La república amorosa

Hugo Alfredo Hinojosa

No pretenda tocarme, señor, aquí no hay nada sino viento. Luego el silencio. Esta es una confesión de dolor, de un amor imposible entre el músico y compositor, ícono de la viola da gamba Monsieur de Sainte-Colombe, y el espectro imaginario de su mujer fallecida que lo visita noche a noche mientras toca su viola e intenta imitar con sus melodías el lamento de los muertos. Esta breve e inolvidable escena es de “Todas las mañanas del mundo”, del novelista francés Pascal Quignard, que después llevó al cine Alain Corneau. Tanto la novela como el filme, son obras maestras que abordan el concepto del amor desde la imposibilidad de poder nombrarlo, apenas sentirlo, hasta la médula.

Disculpen mi atrevimiento. La escena más romántica y sensual de la literatura universal la escribió el escritor japonés nacionalizado inglés, Kazuo Ishiguro, en su obra “Lo que queda del día”, que cobra vida gracias al director cinematográfico James Ivory y que reúne al viejo mayordomo de un aristócrata con una ama de llaves que lo descubre en la privacidad de su estudio leyendo novelas amorosas so pretexto de enriquecer su vocabulario. El mayordomo descubierto oculta el libro que la ama de llaves, enamorada del caballero, le arrebata con supra delicadeza mientras sus rostros guardan cinco centímetros de distancia, sin romper las formas. El mayordomo se sonroja, y ella no tiene más que decirle a un hombre descubierto en su fragilidad espiritual.

Vale la pena releer ambas obras y escudriñarlas no únicamente por el discurso que he reducido a propósito del amor (¿acaso negaríamos esa pasión al pie del cadalso?), sino porque en ellas subyace el espíritu del deber y la obligación social que le debe el pueblo al estado monárquico o político y no al revés.

Monsieur de Sainte-Colombe, un hombre descrito como un ermitaño que se dedica a componer sus centenares de piezas, y dar algunas clases y recitales, se ve atacado por un clérigo de la corte de Louis XIV quien, al escuchar acerca del virtuosismo del maestro, lo urge a pertenecer a la corte del rey porque, de lo contrario, su talento mismo no tendrá más valor que el aroma fétido de los peces muertos de los mercados. Ante las declaraciones del abate, Monsieur de Sainte-Colombe monta en ira y lo corre de su casa a empujones. La venganza es sólo una, nunca más vuelve a dar un recital, ni llegan los alumnos a su puerta. El rechazo al poder lo sumerge en la desgracia.

La vida amorosa del mayordomo y el ama de llaves ocurre durante un periodo de coqueteo entre la aristocracia inglesa con la diplomacia prebélica del Fürher en el denominado período Europeo de la Realpolitik, pragmatismo político dicho de otra manera, posterior a la primera guerra mundial. Según la novela, en ese instante, al menos un grupo determinado de la aristocracia inglesa se inclina a participar en la alianza entre Alemania e Inglaterra frente a las naciones europeas, decisión anárquica sucedida por la Segunda Guerra que lleva a la desgracia a los miembros de ese círculo de Lores fariseos de la patria. Una de las escenas aborda a la perfección el retrato de la clase trabajadora respecto a la  política-empresarial. Un aristócrata le lanza al mayordomo una pregunta tras otra acerca de la diplomacia y gobernabilidad, pero éste no responde pues no es de su competencia. El final es magnífico: “¿Cómo podemos dejar que esta gente tome decisiones por el país si no tienen idea de nada?”, cuestiona el burgués para humillar al mayordomo.

Hace unos días, en este mismo espacio, escribí que “ignorar al pueblo mismo es vencerlo, contrarrestar su voz, castrarlo de raíz, aplicando el desprecio como herramienta de sometimiento, porque en este acto de ninguneo anida la esperanza de ser escuchados”. Continúo defendiendo esa tesis, no cederé y me llamó la atención la gran cantidad de agresiones en contra de estas palabras, me divirtió sobre todo pensar ¿dónde quedó la ‘república amorosa’? ¿Acaso no era esa la tesis del libro “Hacia una economía moral”, publicado por nuestro presidente, con la cual pretendía y cito: “cultivar los mejores sentimientos y actitudes con nuestros semejantes […] regenerar la vida pública de México, mediante una nueva forma de hacer política”?

Apelando a las palabras de Lee McIntyre, soy honrado en mis análisis, pero no puedo prometer ser ecuánime sobre todo cuando, como individuo del pueblo, percibo los errores que se cometen en aras del bienestar y progreso ficticio de los proyectos del actual gobierno que, aclaro, me incomoda en sus prácticas de la misma forma en que otros lo hicieron. Estoy convencido de que le damos demasiada importancia al presidente, yo el primero. Sería mejor fiscalizar a los miembros de las cámaras que, al igual que el primer mandatario, están más preocupados por las elecciones del 2021 clamando un fraude electoral precoz (cinceladas en la mente del votante ingenuo), que por la pandemia, la crisis económica y el aumento de la violencia. ¿Con qué objetivo gobiernan pues, si los problemas inmediatos no convocan su atención? La posibilidad de la permanencia en la curul es tal que ciega a las bestias políticas, los torna salvajes y en su peregrinar lo avasallan todo: la paz, la unidad y el bienestar de la gente de a pie. El poder absoluto degenera y ensordece. Nuestro pueblo es a los ojos de los líderes en turno lo mismo que el mayordomo de Ishiguro al aristócrata inglés: tan sólo la masa estúpida, peor aún: estadística pura sin necesidades.

