La transformación moralmente sadista

Hugo Alfredo Hinojosa

Marat/Sade”, de Peter Weiss, es una obra fundamental de la literatura dramática de la segunda mitad del siglo XX que hace una crítica a la revolución francesa ataviada por el sentimiento humanista e ilustrado de fin del siglo XVIII, a través de la mirada ficticia del político Jean-Paul Marat, desde el punto de vista también artificial de Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, durante su estancia en el manicomio de Charenton. La pieza en sí misma es una meditación político-filosófica que, desde el escarnio, aborda la muerte de Marat por sus convicciones que entorpecen los deseos de otros políticos de su tiempo. Para lograr una meditación plena de la vida de Marat, Weiss recurre a la figura del Marqués de Sade y critica desde el absurdo los ideales del galo que no entendió, como lo hizo el autor alemán a través de Sade, que la política revolucionaria es parecida al acto de copular.
Así la representación Sade: escribe desde el manicomio la vida y obra de Marat que será representada por los enfermos mentales… el pueblo.

Marat (un loco), desilusionado del rumbo político de Francia y de sus líderes, lanza una diatriba espectacular en la representación teatral con la cual Sade narra la vida y obra del revolucionario que anuncia cómo se engaña al pueblo después de haber triunfado sobre éste: “no se dejen engañar; se les dirá que todo está bien aunque sea mentira; que no existe la pobreza, porque está bien oculta; se les hará creer en la ilusión del bienestar y la equidad, aunque esos mismos que los engañan poseen más que ustedes, y a sus costillas… no son sus pares. No se dejen embaucar cuando les den una palmada paternalista en el hombro y les hagan creer que no vale la pena hablar más de inequidades e injusticias y que, por tanto, deben dejar de luchar. Si ustedes les creen, ellos los habrán dominado por completo y los gobernarán desde sus casas lujosas y sus bancos de granito desde donde roban aún más, bajo el supuesto de dar libertad al pueblo. Así que tengan cuidado, porque cuando se cansen de ustedes, los harán pelear para distraerlos”.

Más tarde, Marat narra con desprecio cómo los políticos no pueden dejar de hablar del pasado, pues en eso radica su poder de manipulación. Se aferran a los errores, a las mansiones, a las riquezas y a todo aquello que puedan manipular frente a la mirada del pueblo para ganar su confianza. En ese justo instante interviene Sade en la representación de la obra y declara, cual bestia sin tacto, que Marat, al igual que el resto de los enfermos del manicomio, el pueblo ficticio y querido fue, es y será fornicado por la revolución que apoyaron.
El primero de septiembre de 2019, durante su “tercer” informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador declaró que los conservadores opositores estaban moralmente derrotados, y celebró la inexistencia de un bloque reaccionario con verdadera fuerza opositora. Hasta el momento se trata de una declaración divertida, por decir lo menos, y en efecto no hay oposición, por ahora no se vislumbra, lo cual es deprimente. ¿Qué es estar moralmente derrotados? Si nos detenemos a analizarlo desde la convicción religiosa del señor presidente donde sólo hay dos estados de la materia espiritual humana: lo bueno y lo malo, podríamos decir que los “malos” partidos y políticos perdieron, ante el poder iluminado de la transformación verdadera, toda oportunidad de luchar desde la virtud, y por tanto deberán pagar sus pecados de soberbia siendo repudiados por el pueblo. Se entiende perfectamente.
Desde esas declaraciones del presidente hace diez meses, el panorama nacional ha cambiado bastante. El hombre sereno que gobierna de blanco ha perdido la paciencia sobre todo al ser cuestionado en cada una de sus decisiones. La pandemia redujo al mandatario a un ser aparentemente inocuo con bastante poder (preocupante) y que tiene entre sus únicos logros una visita a la Casa Blanca con Donald Trump. Se trató de una reunión magnífica, pero simbólica, en la que nuestro presidente se comportó como un hombre inmoral y sin virtudes, lo cual lo convierte en un peligro. Si bien no dijo barbaridades, pues tampoco se le abrió el micrófono, ni se tomaron decisiones a la luz pública que valiera la pena reportar porque todo se hizo bajo la sombra, vimos en López Obrador a un individuo sin escrúpulos capaz de convertirse en el césped de las bestias. Vaya, nada que ver con el hombre bragado que inclusive escribió un libro para hacer frente al presidente estadounidense. A su regreso a México, adoptó de nuevo esa postura soberbia y triunfalista que sólo su séquito aplaude para no perder el fuero, como nuestro subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, otro inmoral. El único logro de ese viaje fue ver a López Obrador con cubrebocas.
La revolución que López Obrador se inventó se asemeja mucho a la visión sadista de Peter Weiss y sus personajes icónicos del siglo XVIII, lo cual es patético por ser cierto. Del monólogo de Marat acerca de la polarización, resultan impresionantes las certezas del discurso, pues la división del país preocupa y divierte a la vez, mientras vemos cómo el fanatismo aumenta a medida que incrementan las estupideces que se pronuncian desde Palacio Nacional. Hoy mismo, al tiempo que escribo estas palabras, el presidente declara que en México ya no existen las masacres, la tortura, la corrupción, entre otros tantos mantras matinales que tienen como objetivo quitar el foco a los problemas adornándolos con palabrejas… De nuevo Marat…

