Meditaciones en torno al circo digital, segunda entrega

Hugo Alfredo Hinojosa

I. En el mundo digital rara vez llegamos a entender bien a bien dónde se inicia el movimiento que puede o no jugar en nuestra contra. En el último lustro es normal que cada año se publiquen por lo menos uno o dos videos con celebridades, cineastas, escritores, libreros, líderes sociales, entre otras figuras donde aparecen en escala de grises con voz afectada y silenciosa, arrojándonos a la cara algún crimen cometido, una injusticia, alguna postura política o iniciativa social. Por supuesto que es válido y se deben atender las problemáticas que nos afectan o no a todos; pero la pregunta es ¿a quién le hablan? En alguna ocasión lancé esta pregunta en redes sociales y una activista me contestó que “cada quién lucha desde su trinchera”, pero el mundo digital, por vasto que parezca, atiende a una diminuta fracción de los seres humanos, por tanto la trinchera es ínfima. Si haces activismo a favor de las comunidades pobres en la sierra Tarahumara, por ejemplo, tal vez estos últimos deberían estar informados para no sentirse utilizados, porque, de otro modo, el majestuoso video en blanco y negro se torna en un objeto exótico e ilusorio que explotan las “buenas conciencias” que no viven el agravio por el que pretenden luchar en esas reuniones donde obtienen la validación social citadina.

II. Cada día que pasa nos alejamos más de nuestra naturaleza, lo cual es un peligro. Si negamos nuestras pasiones, terminaremos convertidos en seres pusilánimes que harán de una cueva su hogar. No somos ni seremos una comunidad porque en la médula de nuestra existencia somos animales salvajes que luchan por sobrevivir e intentamos, a nuestro pesar, domesticarnos como idiotas al vivir de lleno, hablar de lleno, pensar de lleno con las reglas del mundo digital, donde la imbecilidad es aplaudida y el valor se diluye en diatribas contra el día soleado que no debe asomar por la ventana porque no deja ver la pantalla.

III. Considero que estamos en un momento enrarecido en el cual la frase imperativa es que: debemos estar del lado correcto de la historia. Confieso que al nombrarlo como “lado”, me pierdo en la terminología y no sé cuál es; y tampoco sé si realmente quiero formar parte de eso, por lo menos de manera consciente. Es interesante descubrir cómo el orden natural de las cosas, de los discursos, se va modificando gracias a una suerte de revisionismo moderno que todo lo reordena y somete al escrutinio público, pasado por el tamiz del estadio digital que pronto toma protagonismo en el mundo real convertido en normas políticamente aceptadas que someten a la libertad, no conceptual sino práctica. Con este revisionismo se anulan las posibilidades de polemizar acerca de un tema debido a que toda palabra fuera de la norma infiere error.

IV. Aunque el argumento de “solucionar las cosas desde otro lado” es vacío y no significa nada; entre políticos, celebridades y gente del espectáculo que opina, es la herramienta ideal de escape que les brinda la libertad de expresión. Está al nivel del “yo no sé, pero algo debe hacerse”. Si no sabes nombrar lo que propones, no tienes idea de lo que defiendes, y hay que tener cuidado porque entonces el esfuerzo por denunciar es vano.

V. ¿Son nuestros objetivos y deseos más importantes que los sueños del otro, que los privilegios del otro? Es una pregunta válida que debemos hacernos cuando el duende de la corrección política, el activismo, la ejecución artística y empresarial, toque a nuestra puerta y nos pida ser honestos eliminando las bohemias y el lenguaje inclusivo. El privilegio equipara su accionar con una antropofagia social curiosa pues la frase “el hombre es un lobo para el hombre” define de lo que se trata ser humano a pesar de los demás. Pero no debe existir la culpa… ése es el acertijo.

VI. Me interesa ahondar en el juego de las palabras que construyen ídolos, generan privilegios sobre personajes áridos, dan poder a los bufones vueltos mesías. Quienes hayan padecido por las dinámicas de confrontarse con seres mejor posicionados en el mundo, aquellos que hacen del privilegio su carta de presentación y razón de ser, entenderán que el engaño es una de las herramientas fundamentales para eliminar todo rastro aparente del juego de jerarquías desde el privilegio.

VII. Cuando hablo en otras columnas del agotamiento o fatiga intelectual me refiero también al vértigo propagandístico del que formamos parte (a veces de manera inconsciente y en otras consciente) disfrutando del momento en su embriaguez. Me he sorprendido en más de una ocasión actuando de manera instintiva, sin razonar de inicio las problemáticas que deseo explicarme al escribirlas. Es una tarea fundamental. Ser fiel a uno mismo y apartarse de la manada debe ser un ejercicio cotidiano, de lo contrario, nos volvemos irracionales por la seducción de formar parte de la maquinaria, ese imperfecto engranaje donde respiramos y vivimos. Ser aceptados es nuestro demonio contemporáneo como suma a “el carácter es el demonio del hombre”.