¿Dónde quedó la ‘república amorosa’? No existe. Es un concepto mal fraguado, tibio y, por tanto, apto para vomitarse, según el Apocalipsis. La república está perdida entre chismes, dimes y diretes; perdida entre defensas de la primera dama que no existe, pero cuya presencia es férrea entre la sonrisa amable y digital; extraviada en riñas con personajes de las redes sociales que dan batalla; en la victimización y revictimización del mandatario, que no atiende a la regla aprendida en el jardín de niños: ’sin llorar’; en la negación de los problemas que atañen a cada uno de los poderes del Estado; en la muerte a cuestas de infinidad ciudadanos por los recortes presupuestarios a la salud; en la destrucción del aparato cultural, un despropósito en sí mismo, pues hoy la Secretaría de Cultura cumple con tareas de bienestar y no de la defensa de las Bellas Artes; en la aniquilación de las instituciones autónomas, pero impertinentes para el cambio obligado, el INE bajo fuego; está en la negación misma de la anarquía de la república sustentada en un caos autogenerado y proverbial.

¿Acaso se han cultivado los mejores sentimientos y actitudes hacia nuestros semejantes? ¿Hay una nueva forma de hacer política? Que respondan las obras del Pascal Quignard y Kazuo Ishiguro… tanto en “Todas las mañanas del mundo” como en “Lo que queda del día”, me perturba entender cómo la existencia sencilla de los personajes se trastoca por el par con poder que pretende saber más que el músico o el mayordomo acerca de sus necesidades y cómo deberían de pensar y actuar. Más aterrador aún es que los personajes de a pie son tratados como idiotas.
Aquello que los tiranos que se contraponen con los héroes de ambas novelas no comprenden es tan sencillo como entender que tanto el músico como el mayordomo sólo desean ser libres en su universo, cumplir con sus tareas, obligaciones, no interponerse con los objetivos de los otros y dejar que la vida transcurra. Pero es la ansiedad por la dominación lo que incita que el abate y el aristócrata cimbren la tranquilidad de los pobres bajo el pretexto de desear lo mejor para ellos, a su manera, demostrar el “amor” por su prójimo gobernándolo.

Juguemos. Antes dije que reduje las tesis de ambas novelas a mencionar las pasiones de los personajes, su sentido del “amor”, que se reduce a cuidar de sus propias necesidades y sobre todo a nutrir en la soledad sus sueños, en el espacio íntimo de sus mentes y corazones. Estos entran en conflicto cuando las advenedizas autoridades los agreden una y otra vez, intentan hacerlos modificar sus pensamientos, arroparlos bajo su manto para eliminar toda resistencia hacia ser dominados, silenciados. Monsieur de Sainte-Colombe deberá malbaratar su talento, ser el mono aplaudidor de la corte; por su parte, el mayordomo habrá de bajar la mirada y seguir pronunciado el “sí, señor”, cediendo el control absoluto de su vida.

Para estar a tono con el gobierno religioso pero láico que contiende por nuestro próximo voto, recuerdo aquí las palabras de la Biblia del libro de Mateo 22:37/39: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”; “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Son bastantes fuertes estas palabras si las interpretamos desde la realidad que acontece en México y que es innegable. Si nos abrimos a la crítica, olvidando siquiera nuestros favoritismos partidistas, topamos de frente con un muro al punto del colapso.

¿Cómo poder entender que somos amados, si nuestro semejante nos agrede como pueblo y (aunque huyo de la palabra) como sociedad? Entendemos pues que quienes nos gobiernan no saben amar, no conocen el amor, pero sí la pasión… desde el punto de vista carnal. Sin embargo, si continuamos con el juego mismo de la ‘república amorosa’, esa lógica sobre la cual se sientan los pilares de nuestra nueva democracia, estamos perdidos. No podemos amar, lógica ineludible, a quien nos lástima y sumerge en la crueldad del desprecio. No podemos amar, ni dejarnos llevar (valga el profundo romanticismo) por un gobernante que no sólo nos pide poner la mejilla una y otra vez, sino que además nos exige sacrificios que atienden a lo pagano y no a lo cristiano. No es de cristianos engañar.

El pueblo debe atender hoy a la inculturación franciscana y obligada desde el púlpito matinal y cotidiano del gobierno. No sólo debemos aprender del sacrificio y la austeridad, sino además adoptar una cultura maniquea, bajar la mirada y pensar que el otro, ese que no piensa como la media franciscana, es mi enemigo: se está del lado correcto del poder o no. Transitamos del amor al odio en dos pasos y esto es genial. Mientras el gobierno vive su sueño de amor, creyendo a conveniencia que la luna de miel sigue en pie, y el cuerpo sometido aún está desnudo sobre el camastro para manipularlo, éste se olvidó de nutrir la pasión.

Si el amor une, ¿por qué entonces como república estamos al borde del colapso? Si ambas partes, gobierno y pueblo estamos dividimos, ¿a quién corresponde tener la cordura para corregir el rumbo? El señor presidente, no es un hombre de Dios, como afirma ser, pues, si lo fuera, nos amaría como a él mismo y no se comportaría con ese desdén tan marcado contra sus prójimos que no tienen derecho a disentir, sino a soportar a toda costa sus caprichos.
Con respecto a las curules en las cámaras, vaya que Judas supo multiplicarse. El problema es que en cada calca fue dejando parte de su inteligencia y astucia hasta dejar sólo una carcasa desnuda sobre la silla.
 

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