Parto de una declaración que debería ser obvia, pero no lo es: incorporemos de una vez la sigla IA a nuestro vocabulario, porque vamos a necesitarla para nombrar lo que ya nos está dañando. Este texto se basa directamente en el informe Top Risks 2025 de Eurasia Group, que sitúa la Inteligencia Artificial entre los principales riesgos globales del año. No es alarmismo: es diagnóstico. Mientras los evangelistas de Silicon Valley venden utopías de productividad infinita y liberación cognitiva, la sociedad permite que la IA de consumo masivo se convierta en el mecanismo más eficiente jamás diseñado para extraer valor humano a escala industrial.
Según el propio informe, solo el 10 % de las empresas estadounidenses usa IA para producir bienes o servicios reales. Los modelos más avanzados de la IA alucinan sistemáticamente, confunden hechos con ficción, destacan en tareas estrechas y fallan de manera impredecible en el resto. Son tecnología inmadura, caprichosa y peligrosamente sobrevalorada. Esa brecha entre la propaganda y la entrega genera una presión insostenible. Hoy, las empresas de modelos de IA se preparan para sus salidas a bolsa en 2026 y 2027 y necesitan convertir la fiebre especulativa en ingresos reales. En ausencia casi total de regulación, el incentivo es brutalmente simple: exprimir al usuario a través de publicidad incrustada en conversaciones, recomendaciones manipuladoras, algoritmos diseñados para maximizar el tiempo pegado a la pantalla, aunque eso genere ansiedad, adicción y fragmentación psicológica. Ya lo vivimos con las redes sociales. Pretender que esta vez será diferente es complicidad disfrazada de optimismo.
Las redes sociales pasaron de conectar a envenenar. Hoy casi la mitad de los jóvenes preferiría que nunca hubieran existido, pero los costos de salirse de las redes son tan altos que permanecen atrapados dentro de ellas millones de usuarios de todas las edades. La IA repite el patrón, pero con mayor velocidad y profundidad. Las redes capturaban atención; la IA moldea la conducta, filtra la percepción y se hace pasar por compañero íntimo. Un chatbot que simula empatía puede convertirse en confidente, terapeuta o pareja emocional. Cuando su objetivo real es retener al usuario y cosechar datos, la relación es parasitaria: el humano deja de ser cliente y pasa a ser materia prima.
El precio se paga en autonomía, privacidad y capacidad crítica. Un algoritmo que detecta vulnerabilidades las explota con precisión quirúrgica, y la frontera entre consejo y publicidad se borra por completo. Lo más intolerable es la ausencia absoluta de controles éticos. Cientos de millones de personas —sobre todo adolescentes— son sometidas todos los días a experimentos psicológicos a gran escala sin ensayos clínicos, sin supervisión independiente, sin consentimiento informado real. Si una farmacéutica hiciera lo mismo con un fármaco que altera el ánimo juvenil, habría escándalo global, sanciones y cárcel. Aquí no pasa nada. El estándar ético es nulo.
Los datos del informe Eurasia Group son demoledores: el 42 % de los estudiantes de secundaria estadounidenses admite que ellos o sus amigos usan IA para relaciones románticas, compañía emocional o soporte de salud mental. Estamos criando a una generación que aprende a vincularse con máquinas optimizadas para la adicción, no para la madurez humana. Los daños cognitivos son igualmente graves. La IA elimina la necesidad de concentración sostenida, refuerza la fragmentación atencional y erosiona la capacidad de lectura profunda y pensamiento crítico.
El riesgo mayor no es una superinteligencia hostil, sino una sociedad con menor resistencia intelectual y mayor docilidad ante la manipulación. La democracia
deliberativa se deshace cuando la ciudadanía pierde capacidad de reflexión autónoma mientras unas pocas empresas acumulan poder sin contrapeso.
Asimismo, es irónico que China, con su autoritarismo tecnológico declarado, imponga restricciones aún más duras a la IA de consumo masivo. Xi Jinping la llama “opio espiritual” y la limita para preservar estabilidad y productividad. En Estados Unidos, la administración —íntimamente ligada a Silicon Valley— prioriza el crecimiento del sector sobre cualquier consideración de costos sociales. La inversión de valores es completa. La IA, pues, podría tener aplicaciones útiles en biotecnología, robótica o materiales, pero ese potencial queda subordinado a los imperativos de monetización inmediata de los gigantes del consumo.
La combinación de expectativas infladas, presión financiera y vacío regulatorio garantiza que los costos sociales se impongan primero y los beneficios —si llegan— se repartan después, y solo para unos pocos. No hay salida fácil. Exigir pruebas clínicas, transparencia algorítmica, prohibición de publicidad encubierta y límites estrictos a la recolección de datos es necesario, pero insuficiente mientras el poder económico y político siga concentrado en las mismas manos que crearon el problema.
La IA ya está redefiniendo la experiencia humana, y lo hace principalmente para convertir cada interacción en ganancia privada. Si no se frena con la misma severidad que aplicamos a fármacos o automóviles, el resultado será una sociedad más dependiente, monopolizada por las grandes corporaciones, más manipulable y vacía. Entramos ya de lleno a la era de la monopolización de la humanidad, por el territorio del alma y el pensamiento. Me extenderé más en la siguiente entrega.