Es curioso ver cómo, en las últimas semanas, personajes allegados al gabinete del presidente como John Ackerman, Irma Eréndira Sandoval y Zoé Robledo (de Manuel Bartlett ni hablemos), muestran sus garras y riquezas desde un gobierno que profesa una austeridad republicana, y son esos mismos que apoyan la pobreza como una virtud y que aplauden las palabras del presidente que rezan: “es mejor heredarles pobreza (a los hijos), pero no deshonra”. Notable letanía que no aplica a la casta del mandatario. Así pues, siguiendo el orden mental del Marqués de Sade en la pieza de Peter Weiss, querido lector, atendemos la desgracia como ese pueblo que es violado por la revolución misma que ayudó a gestar, lo cual es deprimente y patético, porque se aceptó desde el sueño del cambio político. Nuestro presidente, que se mofa y presume que su oposición está moralmente derrotada, pierde de vista que al declararlos como seres morales les otorga la posibilidad de la redención que no vislumbra desde la cúpula del poder, pero él mismo, siendo un inmoral, no tiene problema en mentir y manipular.

Estoy bastante cansado de las obviedades, del pensamiento crítico que pareciera estar estancado y ya putrefacto porque toda súplica, demanda, bloqueo carretero, diatribas públicas entre partidos opositores, defensas ad hominem, escarnios, negaciones, mentiras y promesas, las he escuchado tantas veces que al parecer vivimos, no en una espiral, pues tendría una dirección, sino en un círculo vicioso. Lo que es peor, contra cualquier nueva petición o reclamo existe una respuesta que nunca es idónea ni efectiva. Es una falacia que López Obrador cambiará, que cualquier gobernante cambiará, que los ideales políticos de dominación cambiarán. ¿Acaso no podemos escapar de las obviedades? Al no ser una ciencia exacta, la política nos adentra en ese mar de lirismos y exaltaciones del alma que provocan que caigamos una y otra vez en la trampa discursiva del cambio, de los buenos y los malos.
Hagamos el ejercicio, para variar. ¿Señor presidente, qué se hará para combatir la violencia de género, el SARS-CoV-2, el cáncer infantil, el robo de combustible, el tipo de cambio del dólar, la recesión económica, la tala clandestina, entre otros problemas medulares? “Acabar con la corrupción, la respuesta es obvia, nosotros acabaremos con la corrupción, ‘antes’ se permitía, en la época de los conservadores neoliberales. La corrupción es mala, pero, o sea, digo, hay que ser buenos cristianos. No mentir, eso sirve mucho para combatir el Covid-19, las masacres ya no existen en México, nosotros apoyamos al sector de las mujeres…”. Puedo continuar escribiendo una y otra obviedad que hemos escuchado, no a lo largo de los últimos dos años, sino a lo largo de 20 años; un discurso que el pueblo atendió… qué triste.

Si nos apartamos de este sadismo de obviedades, estamos condenados a ser abusados por el gobierno (el presente o los futuros). Debemos abandonar esa zona de confort e intentar no permitirnos caer más en críticas pedestres, como esta misma puede serlo, porque en el ejercicio de tratar de apuntar los errores caemos en la trampa de no racionalizar el discurso cotidiano. ¿Cómo hacerlo? Hay que sacar de sus casillas al presidente, a los mandatarios, hay que hartarlos, confrontarlos, la infantil y vieja estrategia del “quiere llorar” repetido ad nauseam es infalible, descolocas al orador y en su ira terminará por revelarte sus propósitos, por aceptar su despropósito. Sólo pensemos en la gran cantidad ocasiones en las cuales, al sacar a López Obrador de su zona de confort, pierde los estribos y comienza a ser aún más reiterativo. Si algún reportero se lo propone, puede hacerlo rabiar, entonces sería divertido ver cómo su inmoralidad saldría a relucir.

Hugo López-Gatell, por ejemplo, ya comenzó también a ceder a la inmoralidad presidencial, a portarse como un ser ruin que contabiliza muertes sin aceptar derrotas. Apenas hace un par de semanas, la hermana y el hermano de mi madrina murieron a causa del coronavirus. No pudieron ser atendidos, fallecieron, en pocas palabras, ahogados, y forman parte de esa estadística fatídica que no tiene importancia. Viniendo de una familia donde existen los médicos al por mayor puedo decir con conocimiento de causa que el Dr. Gatell olvidó su labor como humanista y cedió su espíritu al breve deleite del poder. Eso es ser inmoral… como lo es también tener a los padres de niñas y niños con cáncer a las afueras del palacio nacional y no recibirlos, como lo es brindarle la mano al criminal.

Me molesta bastante escribir una y otra obviedad porque, al hacerlo, sucumbo ante el hartazgo y deseo no hacerlo más; deseo dejar de criticar todo aquello que considero está mal con datos certeros en la mano; sin embargo, agotar a los críticos también es una estrategia perfecta para mantenernos en silencio. López Obrador y su transformación están moralmente derrotados. Si no lo creen, basta con ver los gritos desesperados de sus videos desde los restaurantes pidiéndole a la gente que reactive la economía mientras la pandemia no cede. Es un hombre inmoral que les pide marchar a la muerte mientras, en palabras de Hugo López-Gatell, ni él ni el presidente corren peligro, sino nosotros, ese pueblo del que dependen para detentar el poder. No perdamos de vista algo: el actual gobierno lleva dos años al mando. Para este momento, ya cosechó un pasado suficiente para poder asestarle la misma estrategia que utiliza el presidente con gobiernos anteriores: exponer y exponer, no exonerar, no darle tregua, como hacen los boxeadores, golpear las bases una y otra vez para que finalmente caiga la cabeza.
 

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