separación entre la religión y la política, así como sobre el manejo de la imagen ante los votantes. Para algunos observadores como Javier Tello, la presencia de Xóchitl Gálvez ante el Santo Padre se interpretó como un encuentro personal entre una mujer de fe y su líder espiritual. Por otro lado, el encuentro de Claudia Sheinbaum con el Papa fue percibido como una manifestación de su liderazgo político. No comparto del todo la idea de Tello. Ambos personajes, amén de la discrepancia en la fe, son piezas políticas de la maquinaria de México: la primera como senadora y la segunda como jefa de gobierno. En el más burdo sentido, el ejercicio de ambas fue posicionar su imagen frente a comunidades que piensan que serán movidas por la razón de la fe; la ronda de ambas ya inició con al acercamiento hacia los grupos evangélicos que, por cierto, son los más allegados al poder en este momento.

Ese 77% de católicos equivale a poco más de 90 millones de mexicanos y, por su parte, hay 14 millones de protestantes en nuestro país. Ahora bien, según datos del Center for Applied Research in the Apostolate, de la Universidad de Georgetown, tan solo un 47% del total mencionado asisten a misa. Así, de esa base [no de fe, sino electoral], es posible que apenas un 10% acuda a las casillas ante la presión, o no, de sus sacerdotes locales, como ya ocurrió en las elecciones del 2021, cuando algunos presbíteros fueron exhibidos impulsando el voto razonado.

Desde el acercamiento de Luis Echeverría con el Vaticano, representado por la figura de Pablo VI [cuando los números del catolicismo rondaban el 95% total en el país], se ha dado una suerte de alergia hacia Dios representado por una sola iglesia. La pluralidad de la fe, como si de democracia habláramos, se ha fragmentado y ha consolidado su ejercicio político. Un solo Dios estampado como un rizoma en la fe-política de los mexicanos.

Sin demeritar el simbolismo o la instrumentalización de la fe, la presencia de Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum frente al Papa será una herencia más de las memorias de esta contienda política. En lo personal, mi decisión de voto no se altera por este encuentro, pues me parece innecesario e irrelevante el ejercicio de las candidatas. Como acto de relaciones públicas está dentro de una norma insertada en la comunicación política. Por desgracia, fuera de eso, ambos aparatos de gobierno, el Vaticano eclesiástico y el gobierno democrático, son órganos políticos colmados de corrupción a lo largo de los siglos, espejo nutrido de identidad conjunta.

Las fotografías de líderes políticos en épocas electorales, llevando el pensamiento hasta un lindero de interpretación, rompe con el estado laico al que pertenecemos, lo cual, por definición, atenta contra la democracia del país por inmiscuir a la iglesia en los márgenes de la vida política nacional. ¿Qué pensaría Benito Juárez? Immanuel Kant definió que la fe es un asentimiento subjetivamente suficiente, pero con conciencia de ser objetivamente insuficiente. Política y religión se sustentan en una fe que supone lo mejor para la gente a partir de una idea suprema que es tanto Dios como la democracia.

La crítica hacia Claudia Sheinbaum de que, por su condición de judía, no debió presentarse frente al Papa es irrelevante porque ella sirve a una fuerza superior y metafísica como apunta el presidente de la república: a la gente. Si no entendemos que en estas contiendas electorales hablamos de divinidades y no de personas, no entendemos la realidad del país. Este ha sido el sexenio del maniqueísmo, de unos y otros, personas de bien y demonios, de enfermedades que solo atacan a los pecadores y corruptos, encarnado el mal en la figura de Xóchitl Gálvez. Dicen que en política lo que no estorba es útil, pero la fotografía con el Papa es generacionalmente inútil.

Así pues, considero que si ambas candidatas se hubieran reunido estado por estado con madres buscadoras, generando mejores compromisos viables, cualquiera de las dos habría fortalecido un canal de justicia ligado tanto a la democracia como a Dios, porque las madres que buscan a sus hijos persiguen siempre un milagro doble: la atención del gobierno y la gracia divina… ambos pilares de nuestra cultura.

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