VIII. Al ver el panorama actual, y no me refiero sólo al político, tengo un sentimiento profundo de formar parte de un espectáculo sin precedentes orquestado a la perfección y sobre el cual no existe un control establecido. Escuchar las diatribas generalizadas de los medios de comunicación más las voces iracundas del pueblo y el discurso autómata político es demasiado ruido; un casino intermitente que aleja de nuestra naturaleza las ideas que nos dan identidad. Esta nueva “Teogonía” mecánica, además de digital y merolica, está bastante alejada de los principios de Hesíodo en su concepción lógica de los dioses mitológicos. Hoy todos somos dioses, lo cual es un problema porque compartir la fe entre tantas divinidades automáticas tarde o temprano nos convertirá en herejes radicales.

IX. Al no reconocer la hipocresía de nuestros procederes sociales y morales, caemos en la trampa de la artificialidad cual plañideras, lloramos las causas de otros sin sentido alguno con el mero objetivo de jugar el rol de “buena gente”, pero formando parte del problema que pretendemos erradicar. Demasiadas buenas conciencias comprometidas con no comprometerse. No somos virtuosos como sociedad, nuestras verdades pueden significarse más en la mentira articulada e instrumentada… El crimen y la corrupción forman parte, por supuesto, de esta sociedad tan democrática y madura a la que pertenecemos. Antes de llorar valdría la pena pensar si verdaderamente duele eso por lo cual sufrimos, o si tan sólo jugamos a ser parte de la avanzada progresista que busca la notoriedad siempre vestidos de manta.

X. Mientras entendamos la Corrupción como el mero acto de delinquir seguiremos remando en el fango. Aceptar que nuestras virtudes son fallidas es impensable, lo cual es un error trágico. Ante la pregunta: “¿Es usted corrupto?”, valdría la pena contestar: “Bajo qué contexto”. No tengamos pena… no podría lanzar la primera piedra.

XI. El pueblo, nuestro pueblo, los pueblos, consideran que las clases medias y altas son corruptas por su posición y por las prácticas ejercidas para lograr la riqueza virtual; aunado a esto, las acciones empresariales y políticas no ayudan a desmitificar esta noción que puede ser un tanto pedestre. Por su parte, las clases privilegiadas argumentan que la falta de educación de los individuos en pobreza o pobreza extrema es uno de los motivos que potencian la corrupción en esos estratos. En ambos casos las clases sociales acuñan y llevan a la práctica, sin miramientos, actos de corrupción según sus postulados morales y éticos; en este sentido, lo mejor es no apostar por los baños de pureza. Defender desde nuestra más profunda condición social que la Corrupción como idea no forma parte de nuestra cultura y de la cultura mundial es pecar de idealistas.

XII. Desde Aristóteles, sólo para ceñirnos al canon, la corrupción ha formado parte de la discusión política que se conceptualizaba desde la descomposición del hombre del pueblo que tiene deseos impostergables. Dicho de otra forma, el hombre se corrompe en su moral, la ética es un solo quebranto más o la eliminación de una barrera para lograr los deseos individuales más profundos.
Maquiavelo en su libro “Discursos sobre la primera década de Tito Livio” comenta que no existe una sola definición de Corrupción.
Asimismo, considera que para definir la Corrupción se debe estudiar la moral relacionada con las pasiones e intereses del individuo por poseer cosas, poder, riqueza. La Corrupción entendida no como herencia sino como una pasión encorsetada. Para Auguste Comte el Estado en sí mismo es un canal que invita a la corrupción arropada por su sistema organizacional, por las pasiones de los individuos que lo conforman. Si la corrupción corrompe y pervierte, perdemos pues toda virtud de la cual echamos mano para lograr la honorabilidad social que nos mantiene unidos a un círculo, grupo o generación, aunque esto es falso.

XIII. El concepto de “Corrupción”, según el diccionario de la Real Academia Española, se define como: la acción o efecto de corromper o corromperse; vicio o abuso en las cosas no materiales; práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellos en provecho, económico o de otra índole. Asimismo, “Corromper” significa: alterar o trastocar la forma de algo; sobornar a alguien con dádivas; pervertir a alguien; echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo. ¿Entonces de qué hablamos cuando hablamos de corrupción? ¿Qué acepción preferimos? Mejor aún ¿qué significa corrupción para el aparato de gobierno que nos rige en este momento? La corrupción es también, por desgracia, un juego de palabras, una declaración inequívoca que se ciñe a la regla que marca el poder en turno que ejerce sus vicios sobre el pueblo gobernado. La Corrupción es una traición a la fe, en el sentido más religioso y político del concepto, que anula idealismos y coloca bajo tierra las esperanzas de un pueblo. ¿En dónde estamos, mexicanos?

 

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